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XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

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0.-Ambientación.  La liturgia de este domingo –como la de todos los domingos— nos da una respuesta a la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado. Y sinceramente muchos de nosotros mismos –hoy en día— y tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos.

1.- El Señor me abrió el oído; yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me aplastaban (Isaías 50,5-9a). El profeta vislumbra la doliente figura del siervo de Yahveh. Sus palabras cantan la historia maravillosa del que un día vendrá a salvar definitivamente a su pueblo. Historia extraña y desconcertante, historia de sangre y de dolores acerbos. Tan desconcertante que cuando la profecía se cumplió, los suyos no entendieron el sentido de aquella muerte vergonzosa en una cruz. No hay duda que algunos de los profetas del Antiguo Testamento se parecen bastante, en palabras y hechos, al Mesías, al siervo de Yahvé, que ellos predicaron. El profeta Isaías fue uno de estos profetas. El texto que leemos este domingo nos lo demuestra: ofrecía la espalda a los que me aplastaban… no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos… por eso endurecía el rostro como pedernal sabiendo que no quedaría defraudado… el Señor me ayuda, ¿quién me condenará? Estas mismas palabras, aunque dichas en otros términos, las dicen los evangelistas de nuestro Mesías, el Señor Jesús. Nosotros, como cristianos, tenemos la obligación de aceptar, si llega el caso. en nuestra vida, ultrajes y desprecios por defender el evangelio, con ánimo sereno, sabiendo que el mismo Jesús y Dios nuestro Padre nos defenderá y nos lo premiará. Hagámoslo así, como buenos cristianos, como seguidores de un Mesías sufriente y resucitado.

2.- ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? (Santiago 2,14-18) Estas palabras del apóstol Santiago nos parecen, y son, evidentes en sí mismas, sin que tengamos que ver contradicciones con las palabras de los apóstoles san Juan y del apóstol Pablo, cuando dicen que lo que nos salva es la fe en Cristo Jesús. ¡Claro que lo que nos salva es la fe! Pero la fe cristiana supone fidelidad y compromiso con lo que creemos, tal como nos lo demostraron el mismo san Juan y el apóstol Pablo con su vida y muerte. El apóstol Pablo, en concreto, de quien conocemos bastante de su vida, por los Hechos de los Apóstoles, y por sus mismas cartas, sufrió muchas persecuciones y muerte por ser fiel a su fe en Cristo. Nadie debe poder decir nunca de un buen cristiano que tiene fe cristiana, pero que no tiene obras cristianas. Que tampoco nadie pueda decir de nosotros que tenemos fe cristiana, pero que nuestras obras contradicen nuestra fe. Si lo hacemos así caminaremos en presencia del Señor, tal como nos recomienda el salmo responsorial de este domingo.

3.- ¿Quién es Jesús? Esta es una buena pregunta que podemos hacernos hoy. Seguramente podemos encontrar muchas respuestas distintas a esta pregunta: un buen hombre que hizo cosas buenas por los demás, alguien que habló muy bien y que nos enseñó muchas cosas importantes, un personaje histórico que de alguna manera ha marcado la historia de la humanidad, una ideología, una fuerza o una energía… Podemos encontrar tantas respuestas como personas a las que hagamos esta pregunta. El mismo Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, y entonces como ahora hay mucha gente que no conoce bien quién es Jesús, que no comprende verdaderamente quién fue. Pero sin duda la pregunta más importante es la que Jesús hizo a continuación: y tú, ¿quién dices que soy yo? Ante esta pregunta, los discípulos ya no supieron responder, se quedaron en silencio. Tan sólo Pedro se lanzó a responder: “Tú eres el Mesías”. Pedro ha dado en el clavo, acaba de confesar su fe, pues confesar la fe es reconocer en primer lugar que Jesús es el Mesías, el Señor.

4.- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará (Marcos 8,27-35). Pedro, y los demás discípulos, creían en un Mesías triunfante, glorioso y vencedor, creían en un Reino de Dios en el que el Mesías sería el rey y ellos sus ministros. Jesús no quiere que sus discípulos le vean como Mesías triunfante, sino como Mesías sufriente, a quien, después de padecer y morir, el Padre resucitará y le hará vencedor del mal y de la muerte. Pedro no está dispuesto a aceptar que el Mesías tenga que pasar por un primer periodo de humillación y muerte, y, por eso, increpa a Jesús y le invita a retractarse. La respuesta de Jesús es tajante y contundente; ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Con la respuesta que Jesús dio a Pedro, nos está diciendo a nosotros, los cristianos, y a la Iglesia de Cristo, en general, que tenemos que tomar muy en serio la misión de predicar, de palabra y de obra, a un Mesías sufriente a quien el Padre resucitará, después de la muerte. En este mundo, los discípulos de Cristo debemos luchar contra el mal con todas nuestras fuerzas, imitando a nuestro Maestro, y estando dispuestos a sufrir, hasta la muerte, si fuera preciso, en la defensa del evangelio de Jesús. No es nuestro objetivo primero, para los cristianos, hacer de la Iglesia de Jesús una Iglesia poderosa y triunfadora, sino un Iglesia humilde y verdadera. Muchas veces, a lo largo de los siglos, no lo hemos hecho así, y por eso, en más de una ocasión, hemos merecido la reprensión de Jesús, lo mismo que reprendió a Pedro. El Papa actual, por ser fiel a su Maestro, está predicando, un día sí y otro también, a una Iglesia humilde, luchadora contra el mal, venga este de donde venga, e imitadora del Jesús sufriente, a quien el Padre resucitó para siempre. Hagamos hoy, pues, nosotros, los cristianos de este siglo, el propósito de predicar a un Mesías sufriente, estando dispuestos a sufrir y a morir, si fuera preciso, en la defensa de este Cristo Mesías sufriente, predicador de la verdad y de la justicia, y vencedor del mal, a quien el Padre resucitó y en el que nosotros creemos.

5.- Conclusión: Cristo modelo para el cristiano. Cada cristiano ha de ser como Cristo. Diciendo con él: yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Y esto siempre, siempre. También cuando la noche negra del huerto de los olivos nos cubra con sus densas sombras. Entonces llorar y callar. Y rezar. Caminando, y cayendo, por ese camino que la sabiduría grande y el amor hondo de Dios nos ha señalado como nuestro camino de la Cruz, nuestro Vía Crucis personal. Sin quejas, sin complejo de víctimas, serenos, fuertes…

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