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Novena al Espíritu Santo: quinto día

EL ESPÍRITU SANTO NOS HACE CRISTIANOS

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En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

MEDITACIÓN

EL ESPÍRITU SANTO FORMA A JESÚS EN NOSOTROS

El Espíritu Santo ha actuado para hacernos cristianos. Porque ha sido Él quien formó a nuestro Redentor, nuestro Salvador y nuestra Cabeza en las entrañas de la santa Virgen. Él lo animó y condujo en sus pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos, y en el sacrificio que hizo de sí mismo en la cruz para hacernos cristianos, conforme a la palabra de Dios: Por medio del Espíritu eterno se ofreció a Dios (Hb 9, 1 4).

Y después de que Cristo subió al cielo, el Espíritu Santo fue enviado a este mundo para formar y establecer el cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia y aplicarle los frutos de la vida, de la sangre, pasión y muerte de Jesús. Sin la venida del Espíritu en vano hubiera sufrido y muerto Jesucristo.

Además, el Espíritu Santo viene en nuestro bautismo para formar a Jesucristo en nosotros, para incorporarnos, hacernos nacer y vivir en él, para aplicarnos los efectos de su sangre y de su muerte y para animarnos, inspirarnos, empujarnos y conducirnos en todo lo que debemos pensar, hacer y, sufrir como cristianos, para gloria de Dios. De suerte que no podemos pronunciar como conviene el santo nombre de Jesús, ni tener un buen pensamiento, sino bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. 1Co 12, 3).

Un cristiano, por consiguiente, es un templo del Espíritu Santo. ¿No saben -dice san Pablo- que su cuerpo es templo del Espíritu Santo? (1Co 6, 19). Por nuestra condición de hijos de Dios y por formar una sola cosa con Jesucristo, como los miembros con su cabeza, tenemos que estar animados por el mismo Espíritu. De ahí la palabra de san Pablo: La prueba de que son hijos de Dios es que Dios ha enviado a sus corazones el Espíritu de su Hijo (Ga 4, 6) y, en otra parte: El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Dios (Rm 8, 9).

 Oremos: ¡Espíritu Santo, danos las palabras oportunas para adorar, bendecir y glorificar el santo nombre de Jesús!