Home | Centinela de la palabra | Domingo de la Resurrección del Señor

Domingo de la Resurrección del Señor

1. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.  La resurrección de Cristo y, consiguientemente, la fe en nuestra propia resurrección es una afirmación que les resulta a muchos difícil de entender e imposible de comprobar. La sociedad en la que hoy vivimos se parece mucho al sepulcro vacío en el que apóstoles buscaban a Cristo. Todo esto no lo decimos para animar o disculpar a los muchos agnósticos o indiferentes que andan por ahí sueltos. Todo lo contrario. Nosotros creemos que la fe y la esperanza en la resurrección es hoy tan importante para la humanidad como lo fue en tiempos pasados. La fe en la resurrección es, de hecho, una creencia consoladora que da, al que la posee, una fuerza interior profunda para superar con éxito los muchos momentos negros de crisis y dolor que tiene la vida. Creer en la resurrección es creer en la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, es encontrar un sentido último a muchas realidades que, sin fe en la resurrección, nos parecerían absurdas, injustas y sin sentido. Muchas personas pierden su miedo a la muerte gracias a su fe en la resurrección.

2.- Me refiero a Jesús de Nazaret que, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. San Pedro les dice a los judíos que Jesús de Nazaret pasó por la vida haciendo el bien y que lo hizo porque estaba ungido con la fuerza del Espíritu Santo. Para San Pedro la prueba más convincente de que Jesús hizo el bien fue que curó a los oprimidos por el diablo. Seguramente que San Pedro nos diría también hoy a nosotros que el mejor fruto de nuestra fe en la resurrección es que pasemos por la vida haciendo el bien. Y que hagamos el bien ungidos por la fuerza del Espíritu Santo, porque sólo así seremos capaces de hacer el bien a todos, especialmente a aquellas personas que se encuentren más agobiadas y oprimidas. A una persona que hace siempre el bien es fácil creerla, sobre todo cuando hace el bien a aquellas personas que no podrán nunca corresponderle, a los últimos y a los más despreciados de la sociedad.

3.- Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Exactamente lo contrario de lo que solemos hacer casi siempre nosotros. Nos pasamos la vida aspirando a tener un poco más de dinero, una mejor vivienda, un mejor coche… Sí, claro, también deseamos los bienes de arriba, pero no parece que tengamos mucha prisa en conseguirlos. Y, sin embargo, los bienes de arriba son los valores del espíritu, los que nos hacen verdaderamente más humanos y más cristianos. Es cierto que tenemos la obligación de ocuparnos de los bienes de la tierra, pero debemos hacerlo procurando que estos bienes de la tierra estén siempre subordinados y al servicio de los valores del espíritu. Podemos vivir humana y cristianamente bien con algunos bienes terrenos menos, pero no podemos ser buenos cristianos, buenos seguidores de Jesús de Nazaret, si no damos preferencia a los valores del espíritu, frente a los bienes de la tierra.

4.- Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Merece la pena pensar en este dato. Los discípulos de Jesús habían vivido con él muchas horas, bastantes meses y algunos años, y, sin embargo, no habían creído que, después de muerto, fuera a resucitar. Sólo lo creyeron cuando entraron en el sepulcro y vieron que no estaba allí. En principio, este dato no era tan importante; podían haber robado el cuerpo o simplemente podían haberlo hecho desaparecer antes de enterrarlo. ¿Qué fue lo que realmente les pasó a Pedro y Juan cuando entraron al sepulcro y lo vieron vacío? Yo creo que se les encendió de golpe la luz del espíritu, que se encontraron espiritualmente con el Cristo resucitado. Esto les produjo tal conmoción interior, tal certeza, que a partir de ese momento estuvieron dispuestos a dar la vida, si fuera necesario, para testimoniar su fe. Y es que sólo un encuentro espiritual con Dios, un encuentro vital y profundo, puede ser el fundamento de nuestra fe cristiana. La fe cristiana, antes que una doctrina o un dogma, es un encuentro con el Tú divino que nos acoge y nos transforma. Esto fue lo que les ocurrió a Juan y a Pedro; esto mismo sigue siendo necesario hoy para cada uno de nosotros.