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Novena al Espíritu Santo: tercer día

LO QUE SE NECESITA PARA LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

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En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 Oración

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

MEDITACIÓN

TENEMOS QUE DESPRENDERNOS TAMBIÉN DE LAS COSAS SANTAS Y DIVINAS

 Para lograr la abnegación perfecta y el pleno desprendimiento cristiano no basta desprenderse del mundo y de sí mismo. Tenemos que aspirar a desprendemos, por decirlo así, hasta de Dios. Cuando Jesús aseguraba a sus apóstoles que les convenía que él se separa de ellos para ir al Padre y enviarles su Espíritu Santo, lo decía porque estaban apegados al consuelo sensible producido por su presencia y conversación visible de su sagrada humanidad, lo cual obstaculizaba la venida de su Espíritu.

Porque es necesario estar desligado de todas las cosas, aún las más santas y divinas, para que nos anime el espíritu de Jesús, que es el espíritu del cristianismo.

Por eso insisto en que debemos desprendemos en cierta manera hasta del mismo Dios. Es decir, de las dulzuras y consuelos que acompañan de ordinario su gracia y su amor, de los piadosos propósitos en busca de su gloria; de nuestros deseos de mayor perfección y amor y aún del anhelo de abandonar la prisión de nuestro cuerpo para ver a Dios, para tener con él unidad perfecta y amarlo con pureza y continuidad.

Porque cuando Dios nos hace experimentar las dulzuras de su bondad, en nuestros ejercicios de piedad, debemos evitar acomodarnos en ellas. Nos humillaremos como indignos de todo consuelo y las devolveremos a él, listos a vernos privados de ellas. Le reafirmaremos que deseamos servirlo y amarlo no por los consuelos que da, en este mundo o en el otro, a los que lo aman y lo sirven sino sólo por su amor y agrado.

 Oremos: ¡Divino Espíritu Santo: que te ame por lo que eres!Imagen relacionada