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Comentario a las lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

La invitación a “quemar” el pasado

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1.- Introducción

La imagen más usada en la Torah para exprimir la intervención de Dios es el fuego. “El Señor, tu Dios, es fuego voraz”, dice Moisés al pueblo (Dt 4,24); sobre el Sinaí “el Señor bajó con fuego” (Gn 18,18); “Ante él, avanza el fuego” (Sal 97,3); Haré que mi palabra sea fuego” (Jr 5,15). Recurre frecuentemente en la Biblia la locución “El Señor hizo estallar un fuego” (Nm 16,35) para indicar cómo purifica con su intervención. A donde él llega, se realiza una transformación radical, nada permanece como antes. 

Es lo que ocurre en cada persona cuando el Señor entra en su vida: el pasado es pasto de las llamas, viene aniquilado todo lo que es incompatible con la presencia y santidad de Dios: comportamientos, estilos de vida, hábitos, dependencias, situaciones que se cierran…

Eliseo quema los aperos de la labranza, símbolo del oficio que había ejercido hasta ese momento y entra decidido en la nueva vida a la que Elías le ha llamado. Los apóstoles, invitados por Jesús a seguirle, abandonan las redes y Levi lo deja todo (cf. Lc 5,27). A quien quiere ser su discípulo, el Señor invita a vender todo lo que tiene e iniciar un nuevo camino (cf. Lc 18,22), y no admite vacilaciones, indecisiones, dudas. 

Jesús ha venido a traer fuego a la tierra (cf. Lc 12,49): se necesita una gran fe para permitirle introducirlo en el recinto de nuestra vida. Tenemos miedo de que consuma todas nuestras seguridades, tantas realidades en las que, quizás por años, hemos puesto nuestra confianza y esperanza, que queme todo lo que, hasta ese momento, ha dado sentido a nuestra vida.

2.- Reflexión

De nuevo volvemos a los domingos del Tiempo Ordinario. Una vez terminado el tiempo de Pascua con la solemnidad de Pentecostés, después de haber celebrado los misterios de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, hoy volvemos a la lectura continua del Evangelio de san Lucas. Y el pasaje que la liturgia nos presenta hoy nos recuerda el camino que Jesús emprende para subir a Jerusalén, y cómo a lo largo del camino de Jesús hay muchos que no quieren acogerlo y hay otros que, a pesar de que quieren seguirlo, sin embargo anteponen otras cosas. Seguir a Cristo nos da la libertad, como nos dice san Pablo en la segunda lectura, peor hemos de decidirnos por seguirle a Él.

a.- Una invitación. En la primera lectura, del primer libro de los Reyes, hemos escuchado cómo el profeta Elías es enviado por Dios para ungir profeta a Eliseo. Éste estaba arando, haciendo su labor cuotidiana. Elías pasó por su lado y le echó encima su manto. Con este gesto, Dios llamó a Eliseo por medio de Elías, y lo eligió profeta. A lo largo de la Sagrada Escritura leemos numerosos pasajes en los que Dios elige y llama a personas concretas para una misión. El pasado lunes celebrábamos la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, también a él le eligió el Señor con la misión de ser profeta, de ser el precursor de Cristo. Recordamos también la llamada a los primeros discípulos, que eran pescadores y estaban en el lago reparando las redes. Como a Eliseo, a Juan Bautista, a los primeros discípulos, y a tantas otras personas, Dios nos elige también a cada uno de nosotros, y nos llama para una misión concreta en este mundo. Dios también pasa por nuestro lado y nos echa encima el manto, símbolo de una elección y de un envío. Es hermoso recordar esto: que Dios cuenta con nosotros y que nos llama. A veces, en las cosas más ordinarias de nuestra vida, como a Eliseo cuando estaba arando, Dios se acerca a nuestra vida y nos susurra al oído: sígueme. Es la invitación que nos hace Dios a ser felices, a cumplir aquello que Él quiere de nosotros y donde encontraremos la plenitud de nuestra vida.

b.- Una respuesta. Pero esta invitación de Dios espera por nuestra parte una respuesta. Eliseo, después de la invitación que Dios le hizo por medio de Elías, mató a los bueyes, hizo fuego con los aperos de labranza, asó la carne y dio de comer a su gente. Después se despidió de ellos, se levantó y se marchó con Elías. De este modo, Eliseo no dudó en responder a la llamada de Dios. Así lo escuchamos también en el pasaje de la vocación de los primeros discípulos junto al lago de Galilea, cuanto éstos dejaron inmediatamente las redes y a su padre y siguieron a Jesús. Por el contrario, en el Evangelio de hoy hemos escuchado a unos personajes que fueron también llamados por Jesús para seguirle, pero que le pusieron excusas para no ir con Él inmediatamente. Algunas de estas excusas eran buenas, pues eran cosas necesarias, como por ejemplo enterrar a un padre, o despedirse de la propia familia. Sin embargo, Jesús lo deja muy claro en el Evangelio: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Seguir a Jesús es exigente, reclama de nosotros una disponibilidad total. Y a veces esto nos cuesta mucho.

c.- Una vocación a la libertad. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura, tomada de la carta a los Gálatas, que nuestra vocación es una llamada a la libertad. Pues lo que Dios quiere de nosotros, principalmente, es que amemos al prójimo. San Pablo llega a decir en la segunda lectura que en esto se concentra toda la ley. Y el amor nos hace libres de verdad. Amar como Dios quiere de nosotros, que es a lo que nos llama en primer lugar a cada uno, es exigente. A veces es más fácil dejarse llevar por el egoísmo. Sin embargo, esto nos hace esclavos. La verdadera libertad está en amar como nos ama Dios, dando la vida por los demás. Por esto, la vocación a la que Dios nos llama a cada uno de nosotros es una llamada a la libertad. Aunque a veces sea duro lo que Dios nos pide, aunque muchas otras veces no lo entendamos, la palabra de Dios de este domingo nos invita a seguir sin miedo al Señor.

Dios espera cosas grandes de nosotros. Para ello nos llama, para por nuestro lado y os echa el manto. Podemos ser egoístas y seguir pensando en nosotros mismos, podemos ponerle miles de excusas para no seguirle de verdad. Pero Dios sólo quiere de nosotros que le sigamos, que lo dejemos todo y que amemos de corazón a los demás, como Él nos ama a nosotros.

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