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Solemnidad de Nuestra Señora de la Altagracia: Protectora del Pueblo Dominicano

Por: P. José Ramón Santana

Queridos hermanos y hermanas:

Con mucha alegría celebramos hoy la misa en honor a la Virgen de la Altagracia, Protectora del pueblo dominicano, que desde el lejano 1502, la presencia vigilante y amorosa de Nuestra Señora de la Altagracia nos ha acompañado ininterrumpidamente, haciendo brotar en nuestros  corazones, con la luz y la gracia de su divino Hijo, la inmensa riqueza Imagen relacionadade la vida cristiana. Su nombre: “de la Altagracia” nos recuerda que por ella recibimos la mayor gracia que es tener a Jesucristo, Nuestro Señor. Ella, como Madre, continúa su misión de mediadora unida inseparablemente a su Hijo.

Existen documentos históricos que prueban que en el año de 1502, en la Isla de Santo Domingo, ya se daba culto a la Virgen Santísima bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, cuyo cuadro pintado en óleo fue traído de España por los hermanos Alfonso y Antonio Trejo, que eran del grupo de los primeros pobladores europeos de la isla.  Al mudarse estos hermanos a la ciudad de Higüey llevaron consigo esta imagen y más tarde la ofrecieron a la parroquia para que todos pudieran venerarla.  En el 1572 se terminó el primer santuario altagraciano y en el 1971 se consagró la actual basílica.

María de la Altagracia lleva los colores de la bandera dominicana anticipando así la identidad nacional.  Su cabeza, enmarcada por un resplandor y por doce estrellas, sostiene una corona dorada colocada delicadamente, añadida a la pintura original. Delante de la Madre se encuentra el Niño Jesús, desnudo, dormido sobre pajas y un poco retirado hacia atrás, San José observa humildemente, mirando por encima del hombro derecho de su esposa; y al otro lado la estrella de Belén brilla tímida y discretamente.

“Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4).

Estas palabras del apóstol san Pablo, nos introducen en el misterio de aquella Mujer, llena de gracia y de bondad, a quien, generación tras generación, los dominicanos honramos.

Dios está fuera y por encima del tiempo, pues Él es la eternidad misma en el misterio inefable de la Trinidad divina. Pero Dios, para hacerse cercano al hombre, ha querido entrar en el tiempo, en la historia humana; naciendo de una mujer se ha convertido en el Enmanuel, Dios–con–nosotros, como lo anunció el profeta Isaías. Y el apóstol Pablo concluye que, con la venida del Salvador, el tiempo humano llega a su plenitud, pues en Cristo la historia adquiere su dimensión de eternidad.

Como profesamos en el Credo, la segunda persona de la Santísima Trinidad “se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo”. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti –dice el ángel a María– y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Con el “sí” de la Virgen de Nazaret llega a su plenitud y cumplimiento la profecía de Isaías sobre el Enmanuel, el Dios–con–nosotros, el Salvador del mundo.

Aquí podemos comprender porque todas las generaciones llaman a María bienaventurada (Cf. Lc 1,48). El plan divino se reveló gradualmente en el Antiguo Testamento de manera especial en las palabras del Profeta Isaías que acabamos de escuchar: «El Señor por su cuenta, les dará una señal. Miren: la virgen está en cinta y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel. (Is. 7,14).

Enmanuel significa «Dios con Nosotros». Con éstas palabras se anuncia el acontecimiento que iba a dar lugar en la plenitud de los tiempos del que nos habla San Pablo en su carta a los gálatas: cuando llegó la plenitud de los tiempos envío Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.

María, desde una humilde aldea de la periferia del Imperio Romano, posibilita de nuevo el camino hacia Dios, «la revelación del designio de Dios mantenido en secreto durante siglos», se hace realidad en María. Este secreto lo revela san Juan cuando dijo: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» y san Pablo manifiesta «Quiso Dios mostrarse en la fragilidad de la desnudez y rebajamiento».

Dios mismo hace en la debilidad su morada. María, se olvida de sí misma, de sus intereses, de sus miedos, de sus aspiraciones y se abre plenamente a los planes de Dios: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra».

El anuncio de la encarnación del Verbo en las entrañas de la Virgen María es el acontecimiento más importante en toda la historia de la humanidad: Dios se hace hombre en las entrañas de una joven virgen.

Junto con el ángel Gabriel proclamamos a María llena de gracia  bajo la advocación de nuestra Señora de la Altagracia  expresión limpia y pura de lo que el Evangelio nos dice sobre el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. El pueblo dominicano ha nacido bajo el signo de la Virgen Madre, que lo ha protegido a lo largo de su caminar en la historia, buscando y encontrando bajo el manto de la Altagracia, la llena de gracia; inspiración los poetas, los escritores y los sabios; aliento los hombres de trabajo; consuelo los afligidos, los enfermos, los abandonados; perdón los arrepentidos; gracia y virtud los que sentimos la urgencia de ser santos.

La Santísima Virgen ha querido quedarse entre nosotros como madre llena de ternura, dispuesta siempre a compartir el dolor y el gozo de nuestro pueblo. A su maternal protección encomendamos nuestro país para que reine el amor y la paz entre todos sus miembros. Pedimos a la Madre de Dios Nuestra Señora de La Altagracia que: Cuide nuestras vidas. Bendiga nuestros pueblos. Guíe nuestros pasos por el camino del Reino Celestial.

Que viva la Virgen de la Altagracia, que viva la República Dominicana.