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XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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Comentario a las lecturas del XXV Domingo del Tiempo Ordinario

0.- Ambientación: El discípulo de Jesús ha de seguir sus pasos. Es así como va aprendiendo a discernir las huellas de su presencia en el camino de la vida y a comprometerse en el servicio desinteresado a los hermanos. Conlleva en ocasiones dolorosas renuncias personales, y en todo momento una entrega generosa e ineludible, sin distracciones, con los que constituyen el punto de mira del evangelio: el “niño”, presencia simbólica de los más vulnerables e indefensos.  ¿Seguimiento arduo y difícil? Sí, por no decir imposible, cuando la persona llamada se deja arrastrar por falsos sueños de superioridad que la aíslan de los demás y la enclaustran en la amarga servidumbre de la envidia y la ambición. No tanto, cuando “la sabiduría que procede de lo alto” orienta, impulsa e impregna de sencillez evangélica sus motivaciones más hondas y cada una de sus acciones. Quien acoge consciente y solidariamente a un “niño”, sin restricciones ni limitaciones, acoge al mismo Jesús como enviado de Dios.

1.- En el libro de la Sabiduría (Sab 2,12.17-20), que escuchamos en la primera lectura, se nos habla de la persecución del justo, al que quieren acechar porque les resulta incómodo, quieren acabar con su vida porque les molesta, porque les echa en cara sus pecados, porque les reprende por sus errores. Esto mismo sucede tantas veces en nuestro mudo de hoy, en el que hay mucha gente buena, justa y honrada, pero que termina siendo tantas veces apartada, desechada, porque nos molesta que nos recuerden nuestras maldades e injusticias. Sucede en nuestro mundo tantas veces lo que sucede con la luz, que la necesitamos, pues sin ella no podríamos vivir, sin embargo cuando estamos acostumbrados a vivir en la oscuridad, la luz del día nos molesta y tenemos que ponernos gafas de sol. Algo así pasa también con Jesús, como Él mismo anuncia en el Evangelio. Sin embargo, con Jesús es distinto, pues no es que le quiten la vida, sino que Él mismo la entrega. Él se da, se inmola. Sería una necedad seguir simplemente a un hombre al que le han condenado a muerte injustamente. Sería triste creer en un Dios al que le han frustrado sus planes llevándolo a la muerte en cruz. Pero nosotros sabemos que no es así, sino que éste era el plan que Dios tenía previsto desde el principio. Jesús mismo tenía claro que había venido para esto, y que a Él no le quitan la vida, sino que Él mismo la entrega voluntariamente, por amor, para que todos tengamos vida eterna. Así es la grandeza de Dios.

2.- No es fácil asumir bondad y humildad en un mundo que busca, fundamentalmente, la distinción, el éxito; que fuerza la competencia hasta situaciones de violencia real. Y, entonces, ahí, con la sabiduría que contiene el ordenamiento litúrgico en los textos de las eucaristías, entra a colación, hoy, el duro texto de la Carta de Santiago (Sant 3,16–4,3) perfectamente relacionado con el texto de Marcos. Habla incluso de asesinatos por pura ambición. Ese no es el camino. Cristo nos habla de paz, de amor, de mansedumbre. Ciertamente, de eso hay poco es nuestro entorno. Pero ¿no es así el Reino de Dios? ¿No es nuestra obligación hacer lo posible por pacificar nuestras conciencias y nuestro ambiente? En el fondo de nuestros corazones anhelamos la paz, pero hacemos poco por instaurarla. La auténtica revolución que el mundo espera reside en cambiar el mundo pacíficamente para llenarlo de amor, de servicio a todos y de oración.

3.- Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9,30-37). Como ya hemos dicho en otras ocasiones, y como todos vosotros sabéis, los discípulos de Jesús, antes de su muerte, creían en un Jesús Mesías triunfante y vencedor, que, por supuesto, era y sería el primero de todos en lo político, en lo social y en lo religioso. Por eso, discutían por el camino entre ellos quién de ellos iba a ser el primero, después de Jesús, en el reino del que Jesús sería el Rey y Jefe supremo. La respuesta de Jesús es clara y contundente: yo he venido a este mundo para servir, para salvar, para redimir a los hombres, no para ser jefe político y social de los demás; por eso, quien de vosotros quiera seguirme a mí debe tener clara su condición de servidor de los demás, no de jefe. El ejemplo que les pone de acoger a los niños hay que entenderlo también en este sentido: los niños en tiempo de Jesús no mandaban, confiaban en sus padres. Lo mismo nosotros, los discípulos de Jesús, debemos confiar en nuestro Padre Dios, y en su Hijo Jesucristo Y si Jesús vino para servir, no para mandar, los mismo debemos hacer nosotros, servir a los demás y confiar en Dios. Es evidente que en la vida ordinaria la persona adulta debe comportarse ante los demás como persona adulta, no como un niño, pero ante Dios y ante Jesús todos nosotros debemos comportarnos como niños y confiar no en nuestras propias fuerzas, sino en el poder y la misericordia de Dios. El servicio a los demás y la confianza en Dios son, pues, los dos mensajes principales de este relato del evangelista Marcos. Y, como para ser servidores de los demás hace falta ser humildes y sacrificados, pues hagamos hoy nosotros el propósito de ser en nuestra vida personas humildes, sacrificadas y con mucha confianza en Dios. Al fin de cuentas, como dice el salmo responsorial, salmo 53, espiritualmente no son nuestras fuerzas personales, sino nuestro Dios y su hijo Jesucristo los que sostienen nuestra vida y nos ayudan a vencer las tentaciones y adversidades de este mundo.

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