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Domingo de la Sagrada Familia

Este domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Lo primero que debemos hacer es agradecer a Dios el don de la familia, como dice Pablo: “Y sea agradecidos…” (Col 3,16). Luego debemos ver la realidad familiar que hoy nos envuelve por doquier con grandes desafíos: Unidad familiar, violencia, divorcios, matrimonios del mismo sexo, abortos, eutanasia, etc. Es penoso ver como vivir en familia se ha convertido en toda una guerra, hasta con las mismas autoridades que están llamadas a defender la integridad familiar, ya que, promulgan leyes en contra de familia. Por eso hoy más que nunca debemos mirar hacia el hogar de Nazaret. Para comentar la palabra de este domingo, me ayudo de dos temas de reflexión: Dios en el centro de nuestras familias y un hogar que teme al Señor.

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1. Dios en el centro de nuestras familias. “Cuando llegó el tiempo de la purificación de María…” (Lc 2, 22). La fiesta de la Sagrada Familia. que hoy celebramos, pertenece de lleno al ciclo de Navidad en que nos encontramos, y es como una invitación a que miremos hacia Nazaret y contemplemos la vida de la familia que componían Jesús, María y José.

¿Qué debemos mirar en el hogar de Nazaret? La honradez de José, la entrega amorosa de María, la docilidad alegre de aquel Niño que es el mismo Dios. Mirar y aprender, comparar su vida con la nuestra. Repasar, a la luz diáfana y cálida de Nazaret, los rincones sucios y oscuros que se hayan ido formando con el paso del tiempo en nuestra propia familia. Seamos sinceros y reconozcamos que hay quizá serios descalabros, que pueden hundirnos en el marasmo que nos circunda. Posiblemente esto es lo primero que hemos de detectar, que la sociedad se nos pudre lentamente y que esa putrefacción ataca de forma particular a la familia, cimiento sólido de la vida humana.

La principal lección que hemos de aprender en este día, para ponerla para ponerla en práctica como remedio eficaz: Es preciso poner a Dios en el centro de nuestros hogares, hacer norma suprema el cumplimiento esmerado de la voluntad divina. Nos dice el Evangelio que “cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor…”. Un detalle, como otros muchos, que ponen de relieve la profunda religiosidad de aquellas dos almas gemelas, la de María y la de José. Poner a Dios en el centro y cumplir, por encima de todo egoísmo y estrechez de miras, sus mandamientos. Es cierto que en ocasiones será costoso, pero no tanto como sufrir las consecuencias de nuestras pasiones y afán de comodidad.

¿Hay familias santas, además de la de Nazaret? Si, las hay, cada una en su estilo único, si los miembros, padres e hijos, se aman y respetan mutuamente y dejan que Dios alimente y profundice su afecto; sí, si el alimento, la alegría y el cuidado se comparten; sí, si los roces o choques se resuelven de una manera que permita a los miembros crecer juntos en el perdón y en la comprensión mutua; sí, hay familias santas donde la puerta se abre con hospitalidad, y donde el Señor mismo es acogido en hermanos pobres y sufrientes.

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2. Un hogar que teme al Señor. “Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien” (Sal 127, 2). La verdadera bendición de un hogar es temer al Señor. El que tema al Señor guardará sus mandamientos, andará por los caminos señalados por la sabiduría divina. Por eso precisamente será muy dichoso… Nadie como Dios conoce lo que es bueno, nadie como él sabe lo que nos beneficia, y nadie como él puede concedernos lo que necesitamos para alcanzar esa dicha, que todos y cada uno anhelamos desde lo más íntimo de nuestro corazón.

El hogar de Nazaret debe ser, para los esposos cristianos, como su modelo a seguir, de modo que en cada hogar constituido por discípulos de Jesús haya otro como el de Jesús, José y María.

Los esposos cristianos deben tener al Señor siempre entre ellos. En Él encontrarán la fuerza para aceptar las dificultades y resolverlas, sabiendo que el Espíritu Santo estará con ellos como lo estuvo siempre en el hogar de Nazaret.

No hay matrimonio que no tenga que pasar por pruebas y sinsabores. Pero cuando se han unido por un verdadero amor, abriendo siempre el corazón a la presencia de Dios en sus vidas, todo les será posible, pues vivirán felices sabiendo que cumpliendo la voluntad de Dios el premio será eterno.

Así, pues, para quienes cumplen con fidelidad los planes de Dios desciende la bendición del salmo responsorial de la Misa de hoy: “Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida”.

Dios bendiga nuestras familias y las haga cada día más como la familia de Nazaret.