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Los tres pilares de nuestro itinerario cuaresmal

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Para progresar en esta madurez, se nos proponen al inicio de la Cuaresma tres prácticas ascéticas: la limosna, la oración y el ayuno. Constituían los pilares de la espiritualidad judía que Jesús presenta desde una nueva perspectiva, la suya:

1.- La primera: la limosna

En tiempos de Jesús, había en cada pueblo de Israel encargados de recoger y distribuir las ayudas a los pobres, huérfanos, viudas y forasteros. Esta institución caritativa tenía innegables méritos, sin embargo, se transformaba para muchos en una ocasión de exhibicionismo. Existía la costumbre de elogiar públicamente, durante la celebración litúrgica del sábado, a quien hubiera contribuido con una oferta generosa. Se le invitaba a ponerse de pie en medio de la asamblea; era presentado a todos como ejemplo y se le acompañaba al puesto de honor, junto a los rabinos. 

Jesús ha presenciado con frecuencia, y ciertamente con profundo desagrado, estos espectáculos y, de hecho, ha calificado de “hipócritas” (actores) a aquellos que se prestaban a actuar en esta comedia. No ha sentido indignación sino mucha pena porque, por un momento de vanagloria, estas personas –muy buenas, por otra parte– desaprovechaban una oportunidad preciosa de practicar el bien sin hacerse notar, como se comporta Dios, quien se esconde de tal manera que hace dudar hasta de su misma existencia.

Más que de “limosna”, nosotros hoy hablamos de solidaridad, de compartir, de atención a las necesidades de los otros. El término “limosna” suena un poco arcaico, pero hay que conservarlo porque su significado es muy bello; deriva de una raíz verbal griega que quiere decir conmoverse, tener piedad, intervenir a favor de quien está necesitado porque se siente uno emotivamente envuelto en su problema. Si queremos profundizar un poco más en el sentido de la “limosna”, hay que tener presente que en la lengua hebraica no existe un término para definirla. Se la llama simplemente tzedakáh-justicia. 

Para un hebreo –y por tanto para Jesús– dar limosna no es dejar caer algunos céntimos en manos necesitadas, sino restablecer la justicia, reconocer que los bienes de este mundo no pertenecen al hombre sino a Dios. Quien posee más de lo que necesita porque lo ha tomado demás, debe entregarlo a quienes el Padre ha destinado que lo reciban. 

Es una mentira hablar de tuyo, de mío o de suyo y también de nuestro porque “del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes” (Sal 24,1). Los hombres son solamente comensales invitados a Su banquete. Es por esto que Jesús recomienda a sus discípulos de hacer la justicia en secreto: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (vv. 3-4). 

La autocomplacencia está fuera de lugar, de modo que el beneficiado no se avergüence ni se sienta endeudado con quien le ha hecho el bien, porque solamente le ha entregado lo que pertenece al Padre del cielo. Los Padres de la Iglesia habían comprendido bien esta verdad. Citemos uno entre tantos, San Ambrosio, quien decía al rico: “Acuérdate de que tu no das al pobre de lo tuyo, sino que le restituyes solamente lo que le es debido”.

2.- La segunda práctica cuaresmal: la oración 

Hoy la oración está en crisis, no por mala voluntad de los fieles sino porque no es fácil comprender su valor y el modo de hacerla. ¿Cómo orar en Cuaresma? ¿Repitiendo con mayor frecuencia las oraciones que hemos aprendido? 

Jesús recomienda no ser “charlatanes como los paganos, que piensan que por mucho hablar serán escuchados” (Mt 6,7). Nos preguntamos también: ¿Por qué hacerle conocer lo que él ya conoce? “El Padre de ustedes sabe lo que necesitan antes de que se lo pidan” (Mt 6,8). ¿Por qué solicitar su intervención si él ya desea el bien del hombre? ¿Puede nuestra oración obligarle a cambiar de planes? 

En tiempos de Jesús, como hoy, había dos clases de oración, la pública y la privada. La oración pública se hacía el en templo, en las sinagogas y en las plazas, dos veces al día. A las nueve de la mañana y a las tres de la tarde, mientras en el templo se ofrecía el sacrificio, todo judío piadoso, dondequiera que se encontrara, se volvía hacia Jerusalén y se unía espiritualmente al rito que se estaba celebrando en el templo. 

Jesús no condena esta práctica a la que también él se ha mantenido fiel, pero pone en guardia contra el peligro de “perder la recompensa”, es decir, de hacerla ineficaz y arruinarla con la ostentación. Después, se detiene en el otro tipo de oración, aquella privada, la que se hace en la propia habitación, a puertas cerradas, en la intimidad con el Padre “que ve en lo secreto”. Esta oración no es una repetición de fórmulas ni tampoco un elenco de peticiones. Es un diálogo con Dios, no para convencerlo a hacer nuestra voluntad y convertir en realidad nuestros sueños, sino para ser introducidos en sus pensamientos, interiorizar sus designios y recibir de él la fuerza para desarrollar el trabajo que nos ha sido asignado en la construcción de su Reino. 

Oración es, sobre todo, escucha, apertura del corazón para acoger los proyectos de Dios y para no frustrar lo que él espera de nosotros. Requiere tiempos largos y necesita de ambientes que favorezcan la concentración, la meditación y el recogimiento. 

Jesús sabía orar y sabía elegir los lugares adecuados, como nos recuerdan los evangelistas: “Muy de madrugada, cuando todavía estaba obscuro, se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando (Mc 1,35); “Después de esto (despedir a la gente), subió al monte a orar” (Mc 6,46); “Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar” (cf. Lc 5,16); “Se subió a una montaña a orar y se pasó toda la noche orando a Dios” (Lc 6,12.

Este tipo de oración siempre obtiene “su recompensa” porque mantiene los pensamientos y las acciones del hombre en sintonía con aquellos de Dios.

3.- La tercera práctica: el ayuno

El ayuno existe en todas las religiones como expresión de luto y de dolor y va acompañado frecuentemente de gestos como la renuncia al cuidado del propio cuerpo, dormir en tierra, rociarse de polvos y cenizas, vestirse de cilicio o saco (tela oscura y áspera tejida generalmente con pelo de cabra o de camello, era un símbolo de profunda tristeza y lamentación).

En tiempos de Jesús, el ayuno se consideraba altamente meritorio: servía para reparar los pecados, para suscitar la piedad de Dios alejando sus castigos, para conjurar calamidades. Había adquirido tal importancia en Israel que en el imperio romano circulaba el dicho: “Ayunar como un judío”. Los más devotos y piadosos llegaban hasta abstenerse completamente del alimento, desde el alba hasta el atardecer, dos veces por semana, el lunes y el jueves (cf. Lc 18,12); cada maestro daba disposiciones precisas sobre este punto.

Estando así las cosas, sorprende el escaso relieve que en el Nuevo Testamento se da al ayuno. San Pablo nunca menciona el ayuno en sus cartas, y Jesús lo hace solamente en dos ocasiones: una, para justificar a sus discípulos que no lo practican (cf. Mt 9,14); la otra –la que encontramos en el evangelio de hoy– para indicar las disposiciones que caracterizan el verdadero ayuno. 

La comunidad cristiana es consciente de tener al Esposo consigo “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), por tanto, no ayuna “como los hipócritas que desfiguran la cara” (v. 16). El ayuno del discípulo tiene un significado completamente diverso: no es expresión de luto ni de dolor, sino de alegría por la presencia en el mundo del reino de Dios. 

El cristiano ayuna “perfumándose la cabeza y lavándose el cuerpo”. No hace ostentación de ningún esfuerzo, no desea que se note su sacrificio. Está contento al saber que con su renuncia puede ver la alegría del pobre al que ayuda. Este ayuno se destaca y diferencia del de los fariseos y se coloca en la línea de los profetas que habían condenado severamente el falso ayuno. 

¡Basta!, han dicho los profetas, de llamar ayuno y día agradable al Señor al “doblar la cabeza como un junco y acostarse sobre estera y ceniza” mientras ayunan entre peleas y disputas hacen su propio interés y maltratan a sus servidores, dando puñetazos sin piedad (Is 58,3-5).

El ayuno agradable a Dios consiste en: “abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper con toda forma de esclavitud. Compartir el pan con el hambriento, hospedar al pobre sin techo, vestir al que se ve desnudo” (Is 58,6-7). “Practicar justicia y fidelidad; que cada uno trate a su hermano con amor y misericordia. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre, que nadie piense en hacer maldades contra su prójimo” (Zac 7, 9-10).

El ayuno verdadero produce siempre gestos de amor hacia el prójimo. La comida que sobra no se debe conservar para el día siguiente, debe ser distribuida inmediatamente a quien tiene hambre. 

El Pastor Hermas, un libro muy leído por los cristianos del siglo II, explica así la relación entre ayuno y caridad: “He aquí cómo debes practicar el ayuno: durante el día de ayuno comerás solamente pan y agua; después, calcularás cuánto habrías gastado por tu comida en ese día y ofrecerás ese dinero a una viuda, a un huérfano o a un pobre; así tú te privas de algo de manera que tu sacrificio sirva para que alguien se sacie. Él rezará por ti al Señor. Si ayunas de esta manera, tu sacrificio será agradable a Dios”.

El Papa León Magno, del 440 al 461, en una homilía a los cristianos de Roma recomendaba: “Nosotros prescribimos el ayuno recordándoles no solo la necesidad de abstinencia, sino también de hacer las obras de misericordia. De esta manera, lo que ahorren de los gastos ordinarios se transformará en alimento para los pobres”. 

Este ayuno obtiene siempre su “recompensa”: aleja el corazón de los bienes de este mundo; hace olvidar el propio interés; crea amor y ganas de compartir y nos abre las puertas del reino de Dios. 

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