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El cristianismo light pasando factura

Por Arismendy Rodríguez

En términos generales se puede decir que la civilización actual se caracteriza por la caída estrepitosa de las creencias. El número de cristianos se reduce o, en términos generales, su crecimiento no es proporcional al crecimiento poblacional. Es cierto que a veces se reciben noticias alentadoras (por ejemplo: 30,000 nuevos bautizados en la última Vigilia Pascual en Estados Unidos, los católicos en el mundo aumentaron 1.1% a nivel mundial, la Iglesia Católica presenta gran vitalidad en África pasando de 185 millones en 2010 a 228 millones en 2016…). Todo esto es reconfortante, esperanzador, alentador. Sin embargo, lo que se aprecia es una “crisis” o apatía hacia lo religioso. Especialmente en Europa los datos son desconcertante sumándose la caída de las vocaciones a la vida consagrada a nivel mundial.

Ante esta situación de crisis se han implementado estrategias para superarla. Se habla de la necesidad de una Iglesia que acompañe al pueblo y se deje acompañar por el pueblo, especialmente por los más desposeídos, los que no tienen voz. El Papa Francisco ha hablado de la necesidad de un clero con “olor a ovejas”, cercano y pendiente de aquellos que viven en la “periferia existencial”, los olvidados y oprimidos. Pienso que ese es el camino, además de asumir con conciencia lo que el cristianismo tiene de “escandaloso”, pues, el Evangelio vivido de forma auténtica remueve esa “normalidad” mediocre de la vida cotidiana.

Optar por una “suavización” del mandato cristiano para atraer a los apáticos de la fe, especialmente los jóvenes, al final pasa factura. Se pretende en muchos casos ofertar un cristianismo light, vacío de contenido o alejado del radicalismo con que fue anunciado por Jesucristo. En principio puede resultar atractivo y hasta simpático ver un sacerdote oficiando una misa en patineta hoverboard (Filipinas) o predicando al ritmo de rap (Kenia), pero ese tipo de práctica constituye una afrenta evidente al rigor de la liturgia y el recogimiento que debe primar en los oficios sacramentales. Esos son solo ejemplos de hasta dónde se puede llegar con un mal entendido “aggiornamento”.

El secularismo creciente, la falta de Dios, que se evidencia en la sociedad no se vencerá renunciando a lo que el cristianismo tiene de radical, “escandaloso” o “anormal”, sino todo lo contrario. Se debe asumir el mandato evangélico de amor al prójimo, opción por los pobres y la búsqueda de incesante de la santidad, allí en nuestra cotidianidad, en el día a día. Al fin y al cabo, estamos llamados a llevar el anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo (San Marcos 16,15-20), pero a muchos llegará el mensaje pero no todos lo acogerán (cfr San Mateo 22:14).