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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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1.- Introducción: Un lugar para Dios. ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? La respuesta a esta pregunta nos interesa. Salió de labios de Jesús: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Hace dos mil años que Dios envió al mundo a su Hijo, el Mesías esperado no sólo por Israel, sino por toda la humanidad. ¿Y que pasó? Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). ¿Quiénes eran los suyos? Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquél por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge (Benedicto XVI). ¡Qué triste! A veces estamos tan ocupados en nosotros mismos que necesitamos todo el espacio y todo el tiempo para nuestras cosas, y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros, o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

2.- Un alimento providencial. Los israelitas recordaron siempre el maná. Cuando estaban hambrientos y exhaustos Dios no les abandonó. La palabra “maná” significa “¿qué es esto”. Estaban asombrados ante aquel alimento que se les ofrecía gratuitamente. Hoy los estudiosos del Antiguo Testamento nos dicen que existe en la costa occidental de la península del Sinaí un arbusto llamado tamarisco. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Fue este alimento natural el maná que describe la Biblia? Que el maná fuera un alimento natural, aunque extraño y desconocido de los israelitas, nos hace comprender que lo considerasen como «señal» de la protección y ayuda especial de Yahvé a su pueblo. La providencia de Dios actúa a través de las cosas cotidianas. Este es su auténtico milagro. También puede explicarse naturalmente el fenómeno de las codornices. En efecto, sabemos que en las costas mediterráneas de la península del Sinaí todos los años, en primavera y en otoño, aparecen bandadas de codornices, las cuales llegan a veces tan cansadas que pueden cogerse fácilmente con la mano. No cabe duda que para ellos se trató de un alimento providencial. Jesús anunciará la institución de la eucaristía a los judíos, cuando le recuerden el maná con que Dios había alimentado a sus padres en el desierto.

3.– El alimento que perdura. El texto del evangelio recoge la reflexión de Jesús después de la multiplicación de los panes. Jesús les cuestiona el motivo por el que le siguen. Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. Resultado de imagen para yo soy el pan de vidaJesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: «Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna». Pero ¿cómo no nos vamos a preocupar por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Por eso Jesús se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos. Jesús les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. En nosotros hay un hambre de felicidad, de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre «para dar vida al mundo». Este Pan, venido de Dios, «perdura hasta la vida eterna».

4.- Sólo Dios permanece para siempre. Alimentar el cuerpo es fácil, pero llenar el alma, el espíritu…sólo Dios tiene poder para hacerlo. El trabajo de los hombres es comer y dar de comer a todos. El trabajo de Jesús es darnos de comer el pan de vida, en este aquí y ahora, para el mañana y para siempre. Recibimos a Jesús en la Eucaristía. Celebrar la Eucaristía no es tanto un acto de piedad individual; mi Dios y yo, en íntima estrechez (a veces egoísta estrechez). Si convertimos la Eucaristía en un acto individualista e intimista, por más santidad y adoración que se le ponga, no deja de ser un culto vacío, que no conduce a la vida, “como el que comieron sus padres y murieron”. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia para tener vida eterna. Lo recuerda San Agustín en el comentario de este evangelio: “Unos por unos motivos, otros por otros, llenan todos los días la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis, no por los signos que habéis presenciado, sino porque habéis comido del pan que os di. Trabajad por el pan que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Me buscáis por algo distinto a mí, buscadme por mí mismo”.

5.-Vestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdadera. San Pablo se dirige a cristianos recién convertidos del paganismo al cristianismo. Antes, les dice, erais como hombres viejos, corrompidos por deseos seductores, ahora debéis vivir como hombres nuevos, creados a imagen de Dios, cuyo único vestido debe ser la justicia y la santidad verdadera. Este programa de vida que propone san Pablo a los nuevos cristianos de Éfeso es un programa que sigue siendo válido para todos nosotros. Justicia y santidad, ahí es nada. Los cristianos de ahora debemos aspirar a ser lo que siempre han debido ser los seres humanos: justos y santos. Justos en nuestras relaciones sociales y laborales con las demás personas, y santos, amando a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. A este hombre nuevo, vestido de justicia y santidad, es al que debemos aspirar todos los días, intentando dar muerte en nosotros a tantos deseos seductores que todavía siguen vivos en nuestro hombre viejo.

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