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¿Qué es y cómo puedo aprovechar el Tiempo Ordinario?

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¿Qué son los tiempos litúrgicos? ¿Y los Ciclos? ¿Qué es el Tiempo Ordinario que acabamos de empezar? ¿Es sólo un tiempo «de relleno» entre «tiempos fuertes»? ¿Cómo podemos aprovechar el Tiempo Ordinario para crecer en la fe? Centinela de la fe te explica el contenido de este maravilloso tiempo.

1.- ¿Qué son los tiempos litúrgicos?

La Liturgia es el despliegue que Cristo hace de su misterio y que es acogido por los hombres en acción de gracias y alabanza a Dios. Cristo, Dios hecho hombre, y por tanto infinito, viene a abrazar a todo el hombre (toda su vida, su cuerpo, su alma, sus afectos, inteligencia y voluntad) y a todo hombre (de ayer, de hoy y de siempre). Desde que Cristo se ha encarnado en el tiempo, el horizonte del tiempo es la eternidad porque, de alguna manera, el tiempo es una dimensión de Dios.

El tiempo es también una dimensión del hombre, aunque no la única. Por eso, los tiempos litúrgicos son las etapas del año cristiano en que se despliega todo el misterio de Cristo, y los hombres lo acogemos paulatinamente. Como Cristo es infinito nunca «se repiten», ni desde Cristo ni por parte del hombre. Si alguien dijera que los tiempos litúrgicos «se repiten» estaría diciendo que Dios no es Dios (es siempre nuevo e infinito) y el hombre sería siempre el mismo (en realidad nadie somos lo mismo que fuimos el año anterior…).

2.- ¿Y eso lo de los Ciclos?

Los Ciclos son una estructuración eclesial de la Liturgia, que se refiere a la utilización dominical, en el arco de tres años, de un evangelista distinto: Mateo (ciclo A), Marcos (ciclo B), Lucas ciclo C. Además, a lo largo de los tres ciclos unidos, la Liturgia «lee» toda la Biblia.

3.- ¿Qué es exactamente el Tiempo Ordinario que ahora empezamos? ¿Es sólo un tiempo «de relleno» entre los «tiempos fuertes»?

El tiempo ordinario es donde se medita sobre la “vida ordinaria” de Jesús, es decir, qué hizo con sus discípulos, los lugares que visitó, los milagros que realizó. Pero, a diferencia de otros tiempos, en el tiempo ordinario se profundiza en la vida cotidiana Jesús. Por ejemplo, en el tiempo de Navidad se profundiza sobre el nacimiento de Jesús, en el tiempo de Pascua se profundiza en la Resurrección de Jesús, mientras que en el tiempo ordinario no hay un misterio específico que se profundice, sino más bien se acompaña a Jesús en sus “actividades” de día a día.

El Tiempo Ordinario, caracterizado por las vestiduras litúrgicas verdes, es tiempo de camino y esperanza (verde esperanza…). No se define como tal en oposición a otros tiempos extraordinarios: todos son tiempos de Cristo y del hombre, y como tales deben ser vividos, aunque los misterios de la vida de Jesús vividos en cada tiempo son distintos, pues hacen referencia a momentos diversos de la vida de nuestro Señor. Con ello queda contestado que el «relleno» es Cristo (en su vida oculta, en su predicación, en la instrucción de los suyos…) y «tiempos fuertes» son Cristo también en misterios reunidos en torno a su venida, a su misterio pascual de muerte, resurrección y envío del Espíritu Santo.

A veces parece que para crecer y avanzar en la vida de fe, hay que pegar pequeños estirones en los tiempos fuertes: ¿Cómo podemos aprovechar el Tiempo Ordinario para crecer en la fe?

No cabe duda que si en la vida diaria de los hombres no hubiera fiestas o efemérides que celebrar, la existencia resultaría algo anodina. El problema hoy es más bien el contrario: todo es fiesta, juerga, celebración… y no se capta el sabor y valor de lo ordinario o lo oculto que adquiere un peso propio con la equilibrada balanza de lo festivo.

El Tiempo Ordinario es una gran gracia a descubrir para hacer ver que el valor de la existencia humana y cristiana no reside en lo extraordinario, en la apariencia fulgurante. Efectivamente, en el mismo misterio de Cristo, tres años de vida pública, de aparición, de actividad, fueron precedidos por treinta de vida oculta. ¿No fueron reveladores y redentores esos años de Nazaret? Todo lo contrario. Sin ellos, el Dios-hombre no se habría preparado para su misión. Creo, de todas formas, que si lo ordinario y lo extraordinario no se viven desde el amor, el amor que siempre animaba al Corazón de Jesucristo (y en eso el motor es siempre común a ambas dimensiones) todo lo demás no tiene sentido. Santa Teresita nos ha enseñado la grandeza del amor escondido que revelaría todo el valor del «tiempo ordinario».

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