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II Domingo del Tiempo de Pascua: Domingo de Tomás-Domingo de la Divina Misericordia

Queridos centinelas:

1. Introducción: Nietzsche dijo que no tendría Fe, hasta que los cristianos no tuvieran rostro de resucitados. Mis queridos centinelas, lo más pintoresco de las lecturas de este domingo es sin duda las apariciones de Jesús a los Apóstoles, la segunda en presencia de Tomás, que la vez anterior había estado ausente. Tocar parece ser una prueba, pese a tantos errores sensoriales que puede sufrir el tacto. De todos modos, lo que más se repite es ver, e implícitamente, contemplar y experimentar. Estamos en el segundo domingo de Pascua. Este domingo es conocido tradicionalmente como el Domingo de Tomás, pero el Papa Juan Pablo II lo bautizó como el Domingo de la Divina Misericordia. Por esta razón, la invitación es ha mostrar en nuestras caras la alegría de Jesús resucitado.  Les prepongo compartir tres ideas, iluminados por las lecturas de este domingo. Resultado de imagen para alegria de la resurreccion

2. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Nos dicen los evangelios que los discípulos quedaron desconcertados y llenos de miedo después de la muerte de Jesús. No habían entendido las palabras que Jesús, antes de morir, les había dicho sobre su resurrección. Cuando la Magdalena les dijo que había visto a Jesús, no la creyeron. Sólo después de que ellos mismos le vieron, estando reunidos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se llenaron de alegría y creyeron. Lo mismo le pasó a Tomás; sólo creyó cuando se vio ante él y pudo comprobar con sus propios ojos que Jesús tenía en las manos las marcas de los clavos, y el costado llagado. Fue el ver lo que los llevó a creer. La importancia de ver para creer fue grande y decisiva para los discípulos del Señor. Lo mismo sigue pasando hoy día para la mayor parte de la gente, aunque se trate de otras maneras de ver. Una fe rutinaria en Jesús y en su evangelio se puede adquirir por la simple tradición oral, pero una fe viva y transformadora en el Cristo resucitado sólo se adquiere mediante una visión personal, mediante un encuentro vivo y profundo con el Jesús resucitado. Y sigue siendo verdad que para llegar a este encuentro vivo y profundo con Jesús tiene mucha importancia lo que vemos, sea con los ojos del cuerpo, o con los ojos del alma. Sobre todo, lo que los demás ven en el comportamiento de los que nos llamamos cristianos y decimos ser discípulos de Cristo. Creer con fe viva sin haber visto es lo menos frecuente. Por eso, los cristianos debemos actuar de tal manera que los que nos vean se sientan animados a creer en el Jesús en el que nosotros decimos creer. Porque, si ven que decimos una cosa, pero hacemos otra, no nos creerán.Resultado de imagen para alegria de la resurreccion

3. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. En los Hechos de los Apóstoles se nos dice que fue el modo de vida que llevaban los primeros cristianos lo que animaba a los no creyentes a seguirles. No era tanto lo que oían decir a los apóstoles, sino lo que veían que los apóstoles hacían. Era el ver, más que el oír, lo que animaba a la gente a seguir a los apóstoles. San Agustín, que fundamenta su Regla en este pasaje de los Hechos, lo primero que recomienda a sus monjes es que vivan como vivían los primeros discípulos de Jesús, sin tener nada propio, sino poniéndolo todo en común: “no consideréis nada como propio, sino tenedlo todo en común…, no con criterios de igualdad, porque no todos tenéis idéntica salud, sino conforme a la necesidad de cada cual. Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles: tenían todas las cosas en común y se distribuía a cada uno según su necesidad”. La Iglesia cristiana, nuestro Iglesia, debe tener esto siempre muy en cuenta: que la gente vea que vivimos como verdaderos hermanos. Si no nos ven así, no creerán en nosotros, por muchas bellas palabras que les digamos.

4. En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. “Obras son amores y no buenas razones”; “dímelo hilando”; “el mundo actual necesita más testigos que predicadores”. Es fácil decir con palabras que amamos a Dios, pero es difícil demostrarlo con nuestras obras. Cristo nos dio un solo mandamiento, un mandamiento nuevo: que nos amemos como él nos amó. Si intentamos cumplir este mandamiento de Cristo somos buenos cristianos, si no hacemos todo lo posible por cumplirlo no somos buenos cristianos y no podemos decir que amamos de verdad a Dios. Él dice que ama a Dios, pero no ama a sus hermanos es un mentiroso, nos dice san Juan. La mejor prueba de nuestro amor a Dios es nuestro amor a los hermanos, es el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús. Si el mundo ve que los cristianos queremos amarnos como Cristo nos amó, creerá en nosotros y, consecuentemente, creerá en el Cristo en el que nosotros decimos creer. La mejor manera que tenemos los cristianos para convertir nuestro mundo a Cristo es cumplir el mandamiento nuevo que él nos dio. ¡Qué el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús sea la mejor prueba de nuestro amor a Dios!