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Novena al Espíritu Santo: sexto día

EL ESPÍRITU SANTO ES EL ESPÍRITU DE NUESTRO ESPÍRITU

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En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 Oración

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

MEDITACIÓN

EL ESPÍRITU SANTO SIEMPRE ESTÁ EN NOSOTROS

El Espíritu Santo se nos ha dado para que sea el Espíritu de nuestro espíritu, el Corazón de nuestro corazón, y el Alma de nuestra alma. Para que esté siempre con nosotros y en nosotros, no sólo como en su templo, sino como una parte de su cuerpo, es decir, del cuerpo de Jesucristo, que es el suyo, y que debe estar animado por él, ya que los miembros y todas las partes del cuerpo deben estar animadas por el mismo espíritu de su cabeza.

¡Cuántas maravillas han realizado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo para hacernos cristianos! Y, por lo mismo, ¡qué cosa espléndida significa ser cristiano! Cuánta razón tenía san Juan cuando, en nombre de todos nosotros, decía: ¡El mundo no nos conoce! (1Jn 3, 1). ¡Cuánta obligación tenemos de bendecir y amar a las tres divinas personas por habernos llamado y elevado a la dignidad de cristianos! Por eso nuestra vida debe ser santa, divina y espiritual, ya que todo el que ha nacido del Espíritu es espíritu (Jn 3, 6).

Espíritu divino: me entrego totalmente a ti para que tomes posesión de mí y me conduzcas en todas las cosas. Haz que viva como un hijo de Dios y miembro de Jesucristo; como quien ha nacido de ti y te pertenece en plenitud.

Cuando pensamos en todo esto concluimos que es inmensa la dignidad de un cristiano, hijo de Dios, miembro de Jesucristo, animado por su Espíritu, y que es infinita nuestra obligación de llevar una vida de santidad. Por eso es tan culpable quien peca mortalmente: arroja al Espíritu Santo de su templo para reemplazarlo por el espíritu del mal; crucifica y da muerte en sí mismo a Jesucristo ahogando su Espíritu por el cual Jesús vivía en él, para establecer y hacer vivir en su lugar a su enemigo, Satanás.

Oremos: ¡Espíritu Santo, gracias por hacer de mí templo vivo de tu amor!