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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario 10 de septiembre 2017

Corrección Fraterna

La vida en comunidad es una de las experiencias más maravillosas que puede existir, porque la comunidad cuida, orienta y protege a los individuos que están al interno de ella. Pero como ha dicho Ignacio Larrañaga: “estamos construyendo el muro de la fraternidad con piedras desiguales”, es decir, que como no todos somos iguales, surgen las incomprensiones y las ofensas dentro de la vida en comunidad, entonces ¿Cuál debe ser mi actitud de centinela cuando un hermano me ofende? ¿Reaccionar con violencia o crítica? El camino a seguir es otro, por eso dentro de las obligaciones de todo centinela esta la corrección fraterna.

La necesidad de la corrección fraterna aparece en la primera lectura del profeta Ezequiel y en el evangelio de Mateo. Ezequiel recibe el mandato del Señor: “pon en guardia al malvado”, pues si no lo haces “a ti te pediré cuenta de su sangre” y si después de tu advertencia él no quiere cambiar de conducta, al menos “has salvado tu vida”. Por tanto, la puesta en práctica de la corrección fraterna no sólo ha de ser posible, sino también es algo necesario y obligatorio en la vida del creyente. Jesús en el Evangelio nos da unas pistas sobre la manera de realizar la corrección mutua. Primero debes hablarlo personalmente con el hermano antes de que sea demasiado tarde y se extravíe definitivamente. Pero ¿cómo hacerlo? No lo dice Jesús, pero se deduce de su mensaje: con amor y humildad. Si vas con aire superior, creyendo que tú eres perfecto en todo y solo el otro es el que se equivoca, tu misión no tendrá éxito. Tu hermano lo tomará como una crítica negativa y no verá tu buena intención. Hay que emplear también buena dosis de prudencia, es decir saber encontrar el momento oportuno para hacer la corrección. Si conoces de verdad a tu hermano sabrás también como va a reaccionar y qué tono tienes que emplear: enérgico, suave o firme, según los casos. Ante todo, decía San Agustín, “si corriges, corrige con amor”. Jesús nos dice, además, que, si no te hace caso a ti, solicita la ayuda de otro hermano para que sea más eficaz la corrección. Y que el otro vea que lo haces porque le quieres, no porque te deleitas en la crítica negativa. Hay que hacerlo con mucho cuidado, pues hay cosas personales que no es necesario que sepan por ahí. Si no te hace caso a los dos, debes reunir la comunidad para que con, el consejo y la ayuda de todos, pueda recapacitar y recuperar la senda correcta.

En el día de hoy es más fácil evadirse, decir “no es mi problema”, “allá él”, pero ésto no es cristiano. Es difícil llevar a cabo la corrección fraterna, pues también requiere humildad por parte del que recibe la corrección. Un claro ejemplo está en la relación de padres e hijos. En nuestros días los niños suelen estar “hiper-protegidos” por los padres. Si alguien le dice a un padre que su hijo ha hecho algo malo es posible que el padre reaccione mal, retirándole el saludo o respondiendo con malas palabras. Sin embargo, los padres inteligentes, que saben educar bien a sus hijos, saben aceptar bien la crítica y ponen remedio a la mala conducta de su hijo.

En fin, hermano centinela, nuestra misión es ser guardián de la vida de nuestro hermano, no para darle riendas sueltas al chisme, sino para que nuestro hermano se salve. Por eso, cuando quiero verdaderamente a un hermano y veo que se ha extraviado de camino, practico con él la corrección fraterna para devolverlo al camino del bien.

Señor dame la Gracia de velar por la salvación de mi hermano, y que así pueda corregirlo con amor, para que podamos llegar a donde Tú estás.