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III Domingo del Tiempo Ordinario

Las lecturas litúrgicas de este domingo nos dicen que Jesús es la buena noticia que vino, porque fue enviado por el Padre, para hablarnos de él. Uno se pregunta si nosotros, los que somos cristianos, somos conscientes de lo que se nos dice en el Evangelio, y si esto es realmente una buena noticia para nosotros.

Somos cristianos, es decir, creyentes en Cristo Jesús o solo, como dicen por ahí, distinguidos de las bestias. Somos cristianos con una sola condición: que creen en la Palabra de Dios encarnada, que es Jesucristo, que ha venido a decirnos: abre bien las pupilas y de una manera adecuada, y verás que el reino de Dios está entre ustedes. En él, Jesucristo, Dios establece su reino de salvación, no solo para algunos, sino para todos los hombres de buena voluntad.

Creer en la revelación y la novia del Cordero favorece el camino de la conversión a Dios, que es una condición indispensable para la salvación; la salvación que se obtiene con el perdón de los pecados, la penitencia y la limosna.

Resultado de imagen para jonas y ninive“Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida: se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó” (Jon 3, 1-5. 10). Esta lectura del profeta Jonás nos habla del gran poder que tiene nuestra conversión personal ante Dios. Jonás se convirtió y Dios le sacó del vientre de la ballena; los ninivitas, por la eficacia de la predicación de Jonás, se convirtieron a Dios y Dios los personó; el mismo Dios, al ver la conversión de los ninivitas, se arrepiente de sus primeras intenciones y, por compasión, les perdona. Todos nosotros a lo largo de la vida nos equivocamos y pecamos, pero si nos convertimos a Dios, Dios, que es compasivo y misericordioso, nos perdona. El que de verdad se convierte a Dios y vive el evangelio de Jesús, el reino de Dios, es una persona que vive en comunión con Dios, en su gracia, y Dios siempre le perdona y le salva.

Salmo 44: “Señor, enséñame tus caminos”.  Este es un salmo alfabético, junto con otros ocho salmos, pertenece al primer libro de salmos y es de relevancia universal para los verdaderos creyentes que le piden a Dios el don de la fidelidad al pacto y el perdón por la infidelidad. El salmista se acusa ante Dios de su condición de pecador, que se extiende desde su corta edad hasta el momento en que escribe el salmo. Invoca la misericordia de Dios y, con ella, el perdón de sus pecados.

“Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran como si no lloraran… porque la representación de este mundo se termina” (1 Cor 7,29-31). El mensaje de esta carta de Pablo a los Corintios también debe valer para nosotros. La vida humana es corta y, aunque dure cien años, más pronto que tarde se termina. Si de verdad vivimos el evangelio de Jesús, el reino de Dios, quitaremos valor absoluto a lo que sólo tiene valor relativo. Lo único absoluto para nosotros debe ser Dios, el reino de Dios; todo lo demás debe ser para nosotros relativo. Aunque, evidentemente, cada momento sea muy importante para nosotros en el momento en el que lo hacemos, los cristianos debemos hacer todas las cosas sabiendo que son sólo instantes que nos van conduciendo hacia la eternidad, hacia el definitivo reino de Dios.

“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,14-20). No digo que todos los cristianos, por el hecho de seguir a Cristo vivamos en el reino de Dios, porque esto es imposible. Que yo sepa, no existe ahora mismo en el mundo un País, Estado o Nación, donde reine Dios. Lo que quiero yo decir es que la persona que sigue a Cristo vive, sobre todo interiormente, el reino de Dios en su corazón, es decir que cree yResultado de imagen para pescadores de hombres está totalmente convertida al evangelio. Cristo vivió desde el primer momento de su vida el reino de Dios, porque cumplió desde el primer momento la voluntad de Dios. Cristo no sólo espera la venida del reino de Dios, sino que vive el reino de Dios, desde el momento mismo en el que nace. Cristo con su vida pone en marcha el reino de Dios, él mismo es el reino de Dios; no sólo predica el reino de Dios, sino que lo inaugura y lo vive. Los cuatro discípulos de los que nos habla hoy el evangelio –Pedro, Andrés, Santiago y Juan- oyeron la llamada de Jesús y lo siguieron inmediatamente y con todas las consecuencias. Lo dejaron todo, incluidos la familia y los bienes, y comenzaron a vivir al modo y estilo de Cristo, es decir, comenzaron a predicar a vivir el reino de Dios, totalmente convertidos al evangelio, a la Buena Nueva, al reino de Dios. Bueno, pues esa es nuestra misión como cristianos: vivir el reino de Dios, el evangelio de Jesús, la Buena Nueva, en el mundo en el que nos toque vivir. Aunque el mundo en el que nos toque vivir sea un mundo pecador, como fue el mundo en el que vivió el mismo Jesús. Precisamente, a Cristo le mataron por eso: por predicar y vivir el reino de Dios en un mundo pecador. El reino de Dios, el reino de Jesús es un reino donde triunfa la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Nosotros, los cristianos debemos ser fermento del reino de Dios, vivir totalmente dedicados a la predicación y vivencia del reino de Dios, de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Es posible que el mundo en el que nosotros vivimos viva de una manera totalmente distinta, predicando y viviendo otros valores no sólo distintos, sino contrarios al evangelio, al reino de Dios, pero eso no sólo no nos debe desanimar, sino todo lo contrario, afirmarnos más en nuestra predicación y en nuestra conversión al reino de Dios. Así lo hizo Jesús de Nazaret, el Cristo.