Home | Centinela de la palabra | XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Resultado de imagen para xxiii domingo del tiempo ordinario ciclo b

0.- Introducción: “Effetá” (ábrete) es la palabra que resuena en la liturgia de este Domingo. La buena noticia de que Dios viene en persona a salvar a su pueble, anunciada por el profeta Isaías, en la primera lectura, se hace realidad en el Evangelio que acabamos de escuchar. Aquel Dios cercano de Isaías, camina entre su pueblo en Jesús. Y sigue entre nosotros, tratando de curar nuestra mudez y nuestra sordera, porque hay muchos que, oyendo no quieren oír, y pudiendo hablar prefieren callar; o porque hay mucha gente en el mundo a quien se le ha hecho callar su voz y se le restringe lo que debe oír. Pero hoy Dios viene a darnos un mensaje de liberación y de esperanza.

1.- Decid a los cobardes de corazón: “sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará” (Isaías 35,4-7a). En este texto, el profeta Isaías habla a personas –cobardes de corazón- que viven sin esperanza en los poderosos de la tierra y sin esperanza en un Dios que venga a salvarlos. Y el profeta, en nombre de Dios, les dice que tengan esperanza y confíen en Dios, porque Dios sí va a venir en persona a salvarlos: despegará los ojos del ciego, abrirá los oídos de los sordos, hará que los cojos salten como ciervos y la lengua de los mudos cantará. Se refiere directamente al pueblo de Israel que sacudirá el yugo de la esclavitud y hará de Israel un pueblo libre y poderoso. Nosotros, los cristianos, siempre hemos aplicado este texto al Mesías verdadero, al Dios encarnado en Cristo. El Dios encarnado en Cristo nos salvará de nuestras miserias y desvalimientos. No siempre nos va a salvar de nuestras miserias y desvalimientos corporales, pero siempre la fe en Cristo, Cristo Jesús mismo, nos va a dar ánimo espiritual para vencer espiritualmente nuestras miserias y problemas, tanto físicos como espirituales. Seamos nosotros, además, personas que, en nombre y con el poder de Cristo, ayudemos a las personas enfermas y necesitadas a ser espiritualmente fuertes, que confíen en la salvación de un Dios que quiere salvarnos a todos.

2.- No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con el favoritismo (Santiago 2,1-5). El fragmento de la Carta del Apóstol Santiago que leemos hoy es un clásico de la doctrina de la Iglesia sobre la mala práctica en la acepción de personas y que nos pone da de bruces sobre uno de los principales cometidos de la Iglesia: su opción por los pobres. Desagraciadamente el uso de las apariencias para juzgar a nuestros semejantes es, como se ve, un tema muy antiguo en el proceder de la humanidad. Apreciamos a los ricos, que llevan anillo, a los elegantes que llevan ropas que admiramos; y buscamos estar a bien con aquellos que en algo nos pueden beneficiar. Por el contrario, huimos de quienes nada nos pueden dar, de las gentes que parece que nada tienen, de la pobreza real, que siempre es sucia y deshilachada por el propio efecto de la carencia de medios y bienes. Es sabido que, habitualmente, contra lo primero que tienen que luchar esas beneméritas personas que trabajan en los servicios de las Cáritas parroquiales, o de otros sistemas de ayuda, es, precisamente, contra la repugnancia contra la miseria manifiesta, aunque a veces también es simple apariencia ese mal relato. Cuando la gente comienza a recibir ayuda y confianza crece en autoestima y abandona –valga la redundancia— su abandono.

3.- Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos (Marcos 7,31-37). Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effeta”, esto es “ábrete”. Y, al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Las tres lecturas de este domingo –profeta Isaías, apóstol Santiago, evangelio según san Marcos- hablan de un Dios que manifiesta una indudable preferencia por las personas más necesitadas: ciegos, cojos, enfermos, pobres, personas marginadas por su condición física, social o religiosa. A todas estas personas Dios quiere salvarlas de sus desvalimientos. No habla aquí de una salvación eterna, después de esta vida temporal, no, se trata de salvarlas, socorrerlas, aquí en nuestra tierra y en la sociedad en la que viven. Socorrer y curar a los cojos, ciegos, mudos, pobres, marginados, en la sociedad en la que viven. Pues bien, esto es lo que tenemos que hacer nosotros en nuestra sociedad, en la medida de nuestras posibilidades. Es evidente que no podremos salvar la vida de todos los enfermos, ni acabar con todos los pobres y marginados del mundo en el que nosotros vivimos. Pero todos nosotros tenemos alguna posibilidad de ayudar para que el orden y la situación de nuestro mundo sea un poco más justo y menos desigual. Ayuda social, o ayuda económica, o religiosa, Con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra ayuda personal, cuando esto sea posible. No pensemos, en primer lugar, en un mundo lejano al nuestro, al que nosotros no podemos llegar; pensemos en un mundo, en una sociedad a la que, de alguna manera, nosotros tenemos acceso. Pensemos, sí, en primer lugar, en nuestra propia familia, en nuestros amigos y conocidos, en el pueblo, ciudad y nación donde vivimos. Y en los pobres y marginados de otros lugares a los que nosotros, de alguna manera tenemos posibilidad de llegar con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra presencia y acción personal concreta. Pensemos siempre con cierta preferencia y amor en las personas que más nos necesitan, estén donde estén y a las que nosotros de alguna manera podamos llegar. Esto hizo Jesús de Nazaret mientras vivió aquí en la tierra.

4.- Para terminar te invito a orar con el Effetá ¡ABRETE! 

Effetá ¡ABRETE!

Ven Espíritu Santo y ábrenos: ábrenos a la realidad que vivimos para que podamos captar en ella la voluntad de Dios y seguirla. Danos un oído atento para escuchar las voces del tiempo, un corazón sensible a las necesidades de los hermanos más débiles y una mente lúcida para poder servir.

Effetá  ¡ABRETE!

Ábrenos al espíritu de unidad y ayúdanos a trabajar juntos, apoyarnos, juntar esfuerzos, potenciarnos, que podamos dialogar, entendernos entre nosotros como comunidad.

Effetá  ¡ABRETE!

Ábrenos al espíritu de fortaleza para que no nos achiquemos al ver el tamaño de la tarea evangelizadora, comparado con la pequeñez de los instrumentos y recursos. Que no nos cansemos en la espera y que no le aflojemos en las adversidades, porque estás apoyando a los que trabajan por el Reino. Que aprendamos la paciencia.

Effetá  ¡ABRETE!

Ábrenos al espíritu de alegría. Que gocemos de lo que has hecho en nosotros y con nosotros, que valoremos lo que tenemos, los logros y podamos agradecerlos y celebrarlos.

Effetá ¡ABRETE!

Ábrenos al espíritu de amor que todo lo transforma, que todo soporta, que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo renueva.

Effetá ¡ABRETE!

Resultado de imagen para effeta