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Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). En este día del Corpus Christi nuestros ojos se concentran totalmente en el núcleo de la custodia. En ella, ante el mundo, manifestamos públicamente que sólo el Señor es digno de ser adorado.

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La primera lectura es tomada del éxodo, en ella se describe el rito sacrificial de un holocausto, que sella el pacto entre el Señor e Israel ocurrido en la dura soledad del Sinaí. Dios y el hombre han definido el deseo mutuo de comunión, cercanía y colaboración.

Dios ofrece el don de la libertad y su presencia, el hombre responde con su presencia y fidelidad. El altar es el símbolo de Dios, Israel se reúne ante él y la sangre del sacrificio se derrama sobre ambos, un signo de vida y de lazos familiares. La misma sangre, la misma vida, circula de ahora en adelante entre Dios y su primogénito Israel. Un pacto de sangre ahora une a YHWH e Israel en una sola existencia de fidelidad y amor. La iniciativa es divina y la gente se adhiere: «cuánto ha ordenado el Señor lo haremos y lo ejecutaremos».

Posteriormente, Cristo hace un pacto con nosotros. Cristo no celebra en una tienda de campaña material, sino en su cuerpo glorificado. Cristo no usa la sangre de cabras y terneros, sino que derrama su propia sangre. Cristo no nos ofrece una liberación transitoria, sino una «redención eterna». Cristo nos une íntimamente a Dios.

En el pasaje del Evangelio según Marcos que leemos hoy, encontramos la última vez que el grupo de discípulos, después de tres años de caminar juntos, viene con el Señor a Jerusalén, para la fiesta de Pascua.

Jesús se revela a sí mismo. El nuevo pacto ya no está sellado como en el Monte Sinaí entre relámpagos y truenos, ya no es como el templo en liturgias solemnes, con la sangre de los corderos ofrecida en expiación, sino en la humildad de una comida entre amigos. «Toma, este es mi cuerpo, bebe, esta es mi sangre, la sangre del nuevo pacto», es decir, de la modalidad renovada y definitiva de comunión entre Dios y la humanidad.

Tratemos de entender cómo vivir esto, qué tiene que ver con nuestra vida cotidiana. La persona es una relación, nació en una red de relaciones. Florece de un amor, es decir, de una relación y crecemos porque nos envolvemos con el amor de las personas que, amándonos, crean un clima fértil que nos permite crecer.

Esta ley es válida no solo para nuestra concepción y nuestro nacimiento, sino que la ley de nuestra existencia permanece, mientras más crecemos, más necesitamos ampliar y profundizar las relaciones, porque necesitamos impulsos vitales más intensos. No es solo un deber, sino que es la condición de la vida, vivimos según las relaciones que establecemos. Pero ¿cuál es el fundamento de nuestras relaciones?

  • Es el dinero, es la economía, es el trabajo que podemos hacer juntos, ¿son las ideas comunes, o es algo más?
  • Tenemos muchas herramientas de comunicación, pero ¿cuáles son nuestras actitudes espirituales para usarlas?
  • Todo el mundo tiende a pensar que es autosuficiente.

Ahora veamos el evangelio: la última cena de Jesús. ¿Cómo fue? ¿Cómo lo pintó Leonardo? Tal vez, un poco menos romántico.

De Lucas sabemos que los discípulos estaban discutiendo para saber cuál de ellos podría considerarse el más importante. De Juan nos enteramos de que Pedro se niega a lavarse los pies. Marcos y Mateo nos presentan a Judas que está calculando cuánto puede ganar de la traición de su amigo y maestro. En pocas palabras, la última cena: «es la noche del fracaso de Jesús».

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En esta atmósfera totalmente fallida, Jesús no se desalienta. En medio de la más completa incomprensión y hostilidad, Jesús aumenta su capacidad de amor y ama a sus discípulos hasta el extremo.

No hay reproches, no hay renuncia, no les ofrece discursos, ni gestos, solo un regalo de amor que es Él mismo: «Tomad, comed. Esto es mi cuerpo». A estos discípulos que carecen de vida, enredados en sus pequeños horizontes hechos de ambiciones, intereses y rivalidades, Jesús otorga toda su capacidad de amar: ¡ese pan es Él!

Jesús se ofrece a sí mismo como el que nutre y mantiene vivo al hombre. Una vida indestructible, que no termina con la muerte, que es capaz de superarla. La relación con la comida es fundamental para los seres humanos, como sustento y como un signo de unión entre los invitados.

La comida que Jesús ofrece parece humilde: pan y vino, pero comunican a quienes los reciben su amor personal para compartir con los demás. La Eucaristía es la cumbre de la relación con Dios, porque en ella descubrimos que finalmente alguien es capaz de amarnos.

El sacramento de la eucaristía no es un sacramento estático, sino dinámico. Comulgar con Cristo, comer a Cristo, supone dejar que sea Cristo el que dirija mi vida. Si cuando salimos del templo, después de comulgar, no salimos con la decidida intención de que sea Cristo el que dirija y gobierne nuestra vida, es que no hemos comulgado conscientemente con Cristo. Comulgar con Cristo y con los hermanos es mucho más que tragar y comer la forma consagrada. La comunión no termina con el acto físico de comer el pan consagrado, sino que supone un esfuerzo continuado de vivir con Cristo y con los hermanos de Cristo, con nuestros hermanos, especialmente con los más necesitados. Ya sé yo que esto lo sabemos todos los cristianos, en teoría, pero no está mal que en este día de la fiesta del Corpus Christi lo pensemos una vez más y tratemos de llevarlo a la práctica.