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Comentario a las lecturas del Viernes Santo: Celebración de la Pasión del Señor

“Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo

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Ayer, Jueves Santo, celebrábamos la Última Cena del Señor. Tras la Eucaristía reservamos el Santísimo Sacramento en el Monumento. Hoy nos reunimos, a la misma hora en la que Cristo entrego su vida al Padre, para continuar con la celebración del Triduo Pascual que comenzábamos ayer. Hemos comenzado postrados en el suelo para adorar en silencio la Muerte del Señor y hemos escuchado el relato de la Pasión del Señor según san Juan.

1. “Está cumplido”. De la lectura de la Pasión que hemos escuchado, y que constituye uno de los elementos centrales de nuestra celebración de hoy, podemos destacar tres elementos que nos suscita la contemplación de Jesús en la Pasión, y que son propios del relato según san Juan. En primer lugar, Cristo no deja indiferente a nadie, aparece a lo largo de todo el relato con autoridad, desde la oración en el huerto de los Olivos hasta la crucifixión. En segundo lugar, a lo largo de todo el proceso al que es sometido hasta su condena a muerte, Cristo se manifiesta como rey. En tercer lugar, Jesús se muestra en todo momento obediente a la voluntad de Dios Padre. Por otro lado, no hemos de perder de vista que Cristo es el Siervo sufriente del poema del Siervo de Yahvé que hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías, desfigurado, sin aspecto humano, sin figura ni belleza, despreciado y evitado de los hombres, herido de Dios y humillado. Pero sus heridas nos han curado, ha cargado con nuestro pecado e intercede por los pecadores. Cristo cumple así las profecías antiguas sobre el Mesías prometido. Por ello, Jesús exclama desde la cruz: “Todo está cumplido”. Obediente al Padre ha cumplido con el plan que Él tenía preparado: salvar a la humanidad a través de la entrega voluntaria de su vida. Cristo, obediente hasta la muerte, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, como nos recuerda el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura.

2. “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. La cruz, que era símbolo de tortura y de muerte, se ha convertido en signo de salvación. Por ello, tras la oración universal, que en este día tiene un carácter especial, contemplaremos el árbol en el que estuvo clavada la salvación del mundo. La cruz será desnudada poco a poco, y así contemplaremos este misterio tan admirable ante el que sólo cabe postrarse y adorar en silencio. Pasaremos después no a venerar la cruz, sino a venerar al crucificado. Él es nuestro salvador. Puede parecer un sinsentido el venerar a un condenado a muerte pero, por la fe, nosotros reconocemos en Él al salvador del mundo. Levantemos nuestra mirada hacia Cristo crucificado. En Él encontramos todo lo que necesitamos para crecer en el amor y en la santidad. El que nos ha dado su propia vida, a pesar de nuestros pecados, ¿no nos dará también todo lo que necesitamos para seguirle y para imitarle? Venerar la cruz se convierte así en un reconocimiento de la grandeza de Cristo, pero es también un compromiso por nuestra parte de seguir los mismos pasos de Cristo. Si Él ha dado su vida por mí, ¿cómo no voy a dar yo también mi vida por Él, y con Él también por los demás?

3. “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Después de venerar al Crucificado tendrá lugar la comunión. Comulgaremos del mismo cuerpo de Cristo consagrado en el día de ayer, Jueves Santo, en la Misa de la Cena del Señor, y que ha permanecido en el Monumento. Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como proclama el sacerdote en cada Eucaristía, y hoy lo volverá a repetir tras la oración del Padrenuestro. El Cordero de Dios entregado a la muerte para el perdón de los pecados, el cuerpo de Cristo entregado por amor en la cruz es para nosotros pan que nos fortalece en nuestro camino de seguimiento a Cristo.

Vivamos con piedad sincera esta celebración. Alimentados con la Palabra, fortalecidos por el relato de la Pasión del Señor, dispongámonos a recibir el árbol de la cruz. De él pende el salvador, el Dios hecho hombre que, por amor, ha dado su vida por nosotros y nos libra del pecado. Adoremos en silencio al Crucificado y alimentémonos de su Cuerpo. Después interrumpiremos de nuevo la celebración y marcharemos a casa en silencio para acompañar a María en la espera gozosa de la resurrección de Cristo.