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Serie Objetos litúrgicos: Las Crismeras

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1.- ¿Qué son las crismeras?

Las crismeras son los vasos en donde se guardan los santos óleos: el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos y el Santo Crisma. Pueden ser de dos formas: unos granes para guardar el óleo en los templos y unos chicos para administrar los sacramentos fuera de ahí.

Después de la Misa Crismal, el párroco recibe los óleos y tiene la obligación de guardarlos con diligencia en un lugar decoroso (Código de Derecho Canónico, c. 847). Lo usual es guardarlos en un armario o urna noble que se coloca en el baptisterio o en la sacristía. Ahí es conveniente colocarlos en las crismeras grandes y artísticas, para usarse en la administración de los sacramentos dentro del templo.

Pero también existen unas crismeras tubulares y divididas en tres secciones que son prácticas para poder administrar sacramentos fuera de la iglesia.

2.- Los Santos Óleos

A partir de las diferentes citas bíblicas, la unción del aceite va acogiendo diversas significaciones como abundancia, alegría, purificación, curación, salud, fuerza, etc. Hoy en día el cristianismo recoge esta simbología bíblica en la vida sacramental, con los llamados Oleos Santos. En total, son tres los aceites que se bendicen y se consagran a la Misa Crismal, la cual está oficiada por el obispo de cada diócesis.

Cada uno de los aceites está destinado a un momento de la vida y tiene un significado concreto, pero a la vez relacionado con el de las Sagradas Escrituras.

El óleo de los enfermos: se bendice antes de la eucaristía de la Misa Crismal, y sirve para impartir el sacramento de la unción de los enfermos, anteriormente llamado extremaunción. Éste tiene la fuerza de dar sanación a aquel que está enfermo o afecto para aquel que está a punto morir, y se puede recibir más de una vez en la vida. El apóstol Santiago, en su libro, habla sobre cómo la unción de un enfermo con el aceite puede salvarlo.

Si entre vosotros hay alguien que está enfermo, que haga llamar a los que presiden la comunidad para el unge con aceite en nombre del Señor y oren por él. Esta oración, hecha con fe, salvará al enfermo: el Señor hará que se levante y le perdonará los pecados que haya cometido. (St 5,14-15)

El óleo de los catecúmenos:  se bendice justo después de la eucaristía, y significa purificación y fortaleza, por eso se impone justo antes del Bautismo que es la liberación del pecado. Con este óleo santo se pronuncia un exorcismo, ya que se renuncia explícitamente al diablo de manera que el ungido, el que se prepara para entrar en el mundo de Cristo, pueda vencer la lucha contra el mal. (Imagen izquierda: ánfora que contiene el aceite de los catecúmenos)

Santo Crisma: representa la gracia del Espíritu Santo. Se trata de un ungüento aromático hecho de la mezcla de aceites y perfumes, por lo que desprende «el olor de cristo», que nos conduce dentro de su Iglesia. Este destaca entre los otros dos por la brillantez que los perfumes le dan a la ungüento.

A diferencia del aceite de los enfermos o de los catecúmenos el Santo Crisma no se bendice, sino que se consagra. La palabra bendición viene del latín Bene Dicere, y significa «decir el bien», es decir «desear el bien al otro» enviándole sentimientos positivos. Cuando el obispo bendice el óleo de los enfermos o de los catecúmenos, lo que hace es conceder el contacto con Dios, de modo que todo aquel que quede impregnado tendrá la capacidad de obtener su bien. El Santo Crisma en cambio se consagra, palabra que viene de consacrare que significa «hacer algo sagrado», que lleva sello del don del Espíritu Santo. Por eso en el momento de la consagración del Crisma el obispo que oficia la misa, pide  a los sacerdotes que extiendan la mano sobre el Santo Crisma para que le ayuden a invocar al Espíritu Santo.

La unción del Santo Crisma significa consagración, y por eso se impone en el Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación ya que invita a los cristianos a participar en la misión de Jesucristo en la plenitud del Espíritu Santo. Como se dice en las Cartas de San Pablo a los Corintios, nos ayuda a «desprender el buen olor de Cristo».

«Porque nosotros somos el perfume que Cristo ofrece a Dios y que se extiende entre los que se salvan y entre los que se pierden: para unos, es olor de muerte que lleva a la muerte; para los otros, olor de vida que lleva en la vida. Y quién puede estar a la altura de una misión como ésta?» (2 Co 2,15-16)

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