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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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0.- Introducción. Si nos dejamos guiar por la intención de los fariseos de poner a prueba a Jesús con una pregunta sobre el divorcio –que era cuestión debatida entre las escuelas de Israel, una más estricta (que permitía al varón divorciarse de su mujer sólo en caso de adulterio) y otra más laxa (que concedía al varón un derecho ilimitado de divorcio)–, seguramente centraríamos nuestra homilía en el tema del divorcio; pero, Jesús se eleva, por encima de la casuística, a la consideración de la naturaleza del matrimonio tal y como fue concebido por el mismo Creador, trayendo a primer plano el relato del Génesis. Apoyados en este relato, enfocaremos nuestro comentario en el tema del matrimonio, tal y como Jesús lo presenta y como lo propone la Iglesia católica.

1.- No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. – Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre (Gén 2,18-24). Como se ve claramente en la lectura del Génesis y en este relato evangélico según san Marcos, la atracción sexual y la relación sexual no sólo no son algo malo en sí mismo, sino que son una exigencia natural de la naturaleza humana creada por Dios, porque, de hecho, la especie humana no podría sobrevivir sin esta relación sexual. De estas lecturas se puede deducir, además, que esta relación sexual, para que sea auténticamente cristiana, debe basarse en la igualdad y en el amor entre hombre y mujer. El hecho real de que el hombre haya sido superior a la mujer, durante siglos, se debe a circunstancias sociales y políticas, no a la voluntad de Dios, que hizo a la mujer igual al hombre. Es claro que el texto del Génesis, y el mismo texto evangélico, están escritos en tiempos en los que el hombre era considerado, social y políticamente, superior a la mujer, pero hoy, afortunadamente, ya no es así. Hoy el hombre y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. Hagamos, pues, del sexo y de la relación sexual algo cristianamente bueno, y tratemos siempre este tema cristianamente, es decir, un tema tratado siempre según el amor cristiano.

2.- Le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?… Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio… Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10,2-16). No pasemos por alto que la pregunta de los fariseos a Jesús fue una pregunta “para ponerlo a prueba”, es decir, era una pregunta trampa. Y es que, en tiempos de Jesús, había muchísimos divorcios legales, puesto que la Ley mosaica permitía al varón dar un acta de repudio de la esposa, por muchísimas razones, y había división de opiniones entre los rabinos sobre cómo se debía interpretar la frase de Moisés. Jesús, dijera lo que dijera, se pondría en contra de unos rabinos o de otros. Lo que a nosotros nos vale hoy es ver que Jesús, hablando del divorcio, se olvida de lo que dice la Ley de Moisés, y se fija, sobre todo, en razones morales, apoyándose en el texto del Génesis. Nosotros, los cristianos de este siglo XXI, cuando hablemos del tema del divorcio, debemos fijarnos en razones morales cristianas, más que en razones legales. Para nosotros, el matrimonio cristiano se fundamenta en el amor cristiano. Verdaderamente, sólo hay matrimonio verdaderamente cristiano cuando hay amor cristiano. Esto es a lo que debemos aspirar los cristianos, a fundamentar nuestros matrimonios en el amor de Cristo. Leamos, sí, el “himno al amor” de san Pablo, en Corintios 13, y procuremos ser fieles a lo que aquí nos dice san Pablo.

3.- Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10,2-16). ¿Por qué san Marcos pone este texto a continuación del texto sobre el divorcio? ¿Qué relación puede tener el divorciarse o no divorciarse con el hecho de aceptar el Reino de Dios como un niño, para entrar en el Reino de los cielos? Pues, entre las muchas razones que puede haber, yo creo que una de ellas puede ser esta: que tanto el divorciarse, como el no divorciarse, y el recibir el Reino de Dios como un niño, debe fundamentarse siempre el amor y en la confianza, en sentido cristiano. Las relaciones de un niño con sus padres se basan de hecho en el amor y en la confianza que los niños tienen con sus padres. Nosotros somos hijos de Dios y hermanos de su hijo Jesucristo. Sólo, pues, los que hacemos con amor y confianza en Dios y en su hijo Jesucristo nos hace verdaderamente cristianos. Hagamos todo con amor y confianza en Dios y en su Hijo Jesucristo, y sólo así entraremos en el Reino de Dios.

4.- “El amor es comprensivo”. En el matrimonio, tanto el hombre como la mujer “son una sola carne” y, por tanto, busca siempre el uno la felicidad del otro. Ya no se preguntará si “yo soy feliz”, sino si “estoy haciendo feliz al otro”. Porque en la medida en que el esposo haga feliz a su mujer, será también él feliz y viceversa. En el matrimonio hay un compromiso de amar para siempre, pero para que esto sea posible “hay que cuidar el amor”, como cuidamos una planta para que no se seque. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se es capaz de renunciar a uno mismo en favor del otro, cuando el diálogo y la tolerancia tienen cabida dentro del hogar. Pregunté a un matrimonio en la celebración de sus bodas de oro cuál era el secreto de que se quisieran tanto y me respondieron al unísono: “comprensión, mucha comprensión……. Comprender al otro es ponerse en su lugar, es ser capaz de sufrir y alegrarse cuando el otro sufre o se alegra, igual que todo nuestro cuerpo sufre cuando le duele un miembro. Amar de verdad es ser capaz de decir “lo siento” y “te perdono”, igual que se dice “te quiero”. Para conseguir el éxito en el matrimonio hay que tener presente las tres “D”: Dios, diálogo y detalles.

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