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Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo B

Revdo. P. Marcos Argelys Vasquez

Agradezco la invitación para compartir con los amigos lectores de Centinela de la fe la reflexión de este Domingo, día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, y  profesamos a viva voz nuestra fe en un Dios, Uno y Trino, en un Dios que se nos manifiesta como Padre, como Hijo y como Espíritu.

Después de celebrar la fiesta de Pentecostés, con la manifestación plena del Espíritu Santo sobre aquellos que se mantenían en oración, esperando la promesa del Hijo, hoy celebramos este gran misterio de la Trinidad, donde, como dice el prefacio de la liturgia de este día, “proclamamos nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad”.

Ahí se da el misterio, tres Personas distintas, de una misma naturaleza. Tres que no son tres, sino que es Uno. Es el misterio de una Unidad indivisible. Tres personas distintas, pero que piensan, actúan y aman en la misma manera.

En el credo rezamos: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso; Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre y engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre y Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. Amigos centinelas, nuestra fe es Trinitaria, hoy y siempre rendimos esa misma adoración y gloria, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

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La Liturgia de la Palabra de este día nos hace reflexionar profundamente en este misterio, San Pablo va a decir, escribiéndoles a los Romanos en la segunda lectura: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios” (Rom 8,14). El misterio trinitario nos hace entrar en la lógica filial. La afirmación de Pablo consiste en establecer un nexo muy estrecho, entre la presencia del Espíritu divino y la identidad filial por parte de quien lo posee. Quien posee el Espíritu es Hijo. Es interesante pensar que el apelativo de “hijos” es reservado para aquellos que se dejan conducir por el Espíritu, dado que hasta este momento en que Pablo escribe, esta designación había estado reservada tan solo a Jesucristo. Con todo podemos decir que, para el Apóstol, la condición de hijo no deriva principalmente de la pertenencia a un pueblo, sino de la pertenencia a Jesucristo y a su Espíritu.

Queridos hermanos, no hemos recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que hemos recibido un Espíritu de filiación adoptiva, con el cual gritamos: Abbá, Padre.

Por su parte, el Evangelio de Mateo nos presenta sus últimos versículos, que de una u otra manera entran también en la lógica trinitaria con el mandato de Jesús de “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

Ser discípulo significa aprender siempre de Jesús (el Hijo) como el Maestro y también unos de otros, a saber, aprender de los demás discípulos. Y en esto está contenida también la pretensión de enseñar mediante el propio ejemplo, esto es, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (Padre). De este modo, ser discípulo es una tarea de toda la vida para quienes procuran dar ejemplo tanto siendo aprendices como enseñantes.

La formula trinitaria en el mandato de Jesús nos hace pensar en Dios, el Padre que por medio del Espíritu Santo confirmó a Jesús en su bautismo en el Jordán como su Hijo; en ese Dios que Jesús les reveló como Padre; en Jesús, Dios, que el Padre ha revelado como su Hijo, y en el Espíritu del Padre que obra y habla en ellos mismos. En todo esto deben ser bautizados los nuevos discípulos.

Queridos centinelas, pidamos al Padre, por medio de su Espíritu, la gracia de ser siempre hijos. Y que todo nuestro ser, sea conforme a la vida del Hijo que nos amó y se entregó por nosotros.

Que Dios les bendiga.