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San Martín de Porres: “Tres virtudes de este centinela latinoamericano”

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En el convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida por muchos: su humildad, obediencia, oración y milagros.

1.- Humildad.

Fray Francisco Velasco testificó que, siendo él novicio, acudió a la barbería del convento, y como Martín no le hiciera el arreglo como él quería, se enojó mucho y le llamó “perro mulato”. Respuesta; “Sí, es verdad que soy un perro mulato. Merezco que me lo recuerde y mucho más merezco por mis maldades”. Y dicho esto, le obsequió un melocotón.

Otra vez estaba fray Martín limpiado las letrinas y un fraile le dijo medio embroma si no estaría mejor en el arzobispado de México, a donde quería llevarlo el arzobispo electo. Él respondió: “estimo más un momento de lo que empleo en este ejercicio que muchos días en el palacio arzobispal”

Su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía. Una vez cuando el convento estaba en situación económica muy apura, fray Martín espontáneamente se ofreció al padre prior para ser vendido como esclavo ya que era mulato, a fin de remediar la situación.

2.- Obediencia.

El día 2 de Junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue considerada la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.

Vivió a fondo la pobreza profesada. Nunca usó ropa o zapatos nuevos. Siempre sus prendas eran usadas, y con él se estaban, continuamente remendadas, hasta que se caían a pedazos, o hasta que dejaban ver la ropa interior de saco y el cilicio de crin de caballo.

Estando muy enfermo de fiebre que él solía padecer por el invierno, el provincial fray Luis de Bilbao le mando por obediencia usar sábana. Él se resistió a ello, pero finalmente accedió por obediencia, como el mismo provincial pudo comprobarlo al día siguiente con el P. Estrada. Efectivamente, estaba acostado entre sábanas.

El lego fray Santiago Acuña testifico que nuestro santo “cumplió el voto de obediencia con voluntad pronta y alegre” fray Francisco Velasco confiesa “que el siervo de Dios no era nada para sí, sino todo para la religión y para quienes le mandaran algo, sin que nada se opusiera en él a esta virtud”. No era, sin embargo, su obediencia un automatismo irresponsable sino que estaba subordinada a la caridad y regida por la prudencia.  

3.- Oración.

Tenía un profundo de espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros grades contemplativos. Se le vio repetidas veces en éxtasis y, algunas veces levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento.

Pues la oración y el trabajo fueron las coordenadas en las que siempre enmarcó la vida de San Martín. En aquel inmenso ámbito conventual, en claustros y capillas, en escaleras y celdas, en talleres y enfermería, siempre estaban a la vista las imágenes del crucificado, de la Virgen y de los santos. En aquella silenciosa colmena espiritual dominicana el estudio y el trabajo se desarrollaban en una oración continua.

Fue muy áspero penitente y se abstuvo de carne y de pescado en su comida, además de dormir en tosco lecho. Y su amor a la naturaleza, obra de Dios, extendió su espíritu de paz y bondad a los animales- perro pericote y gato.

4.- Milagros.

El santo es famoso por sus milagros y por la forma en que los hacía. Unas veces eran curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprenderse  a los tres días tenía hinchado la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien lo puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano.

En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la Sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. A llegar este a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, más él le dijo: “Levántate y ponga su mano aquí, donde me duele”. ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre de un mulato?, preguntó el santo, sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde le indicó el enfermo y, poco después el arzobispo estaba curado.

Sus conocimientos no eran pocos para su época, y cuando asistía a los enfermos solía decirles: “yo te curo y Dios te sana”.

Los prodigios y milagros, tan números en la vida de San Martín y tan llenos de gracia divina y humana, no deben hacernos olvidar el milagro más importante de su santidad personal, pues tenía a Dios tan vivamente en su alma, nada le era dificultoso. Y se echa deber en su mucha virtud, santidad y paciencia, y sufrimiento, humildad y ardientísima caridad.

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