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XIV Domingo del Tiempo Ordinadio. Ciclo B

Comentario a las lecturas

Ezequiel 1, 13-15-2,23-25;
2 Corintios 12, 7-10;
Marcos 6, 1-6

0.-  Introducción: La Revelación es decisión de Dios, que se la encomienda a ciertos hombres, que ellos a su vez, escribirán de acuerdo con su idiosincrasia y con el lenguaje de su tiempo. La Revelación no esclaviza al hagiógrafo, no avasalla su imaginación, ni prescinde de su estado de ánimo. Tampoco le exige que oculte sus males y dolores, aunque resulten humillantes para él o para quien sea. Temo y siento alergia, de aquellas personas que siempre sonríen, que van por el mundo repartiendo simpatías y ocultando fracasos y derrotas. Nada de esto encontraréis, mis queridos centinelas, leyendo la Biblia. Buena muestra de ello lo encontramos en dos lecturas de hoy.

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1.- “Esto dice el Señor”: “Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. El profeta Ezequiel predicó en tiempos del exilio y en circunstancias muy difíciles. El pueblo de Israel había dejado de fiarse de Dios y, por tanto, tampoco se fiaba de sus profetas. Dios manda a Ezequiel que insista y que no desista de su vocación de profeta, que el pueblo sepa que él, Dios, no se ha olvidado de ellos. En estos tiempos nuestros, en este siglo XXI, también nosotros, los cristianos, no debemos desanimarnos ante las dificultades que nuestra sociedad ofrece a nuestros catequistas y evangelizadores para cumplir con su misión de anunciar el evangelio de Jesús, el reino de Dios a las personas con las que convivimos. Nos hagan caso o no, nosotros no debemos de dejar de predicar y predicar el evangelio. Las dificultades no sólo no deben desanimarnos, sino que deben de confirmarnos en la necesidad de nuestra misión. Más necesario es predicar el evangelio a una sociedad que, mayoritariamente, ha dejado de creer en él, que a una sociedad mayoritariamente fiel y creyente.Resultado de imagen para XIV domingo del tiempo ordinario ciclo b

2.- Fuerza de la Cruz en la debilidad. Pablo no especifica en la Segunda Carta a los Corintios en qué consiste la espina que tiene clavada. Los Padres de la Iglesia pensaron en tentaciones contra la castidad, otros lo interpretaron como persecuciones u obstáculos graves de sus adversarios, otros lo refirieron a alguna enfermedad. Esta última es la interpretación más aceptada en la actualidad. Para el creyente todo suceso o situación se convierte en interpelación para la fe. Para Pablo es una invitación a la abnegación de sí mismo y a no confiar en las propias fuerzas. Como cristiano, el apóstol entiende toda su vida como participación en el Misterio Pascual de Cristo y es así que en la debilidad de la existencia humana se manifiesta la fuerza de la cruz y de la resurrección de Cristo.

3.- En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos… La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María?… y esto les resultaba escandaloso.  El evangelio de este domingo 14 del tiempo ordinario nos pone de manifiesto lo que decíamos más arriba: los profetas en su tiempo fueron frecuentemente incomprendidos y rechazados. Esto les pasó a Ezequiel, como vemos en la primera lectura, a san Pablo, como podemos deducir de la segunda lectura, y al mismo Cristo, como sabemos todos los cristianos, y como vemos también hoy en esta lectura del evangelio según san Marcos. Que a Jesús le persiguieron y le mataron por anunciar el reino de Dios y por predicar su evangelio es, por supuesto, algo evidente para nosotros. La lectura del evangelio de hoy tiene, no obstante, un comentario algo especial: los de su pueblo no le persiguieron, ni le mataron, pero no creyeron en él como profeta de Dios. ¿Por qué? Porque le consideraron uno más entre los del pueblo, “el hijo del carpintero y de María y el hermanos de sus hermanos”. Y Jesucristo no fue uno más entre los del pueblo; fue un verdadero profeta de Dios, fue el hijo de Dios. Fue la falta de fe en la divinidad de Cristo lo que impidió a los habitantes de Nazaret creer en él y amarle, porque sin fe no hay amor posible, y sin fe y sin amor no podemos acercarnos a Dios y creer en él. Pidamos hoy a Dios todos nosotros, los cristianos, creer en Jesús y amarle, intentando vivir como él vivió, “pasando por la vida haciendo el bien”. Y creamos en la bondad de las personas buenas con las que convivimos, aunque sean de un origen humilde, y no tengan grandes títulos, ni condecoraciones. Fe y amor a todas las personas porque son hijos de Dios, esto es lo que debemos hacer todos los que queremos ser verdaderos cristianos, discípulos de Jesucristo.

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4.- Conclusión.  El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como se cuenta que hizo Publio Escipión, el africano, dejando Roma: «Ingrata patria, ¡no tendrás mis huesos!». Sencillamente se marchó a otro lugar. Una vez no fue recibido en cierto pueblo; los discípulos indignados le propusieron hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús se volvió y les reprendió (Lc 9, 54).

Así actúa también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Su paso es siempre un paso de gracia. Marcos dice sintéticamente que, habiendo llegado a Nazaret en sábado, Jesús «se puso a enseñar en la sinagoga». Pero el Evangelio de Lucas especifica también qué enseñó y qué dijo aquel sábado. Dijo que había venido «para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas 4, 18-19).

Lo que Jesús proclamaba en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia, el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y «años santos» son una conmemoración.

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