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IV Domingo del Tiempo de Adviento

María modelo para acercarse a Dios

María, es y debe ser nuestro arquetipo, nuestro modelo para acercarse y encontrar a Dios. Veamos que nos dice el Evangelio con el maravilloso episodio de la Anunciación. Ante todo, quisiera destacar cuatro de las frases que le dirige el ángel a María:

  1. Lo primero que le dice a María, y que también podría decirnos hoy a nosotros es “Alégrate” del verbo griego χαῖρε.Resultado de imagen para cuarto domingo de adviento 2017

Alégrate. Sí, alegrémonos. Con demasiada frecuencia parecemos como “muertos vivientes”, faltos de ilusión y de energías por contagiar al mundo la Buena Noticia que hemos conocido. ¿Acaso es que el Evangelio ya no es Buena Noticia? ¿Acaso es que encontrarnos con Dios, las palabras de Jesús… eso ya no da sentido a nuestra vida? Entiendo, y hasta me parecería lógico, que quienes no creen, quienes piensan que todo se acaba en esta vida, esos sean los que se depriman o los que estén angustiados; contradictoriamente son esos los que parecen más alegres (“comamos y bebamos que la vida son cuatro días”). Pero el mensaje es claro: Dios viene, Dios da sentido a nuestra existencia, Dios se hace uno de nosotros. Por lo cual, algo importante será el hombre para que todo un Dios se rebaje hasta nuestra condición. Si perdemos nuestra alegría, nos volvemos rancios, apagados… nuestra fe pierde frescura. Si no hay alegría en nuestra comunidad, en nuestra Iglesia, no parecemos hermanos, desaparece la cordialidad, la amistad se enfría. Tenemos que celebrar y celebrar festivamente para alegrarnos sinceramente de corazón. Si no nos alegramos con los hermanos, vendremos a misa, nos encontraremos en la parroquia y simplemente, en lugar de querernos nos estaremos soportando. ¡Qué importante es, pues, la alegría en nuestra vida de creyentes! María mostró en los detalles de su personalidad que se alegraba de las maravillas que Dios realizaba en ella. Igual nosotros, tenemos que “cantar eternamente las misericordias del Señor por todas las edades” (Salmo 88)

  1. La segunda frase del ángel es “El Señor está contigo”.

El Señor está contigo. Sí, pero debemos creerlo de verdad. Sí, hermanos, Dios está con nosotros. Cada día invocamos a Dios llamándole Padre, y Él nos acompaña, nos defiende y, lo creamos o no, busca siempre nuestro bien. Lo malo es que nosotros o no lo vemos, o no lo queremos ver y nos enfrascamos en nuestros propios errores, y en nuestros propios egoísmos. Sí, “Dios está con nosotros” si amamos, si perdonamos, si nos entregamos, si —en definitiva— hacemos vida lo que el Señor nos ha mandado. Jesús no nos ha abandonado, está aquí en medio de nosotros. Con Él todo es posible.

  1. “No temas” es lo siguiente que dice el ángel a María.Resultado de imagen para cuarto domingo de adviento 2017

Son muchos los miedos que nos paralizan a quienes tratamos de seguir a Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización, miedo a un futuro incierto, miedo a nuestra debilidad; miedo, también, a nuestra conversión al Evangelio, miedo a “el qué dirán”, miedo a que nos vean como “santurrones”. Pues bien, Dios nos dice: “No teman, sean valientes”.

El miedo nos paraliza, nos hace refugiarnos en el pasado, pero en la fe, como en todo, hay que avanzar, hay que arriesgarse. De nosotros depende un futuro con esperanza para la Iglesia. No podemos seguir con la fe de niños, sino que la Palabra de Dios que se proclama debe ayudarnos a crecer. Porque domingo tras domingo se proclama en la misa algo que nos hace reflexionar para hacerlo vida, para transformarlo en obras, en testimonio, en conocimiento de Dios… “No teman” es como decirnos “tened confianza”. Confiemos, pues, en Dios, Él es nuestra fortaleza, nuestra esperanza. Como María, con humildad, confiémonos en Dios.

  1. Por último, el ángel le dice a María: “Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”.

David quería construir un templo para Dios (1 Sam 7, 1ss), encerrar a Dios en un edificio; sin embargo, Dios nos elige a nosotros, escoge a María para que sea “el arca de la Nueva Alianza”. También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo, a criticar o murmurar si aquel o éste hace aquello, sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, quizás está queriendo brotar. Dios habita en nosotros, como templos del espíritu, y debemos llevar esa llama de luz para alumbrar un mundo mejor, el Reino de Dios. ¿Cómo? Otra vez la respuesta es con nuestro testimonio, no con nuestras palabras, y descubrir a los que no creen, con nuestras entrañas de compasión, con nuestro servicio en pro de los que sufren, de los más desfavorecidos, que Dios es una realidad que humaniza, que de verdad nos hace hombres, porque nos hace hermanos.

En nuestras manos está que esta Navidad, que ya viene, que ya está, sea una Navidad más, o que sea una Navidad distinta en la que seamos levadura de un mundo más sano y más fraterno.

Estamos en manos de Dios y Dios no está en crisis. Atrevámonos a seguir a Jesús con alegría y confianza. Pero para ello también tenemos que purificar nuestra vida. Para que Dios entre, tenemos que “barrer la casa”. Nuestro pecado es el que impide que Dios entre y tome posesión de nuestra vida, es momento de acercarnos al Sacramento del Perdón, de la Reconciliación o la Penitencia. Nuestro pecado individual es el pecado del mundo que no deja a Dios nacer.

Miren, todas las navidades son una oportunidad para nuestra conversión sincera. Todas las navidades, es verdad, celebramos que Dios nace, pero ¿en alguna de ellas nos hemos convencido de verdad de ello?

La Navidad es alegría pues llevemos alegría.

Cuando nos convirtamos, el ángel también nos dirá: “Alégrate, llena de gracia”, ahora realmente sabes y conoces que es que “Dios nace”. Alegremos a los que viven a nuestro alrededor, testimoniemos la alegría que viene de parte de Dios; si hacemos eso, nosotros mismos participaremos de esa alegría.