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Novena al Espíritu Santo: séptimo día

LA OBRA SUPREMA DEL ESPÍRITU SANTO

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En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 Oración

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

 MEDITACIÓN

LA FORMACIÓN DE JESÚS EN EL CORAZÓN

El mayor de los misterios y la más grande de las obras es la formación de Jesús en nosotros como lo señalan estas palabras de san Pablo: Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en ustedes (Ga 4, 19). Es lo más sublime que realizan en el cielo y en la tierra las personas más excelentes que hay en ellos: el Padre eterno, el Hijo y el Espíritu Santo, la santa Virgen y la santa Iglesia.

Es la acción más grande del Padre eterno, cuya ocupación durante toda la eternidad es producir continuamente a su Hijo en sí mismo. Y fuera de sí no ha realizado nada más admirable que formarlo en el seno purísimo de la Virgen en el momento de la encarnación.

Es la obra por excelencia del Hijo de Dios sobre la tierra, formarse a sí mismo en su santa madre y en la divina Eucaristía.

Y del Espíritu Santo, que lo formó en las entrañas de la Virgen María, la cual no ha hecho ni hará jamás algo más sublime que colaborar a esta divina y maravillosa formación de Jesús en ella. Es la acción más grande y santa de la Iglesia, que lo produce, en cierta manera, por boca de los sacerdotes en la divina Eucaristía y lo forma en el corazón de sus hijos.

Por eso también nuestro principal deseo, empeño y ocupación debe ser formar a Jesús, haciéndolo vivir y reinar en nosotros con su espíritu, su devoción, sus virtudes, sentimientos, inclinaciones y disposiciones. A ello deben tender todos nuestros ejercicios de piedad. Es esta la obra que Dios coloca en nuestras manos, para que en ella trabajemos sin descanso.

 Oremos: ¡Espíritu Santo, derrama tus dones constantemente en nosotros!