Home | Centinela de la santidad | San Juan Bautista: un modelo de humildad para todo centinela de la fe.

San Juan Bautista: un modelo de humildad para todo centinela de la fe.

Humildad: Esta es una palabra que decimos con frecuencia, y una cualidad que todo creyente en Cristo debe poseer. Pero, a veces, tenemos dificultad para saber exactamente lo que significa en la vida diaria. Usted pudiera pedir a sus amigos que le den alguna definición. O puediera buscar su significado en un diccionario. Pero la mejor manera de entender el significado de la humildad es ir a la Biblia y verla especialmente en el ejemplo que nos dio Juan el Bautista por medio de su entrega a Dios.

Juan era un hombre poco común. No se vestía ni comía como los demás, y ciertamente no encajaba dentro del sistema religioso de su tiempo. Cuando comenzó a bautizar a gente en el Jordán, y decía: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”, los líderes religiosos vinieron a investigarlo (Mateo 3.2). Cuando lo interrogaron, Juan afirmó que su tarea era anunciar al Mesías que vendría. Su bautismo era simplemente con agua como señal de arrepentimiento, pero el Mesías bautizaría a las personas con el Espíritu Santo (Mateo 3.11).

Poco después, Jesús vino para ser bautizado y comenzar su ministerio. Durante un breve tiempo, ambos hombres ministraron paralelamente en la tierra de Israel. Tenían el mismo mensaje de arrepentimiento y del reino venidero, pero había una gran diferencia entre ellos.

La humildad verdadera exalta a Cristo, no al yo. Juan entendió quién era él en relación con el divino Salvador. Entró en escena, no para llamar la atención, sino para dirigir a la gente a Aquél que era más grande que él. Cuando sus discípulos se preocuparon por las multitudes más grandes que Jesús estaba atrayendo, Juan les dijo que Jesús era muy superior a él (Juan 3.26-36):

  • Juan fue el precursor de Cristo; Jesús era el Mesías (Juan 3.28).
  • Juan era como el amigo que está junto al novio, y que se regocija con tan solo escuchar su voz; Jesús era el Novio (Juan 3.29).
  • Juan era estrictamente de origen terrenal; Jesús vino del cielo y estaba sobre todos (Juan 3.31).
  • Juan tenía el Espíritu Santo; Jesús había recibido al Espíritu sin medida (Juan 3.34).
  • Juan era un siervo del Señor; Dios había dado todas las cosas a su Hijo (Juan 3.35).
  • Juan dirigía a las personas a Aquél que podía darles vida; Jesús ofreció vida eterna a quienes crean en Él (Juan 3.36).

La humildad no reclama comparación humana. A los ojos de los discípulos de Juan, los números determinaban el éxito, y esta clase de comparación prevalece hoy todavía. Si nos fijamos en el impresionante trabajo que otros están haciendo, podemos sentirnos insignificantes. Ahora bien, algunas personas piensan que esto es una señal de humildad, pero no es así. La verdadera humildad no es vernos como inútiles, sino ver al Señor como digno de nuestro servicio, no importa qué tarea nos dé.

La verdadera humildad no es vernos como inútiles, sino ver al Señor como digno de nuestro servicio, no importa qué tarea nos dé.

Juan no consideró humillante su misión, ni tampoco Cristo. En cierto momento, Jesús dijo a una multitud: “No hay nadie mayor que Juan” (Lucas 7.28). Ninguna vida que obedece a Dios es inútil o sin importancia. Cuando estemos delante de Él en el cielo, nuestras recompensas no estarán determinadas por lo impresionante que fue nuestro trabajo, medido por los estándares humanos, sino por lo obedientes que fuimos para realizar todo lo que Él nos llamó a hacer.

El propósito de la humildad. La vida de Juan fue una hermosa demostración de humildad y de lealtad inquebrantable; no se sentía celoso ni se regodeaba en la autocompasión cuando la gente empezó a seguir a Jesús. Juan era un hombre que sabía el papel que le había sido dado por Dios, y estaba determinado a cumplirlo.

Lo que Juan dijo sucedió pronto: Jesús aumentaba en popularidad y poder, mientras que la influencia de él disminuía. Después de un tiempo, el papel de Juan como precursor del Mesías llegó a su fin cuando fue encarcelado y luego decapitado. Su muerte puede parecer prematura, pero desde la perspectiva de Dios, Juan había cumplido con éxito la misión que le había sido dada. En las palabras de Pablo, Juan había peleado la buena batalla, terminado la carrera y guardado la fe (2 Timoteo 4.7).

No somos la Luz, sino linternas que dirigen a otros al Señor.

 

¿Sabe usted lo que Dios le ha llamado a hacer? Hay mucho énfasis hoy en hacer cosas grandes para el Señor, y eso puede llevar a algunos a pensar que su vida ordinaria no es gran cosa. Sin embargo, no todo el mundo ha sido llamado a predicar a miles o a servir en tierras lejanas. Ser madre, estudiante, o un empleado dedicado en su trabajo, es un llamamiento formidable, si esa es la tarea que Dios le ha dado.

La vida humilde es guiada por el Espíritu. La razón por la que Juan el Bautista pudo cumplir tan obedientemente su papel, fue porque estaba lleno del Espíritu Santo. Solo hay dos opciones en la vida cristiana: podemos andar por el Espíritu, o ser controlados por nuestros viejos deseos pecaminosos (Gálatas 5.16). Y es solo cuando nos rendimos obedientemente a la autoridad del Espíritu, que la semejanza de Cristo en nosotros se hace evidente.

Juan el Bautista fue como la estrella matutina cuya luz disminuyó con el alba de la llegada de Cristo. No batalló para superar a Jesús, sino que allanó el camino para que el Hijo verdadero brillara, y él se regocijara en su Luz. Esa es la clase de espíritu humilde que nosotros necesitamos. No somos la Luz, sino linternas que dirigen a otros al Señor. Solo cuando disminuimos, los que están a nuestro alrededor podrán ver al Salvador, quien puede darles vida eterna.