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XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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0.- Introducción: Durante los cinco domingos pasados la liturgia dominical que ha tenido como centro el discurso de Jesús sobre el Pan de vida, hoy nos invita a adentrarnos en otros puntos de capital importancia en la práctica de la vida cristiana, sirviéndonos de guía las tres lecturas,  especialmente la Carta de Santiago y el evangelio. En ellas escucharemos consignas de gran actualidad en relación con muestra praxis religiosa, la relatividad de las riquezas, la fortaleza ante las pruebas o la no acepción de personas. Hoy se nos dirá que no basta con oír la palabra de Dios, sino que hay que llevarla a la práctica en la vida.

1.- No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada. En el Deuteronomio –segunda ley- Moisés manda a su pueblo cumplir los preceptos del Señor, para así poder tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les dará. Los preceptos del Señor, les dice, serán vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. Si hacen esto, hasta los otros pueblos comprenderán que el Dios de Israel es un Dios más cercano y justo que los dioses de los otros pueblos. Bien, dejando a un lado lo que este texto bíblico tiene de apología histórica del pueblo de Israel y de su religión, yo creo que lo que a nosotros nos puede servir hoy de este texto es la importancia que se da a la cercanía de Dios hacia su pueblo. Esta cercanía de Dios hacia toda persona de buena voluntad se ve profundamente expresada en las palabras y en la conducta de Jesús. Jesús fue una persona de corazón manso y humilde, acogedor y cercano a todos los que estaban cansados y agobiados. En Jesús se ve y se palpa maravillosamente la cercanía de Dios hacia las personas. Alegrémonos los cristianos de tener un Dios que “está tan cerca de nosotros siempre que lo invocamos”.

2.- La religión pura e intachable a los ojos de Dios es esta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. Es importante resaltar que, en este texto, el apóstol Santiago nos dice que la mejor manera de aceptar dócilmente la palabra de Dios y llevarla a la práctica es atender a las personas necesitadas. Hacer esto, dice el apóstol, es llevar la palabra de Dios a la práctica, no limitándonos simplemente a escucharla, engañándonos a nosotros mismos. Volviendo al evangelio, podemos ver en este texto del apóstol Santiago una respuesta magnífica al grupo de fariseos y escribas que se quejaron a Jesús porque sus discípulos comían con manos impuras. En fin, pidamos a Dios que nos dé un corazón puro y cercano a los que más sufren, como fue el corazón de Jesús, como es el corazón de Dios.

3.- “Cumplir” y olvidarse de lo fundamental. Un grupo de fariseos del lugar y algunos letrados o rabinos de Jerusalén se escandalizan al ver que los discípulos comían sin lavarse las manos según ordenaba la tradición de los mayores. El evangelista Marcos, que escribe para los romanos, informa a sus lectores acerca de las costumbres judías. Los lavatorios de los judíos no respondían a una inexplicable necesidad de higiene, sino a exigencias religiosas. Eran purificaciones rituales. Los fariseos universalizan lo que no era otra cosa que un hecho anecdótico y acusan al Maestro de que permita a sus discípulos un comportamiento en contra de la “tradición de los mayores”. Jesús acepta en principio el planteamiento de la cuestión y, citando al profeta Isaías, devuelve la pelota a los fariseos. Les dice que ellos practican un culto vacío, un culto de los labios y no del corazón. Además, que se atienen a preceptos humanos y quebrantan sin escrúpulos los mandamientos de Dios. Pero aún, con el pretexto de dar culto a Dios, le ofende dejando en la miseria a sus propios padres. Se olvidan de la justicia……

4.- Lo que importa es la pureza del corazón, la buena voluntad. Pues lo que mancha al hombre no viene de fuera, sino que sale del interior. Jesús muestra su autoridad lo mismo que en las famosas antítesis del Sermón de la Montaña. Éste puede ser también nuestro gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. En esta religión lo que importa no es Dios sino otro tipo de intereses. Con el tiempo, no echamos en falta a Jesús; olvidamos qué es mirar la vida con sus ojos. El peligro es agarrarnos como por instinto a una religión sin fuerza para transformar las vidas. Seguir honrando a Dios sólo con los labios, resistirnos a la conversión y vivir olvidando el proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios. Esto es lo que Dios quiere. En nuestra realidad, a muchos cristianos nos pasa como los fariseos y escribas. Podemos seguir siendo egoístas, tacaños, inmisericordes, siempre que, eso sí, nos mantengamos fieles a ritos, normas y cumplimientos que nos impone la tradición religiosa en la que nos han educado. Jesús de Nazaret lo tenía muy claro: es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los buenos y los malos propósitos. El corazón del hombre es, simbólicamente, el centro de donde salen los deseos más nobles: bondad, lucha por la justicia, nobleza de alma, amor generoso; pero también el corazón es, simbólicamente, el centro de donde salen los malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, codicias, injusticias, fraudes, egoísmo, envidia, orgullo. Si cambiamos el corazón, cambiarán nuestras costumbres. Esta es nuestra gran tarea a lo largo de nuestra vida: cambiar nuestro corazón. Pero muchas veces empezamos por el final: intentamos cambiar nuestras acciones, sin intentar cambiar nuestro corazón. Sólo en la medida en que nuestro corazón vaya cambiando, irán cambiando nuestras acciones.

5.- Conclusión. Hoy te bendecimos, Padre, por Jesucristo, tu Hijo, que nos liberó del formulismo esclavo de la letra de la ley, y estableció un nuevo orden religioso que une el amor a ti y al hermano, primando la persona sobre la fría norma, el amor sobre la ley, el corazón y lo interior sobre lo de fuera. Danos, Señor, un corazón nuevo, limpio y recto, incapaz de endurecerse en la falsa seguridad de un culto vacío. Así recuperaremos la pureza original de nuestra imagen primera, tal como salió de tus manos creadoras. Y haz que la libertad interior que Cristo no ganó estimule en nosotros una respuesta más fiel a tu amor. Amén.

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