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Mi comentario al evangelio de este domingo

En la parábola del domingo pasado se habló de la semilla de la Palabra y de las dificultades encontradas en el suelo de nuestros corazones antes de dar fruto. La parábola de hoy nos dice de donde vienen los obstáculos: es una mala semilla. Jesús siembra su Palabra, pero el enemigo, el diablo, también siembra la de él.

El sembrador lanza la buena semilla, a continuación, mientras todo el mundo está dormido, el enemigo que siembra la maleza, plagas de malas hierbas. Detrás de la pregunta de los siervos al señor, ¿no sembraste buena semilla en el campo? ¿De dónde viene la cizaña? Vemos una antigua pregunta que interesa a todos los hombres y mujeres: si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal en el mundo? El maestro simplemente responde: Un enemigo lo ha hecho. Dios no da una explicación larga, solo nos dice que hay un enemigo, alguien que ha optado por el mal, como lo ha hecho por vez primera el diablo, y que todavía hoy, nos sigue tentando.

Los agricultores están dispuestos a tirar de las malezas inmediatamente, pero el propietario no quiere: sólo al final habrá recolección y separación. ¿Por qué Dios no quiere? Debido a que Dios nos ama, y quiere la salvación de todos, porque es paciente, nos permite crecer, no nos castigamos en el primer error, espera nuestra conversión, mediante la misericordia; sólo después de la muerte será el tiempo del juicio.

Estamos llamados a aprender a vivir entre la cizaña, para santificarnos en este mundo y en estas situaciones. La mezcla de trigo y las malas hierbas no nos debe sorprender, lo encontraremos en todas partes: desde el corazón, y luego la familia, la comunidad, la Iglesia entera. Tenga cuidado de no imaginar una perfección idílica, que sólo se tendrá en el paraíso. No existe la persona perfecta, la familia perfecta, la comunidad perfecta.

Hay una gran cantidad de personas que su fe depende del camino de los demás; pero es un error: sólo el Señor es santo, todos somos pecadores siempre en necesidad de misericordia, para dar misericordia. La Iglesia misma, recordemos bien, no es el redil de la oveja perfecta, pero es la casa de la familia de los pecadores que están en continuo proceso de conversión.

Este evangelio debe ponerme a pensar en lo que yo, como cristiano de este tiempo estoy sembrando. ¿En mi relación de noviazgo, matrimonio, familia, trabajo, comunidad, estoy sembrado buena semilla o estoy sembrado cizaña? ¿Estoy de parte de Dios, y soy un buen sembrador del bien o estoy del parte del mal y siembro cizaña y discordia? Nadie que se dedique a sembrar cizañas es feliz, porque por tratar de destruir a los demás, se destruye así mismo. El buen sembrador es feliz, porque tiene en su corazón amor para dar.

Hace tiempo escuché una historia de dos personas que eran vecinas, las dividía una pequeña pared. Cada una de ellas tenía un hermoso patio, una de ellas tenía arboles grandes en su patio, la otra, en cambio, tenía un rosal hermoso. La que tenía los arboles grandes, recogía las hojas de los árboles y la tiraba en las flores de su vecina, sin embrago, estas hojas en vez de hacer daño abonaban las rosas de su vecina. Un día su vecina corta un hermoso ramo de flores y se lo lleva a su vecina. La otra queda admirada y le dice, ¿Cómo me puedes regalar estas flores, si siempre yo te doy basura? La otra le responde: ¡Tranquila vecina, cada uno da de lo que tiene!

Con esta historia vemos no hay excusa para sembrar el mal, el cristiano debe ser sembrador de buena semilla.

Les dejo con esta pregunta para responder:

¿Por qué deberíamos ser el sembrador de la buena semilla y no el sembrador de la cizaña?