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La Iglesia celebra la Fiesta Litúrgica de los Ángeles Custodios

11 DATOS SOBRE LOS ÁNGELES CUSTODIOS

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1. Es verdad de fe la existencia de los Ángeles (seres espirituales, personales y libres), creados por Dios y elevados por la gracia al orden sobrenatural (cfr. guión nº 19). Su nombre mismo, que significa enviado, expresa su función de ministerio, de mensajeros de Dios ante los hombres, como aparece innumerables veces en la Sagrada Escritura.

2. Junto a la intervención de los Ángeles en acontecimientos singulares de la historia humana, se da siempre otra continua asistencia, sin aparato sensible, en la vida personal de los hombres. Porque la Providencia de Dios ha dado a los Ángeles la misión de guardar al linaje humano y de socorrer a cada hombre (Catecismo del Concilio de Trento, parte IV, capítulo IX, número 4). La existencia de los Ángeles Custodios es una verdad continuamente profesada por la Iglesia que forma parte desde siempre del tesoro de piedad y de doctrina del pueblo cristiano. Estos Ángeles no han sido enviados solamente en algún caso particular, sino que han sido designados desde nuestro nacimiento para nuestro cuidado, y constituidos para defensa de la salvación de cada uno de los hombres (ibid., número 6). Jesucristo mismo dijo a sus discípulos: Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos, porque os hago saber que sus Ángeles en los cielos están siempre viendo el rostro de mi Padre celestial (Matth. XVIII, 10). Grande es la dignidad de las almas -comenta San Jerónimo-, cuando cada una de ellas, desde el, momento de nacer, tiene un Ángel destinado para su custodia (Comm. in Matth. 18, 20).

3. Dios, ciertamente, puede prescindir de los Ángeles en el gobierno amoroso y paternal de los hombres, pero ha querido dar a los Ángeles de la guarda la misión de cooperar en el plan de su Providencia sobre nosotros. Su auxilio nos es muy conveniente porque -aunque la gracia eleva al orden sobrenatural la naturaleza humana y todas sus potencias, haciéndola capaz de creer y amar a Dios sobre todas las cosas-, permanece sin embargo la debilidad intrínseca de nuestra razón, oscurecida además su luz por el pecado original, y está debilitada la voluntad en sus afectos hacia el bien, que muchas veces es difícil de alcanzar.

4. Los Ángeles Custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar el fin sobrenatural a que es llamado por Dios. Yo mandaré una Ángel delante de ti -dice el Señor a Moisés- para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto» (Exod. XXIII, 20; cfr. Ps. CX, 11). Porque así como los padres, cuando los hijos precisan viajar por, caminos malos y peligrosos, hacen que les acompañen personas que les cuiden y defiendan de los peligros, de igual manera nuestro celestial Padre, en este viaje que emprendemos para la celeste Patria, a cada uno de nosotros nos da Ángeles para que, fortificados con su poder y auxilio, nos libremos de los lazos furtivamente preparados por nuestros enemigos, y rechacemos las terribles acometidas que nos hacen; y para que con tales guías sigamos por el camino recto, sin que ningún error interpuesto por el astuto enemigo sea capaz de separarle del camino que conduce al Cielo (Catecismo del Concilio de Trento, parte IV, capítulo IX, número 4.).

5. Misión de los Ángeles Custodios, por tanto, es auxiliar al hombre contra todas las tentaciones y peligros, y traer a su corazón buenas inspiraciones. Tú sabes que en el fondo de tu conciencia hay algo que es reprensión, consideración, que es aplauso. Es el oficio del Ángel Custodio: llevar esas mociones a Dios. En un antiquísimo documento de la Iglesia se afirma: Dos ángeles hay en cada hombre: uno de la justicia y otro de la maldad… El ángel de la justicia es delicado y vergonzoso, manso y tranquilo . Así, pues, cuando subiere a, tu corazón este Ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, la mortificación y sobre toda obra justa y toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el Ángel de la justicia está contigo (Pastor de Hermas, Mand. VI,2).

6. También prestan los Ángeles Custodios servicios materiales, cuando esto es conveniente para la salvación de las almas. La Sagrada Escritura relata con detalle varias actuaciones en este sentido (cfr. Tob. VI, 2 ss.; XI, 7.8.15; Act. V, 19-20; XII, 7 ss.; etc), que muestran además la confianza con que los primeros cristianos trataban a sus Custodios (cfr. Camino, n. 570). Te pasmas porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. -Y no debías pasmarte: para eso lo colocó el Señor junto a ti(Camino, n.565). Al final de la vida, como manifiesta la liturgia de la Iglesia en las oraciones de la recomendación del alma, el Ángel Custodio acompañará al alma ante el tribunal de Dios.

7. A pesar de la gran perfección de su naturaleza espiritual, elevada perfectísimamente al orden de la gracia, los Ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita, de modo que no pueden leer en el interior de las conciencias (cfr. Santo Tomás, S. Th. I, q. 57, a. 4 ad 3). Es preciso, por tanto, que les demos a conocer de algún modo nuestras necesidades. Como su permanencia a nuestro lado es continua y con su inteligencia penetran de modo agudísimo en lo que expresamos, ni siquiera es preciso articular palabras: basta que mentalmente le hablemos para que nos entienda, e incluso para que llegue a deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos capaces. Por eso es tan recomendable tener un trato de amistad con el Ángel de la guarda. Ten confianza con tu Ángel Custodio. – Trátelo como un entrañable amigo -lo es- y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día (Camino, n.562).

8. También podemos relacionarnos con los Ángeles Custodios de los demás, para ayudarles en su tarea de conducir al Cielo a esa alma. Habéis de procurar ganaros al Ángel Custodio de aquél a quien queráis atraer, porque el Ángel Custodio es siempre un gran cómplice. -Conozco casos verdaderamente hermosos (Instrucción 1-IV-1934, n.13). Esa complicidad –ordenada y querida por Dios- se extiende a todas las acciones con que hemos de ganar el Cielo para nosotros y para otras almas.

9. Es opinión común de los teólogos, sólidamente fundada en la Sagrada Escritura, en los escritos de los Santos Padres y en la liturgia de la Iglesia, la creencia de que los Ángeles Custodios no sólo cuidan de cada alma en particular, sino que extienden su patrocinio a los cuerpos sociales -países, corporaciones, ciudades, personas morales, etc.-, velando para que los lazos que unen a sus miembros no los aparten de la felicidad eterna, y para que los fines corporativos de las distintas comunidades sociales, aún de aquellas nacidas para la consecución de un bien natural, se encaminen en último término al fin sobrenatural común a todos, que es Dios. Es costumbre nuestra que en el despacho de los Directores locales, haya una representación del Ángel Custodio con una inscripción que recoge aquellas palabras de la Escritura: Deus meus misit Angelum suum. Es una Costumbre que tiene por objeto meter en _el corazón de todos los que gobiernan y de mis hijos todos, una devoción práctica, real y constante, al Ángel Custodio do la Obra, y al de cada Centro, y al de cada uno.

10. La piedad cristiana considera desde antiguo que, allí donde se encuentra reservada la Santísima Eucaristía, hay Ángeles adorando constantemente a Jesucristo Sacramentado. Pienso que está cargada de sentido la piedad popular al representar, rodeando la custodia, una mirada de ángeles, que se tapan la cara con sus alas, porque se consideran indignos de estar en su presencia (cfr. Camino, n. 509).

11. Hemos de practicar y difundir la devoción a los Santos Ángeles Custodios, de tanta raigambre en la Iglesia, que por voluntad expresa de Dios constituye un rasgo específico de la fisonomía espiritual propia de a Obra, para que el Ángel Custodio que nos acompaña siempre, contribuya a mantener en todas nuestras acciones la unidad de vida, nos proteja, interceda por nosotros y sea siempre el más poderoso aliado en la tarea de nuestra santificación personal y en el apostolado.

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 Cfr. Catecismo del Concilio de Trento, parte IV, capítulo IX, número 4-6; Catecismo Mayor de San Pío X, parte I, capítulo II, números 47 y 48; Crónica X-61, pp. 5 ss.; Camino, nn. 562.570.