Home | Centinela de la palabra | XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Resultado de imagen para jesus pan y vino

0.- Introducción: El contexto eucarístico de estos domingos invita a fijarnos en el banquete de la Sabiduría como prototipo del banquete cristiano: el pan y el vino que nos presenta Cristo contienen la Vida y la Sabiduría de Dios, siempre que nos comprometamos en nuestro proyecto de vida. Cristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) que vino al mundo para que tengamos vida y la temos abundante (Jn 10,10) e invita a todos los hombres a sentarse a su mesa: la mesa de la Palabra, las palabras que os he dicho son espíritu y vida (Jn 6, 63)  y a la mesa del pan bajado del cielo (Jn 6, 41). El mensaje central de todo este capítulo sexto de S. Juan se centra en esto: Jesús entrega su propio cuerpo, como Pan para la vida del mundo. Si queremos tener la vida eterna y aspirar a la resurrección tenemos que alimentarnos con el pan eucarístico de una manera constante. Alimentarnos con este pan que Cristo nos da,  nos une de una manera permanente a Él. No se trata de ser cristianos cuando nos conviene, sino de una manera permanente. Decía Benedicto XVI: La Eucaristía «nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu del Cristo muerto y resucitado, nos conforma a Él; nos une íntimamente a los hermanos en ese misterio de comunión que es la Iglesia» (cf. 1 Cor 10,17). Por tanto una Eucaristía que no se traduzca en amor concretamente practicado está fragmentada en sí misma (Deus caritas est, 14).

1.- Sabiduría que viene de Dios (Prov. 9,1-6). El autor del Libro de los Proverbios nos presenta a la Sabiduría personificándola. La Sabiduría aparece en el libro como la primera criatura de Dios que le acompaña después en todas las obras de la creación. Nos habla después de la Sabiduría que edifica su casa entre los hombres y prepara un banquete para todos los que lo desean. Se trata de una sabiduría que viene de Dios para los hombres. Jesucristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) de Dios que “era ya en el principio de todas las cosas, por quien todas éstas fueron creadas”, “que habitó entre nosotros”, “en quien puso el Padre todas sus complacencias”, que vino al mundo “para que tengamos vida y la tengamos abundante” y que invita a todos los hombres a sentarnos a su mesa: la mesa de la “palabra que da la vida” y del “pan bajado del cielo”.

2.- !Centinela, alerta! (Ef. 5,15-20).– “Fijaos bien como andáis; no seáis insensatos, sino sensatos”, (Ef 5,15) recomienda Pablo en este pasaje de la epístola que escribió a los cristianos de Éfeso. Y luego añadirá: “No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere”. Son expresiones que nos recuerdan la necesidad perentoria de vivir alerta, siempre con la guardia montada. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia, decía Job. Un continuo estado de guerra en donde es preciso estar siempre preparados para dar batalla, siempre con el oído atento y las armas preparadas. Antes que San Pablo ya lo recomendó el Señor con insistencia al exigir a sus seguidores una actitud vigilante, un sentimiento de esperanza siempre viva. Es necesario orar de continuo, velar sin descanso, para no entrar en la tentación. El enemigo no descansa; es como un león hambriento que busca a quien devorar. Es ésta una comparación que pone San Pedro en su primera carta, él que tanto sabía de tentaciones y de luchas, de caídas y de victorias.

3.- “Yo soy el pan bajado del cielo” (Jn 6,41), “Yo soy el pan de la vida” (Jn 6, 48), “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Sin fe es imposible entender este gran misterio, sin fe es imposible captar el sentido que encierran estas palabras y su alcance para la vida, aunque lo explique el mismo Jesús. Partiendo de la fe, podemos afirmar que Jesús, Pan de Vida, es aquel que ha venido de Dios para saciar definitivamente el hambre de lo infinito: las profundas insatisfacciones, el cansancio de la vida, el sin sentido. Sólo Dios puede llenar nuestros vacíos, iluminar nuestras oscuridades y darnos la plenitud. Al comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo el creyente no solo lo recibe, sino que se identifica con Él, es capacitado para entregar su vida al estilo de Cristo, hasta en la cruz. No podemos comulgar y regresar a la casa con nuestros egoístas. No puede ser. Cuando comulgamos hacemos alianza con Cristo, nos hacemos uno con Él.

4.- Vino: el nuevo elemento. El elemento nuevo es que al discurso sobre el pan Jesús añade el del vino; a la imagen del alimento la de la bebida; al don de su carne el de su sangre. El simbolismo eucarístico alcanza su culmen y su totalidad. Dijimos la semana pasada que para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Planteémonos la misma pregunta para la sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento que existe en el mundo. Si, por lo tanto, en el signo del pan llega al altar el trabajo del hombre, en el signo del vino llega ahí también todo el dolor humano; llega para ser santificado y recibir un sentido y una esperanza de rescate gracias a la sangre del Cordero inmaculado, a la que está unido como las gotas de agua mezcladas con el vino en el cáliz. ¿Pero por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Sólo por la afinidad del color? ¿Qué representa el vino para los hombres? Representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplica el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15).

5.- Conclusión: ¿Qué valor doy al el hecho de ir a misa y comer la carne y beber la sangre de Cristo?  ¿Vivo la vida con entrega total, siguiendo la misma manera en que Jesús actuó, y todo lo que él nos pide que hagamos? ¿Si como su carne y bebo su sangre, pero no le doy el significado que verdaderamente merece y no cumplo con él, entonces, ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo?, ¿dónde muestro realmente que estoy comiendo la carne y bebiendo la sangre de Jesús?

Imagen relacionada