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Una sociedad en decadencia

 

Lic. Arismendy Rodríguez

Por doquier escuchamos voces de alarma que dan cuenta de que, quizás como nunca antes, vivimos tiempos difíciles. Familias divididas, disfuncionales, sin valores, padres irresponsables, hijos desobedientes, viciosos, volubles, consumidores compulsos de novedades tecnológicas, ensimismados, ajenos a su entorno social, violentos… y un largo etcétera de cuestiones que parecen empujarnos a un abismo social sin retorno.

Se pudiera alegar que sólo se trata de una visión pesimista que retrata la parte oscura de nuestra sociedad, pero no se puede negar la debacle moral y social que a diario presenciamos o padecemos.

Muchos hombres y mujeres, jóvenes y adultos deseosos de generar cambios para bien, procurando enderezar los entuertos y salvar lo que nos queda de humanidad demandan “recetas”, fórmulas que les permitan conducirse hacia puerto seguro. Lamentablemente no existe una vía o fórmula única que nos permita enfrentar la compleja situación de decadencia social imperante. Apenas podemos tantear, sugerir una que otra acción que pudiera resultar útil.

Si complejos son los problemas, complejas también son sus causas. Habría que preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí, en qué momento triste de nuestra historia personal o colectiva perdimos los valores esenciales de convivencia social que por generaciones nos fueron transmitidos.

El filósofo griego Sócrates dijo, y le sobraba razón, que si queremos mover el mundo debemos primero movernos nosotros mismos. Todo cambio que procuremos para la colectividad debe necesariamente implicar un cambio en lo personal. ¿Qué puedo hacer yo, en el aquí y ahora de mi historia personal, para que mi familia, mi comunidad, sociedad o humanidad sea mejor?

Examinemos nuestro proceder y descubramos nuestra cuota de responsabilidad en la crisis moral que nos agobia, reflejada en una descomposición social de amplio calado.

Muchos de los problemas familiares se derivan de una falta de comunicación. La televisión, la Internet, WhatsApp, Facebook… copan la mayor parte del tiempo que debería estar destinado al diálogo, compartir y oración familiar. Papá, mamá, los hijos… cada quien por su lado con toda la atención puesta en un aparato tecnológico, sea este celular, tableta o computador. Paradójicamente vivimos “conectados” con los de lejos y desconectados de los de cerca. Cuando vienen los problemas familiares, entonces suele ser demasiado tarde, solo queda el lamento, el dolor y la pregunta de ¿cómo pudo suceder? Comencemos por desconectarnos de los aparatos tecnológicos y dediquemos espacio y tiempo de calidad a nuestros seres queridos, al prójimo (próximo) primero, luego al de allá.

Inculquemos en el seno familiar el amor por nuestros semejantes. Muchos de los problemas o lacras sociales son el resultado inmediato de una falta de amor por el prójimo. Si amamos a nuestro prójimo, no le mataríamos, no le robaríamos, no le mentiríamos… Pues, como dijo San Agustín: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

De manera que, comencemos por aquí, puesto que de las entrañas de familias con sólidos valores humanos y cristianos saldrán los hombres y mujeres capaces de conducir a nuestra sociedad por un mejor sendero. Y no olvidemos que todo cambio debe iniciar por nosotros mismos.