Home | Centinela de la palabra | Comentario a las lecturas del VI Domingo de Pascua

Comentario a las lecturas del VI Domingo de Pascua

Resultado de imagen para sxto domingo de pascua

El Espíritu saca siempre cosas nuevas del Evangelio

1.- Introducción

Ante la “rampante ignorancia religiosa” algunos han propuesto volver al Catecismo de la Doctrina Cristiana editado por S. Pio X en 1913, con sus 433 preguntas y respuestas, síntesis de todos los temas de la teología y de la moral. Este compendio ha marcado ciertamente una época, pero nos preguntamos si tendría sentido proponer las verdades de fe con lenguaje e imágenes anticuadas, pertenecientes a unos tiempos tan alejados de los nuestros.

En el discurso de apertura del Concilio, el Papa Juan XXIII recordaba un principio fundamental: “Una cosa son las verdades de fe y otra es la manera en que vienen formuladas”. La misión de la Iglesia es la de hacer inteligibles estas mismas verdades a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares, empleando su lenguaje, su cultura, sus imágenes, su modo de pensar. Es ésta una empresa ardua y delicada por venir inevitablemente acompañada de tensiones, malentendidos, pero indispensable y que puede ser felizmente llevada a término porque en la Iglesia está presente el Espíritu de la verdad que Cristo anima.

2.- Reflexión

En el evangelio de hoy Jesús promete el Espíritu Santo, el Defensor que “les enseñará todo y les recordará todo lo que (yo) les he dicho” (v. 26). Dos son las funciones del Espíritu. Comencemos por la primera, la de enseñar. Jesús no ha podido explicitar y explicar todas las consecuencias de su mensaje. En la historia de la Iglesia –él lo sabía– surgirían situaciones siempre nuevas, se planearían complejos interrogantes. Pensemos, por ejemplo, cuántos problemas concretos esperan hoy una luz del Evangelio (bioética, dialogo interreligioso, difíciles decisiones morales…).

Jesús asegura que sus discípulos encontrarán siempre una respuesta a sus interrogantes, una respuesta conforme a sus enseñanzas…si saben escuchar su palabra y mantenerse en sintonía con los impulsos del Espíritu presente en ellos. Necesitarán mucho coraje para seguir sus indicaciones porque, frecuentemente, él les pedirá cambios de rumbo tan inesperados como radicales. El Espíritu, sin embargo, no enseñará otra cosa que el Evangelio de Jesús. 

A la luz de otros textos de la Escritura, el verbo enseñar adquiere, sin embargo, un sentido más profundo. El Espíritu no instruye como lo hace un profesor en clase. Él enseña de manera dinámica, se transforma en impulso interior, orienta de modo irresistible hacia la dirección justa, estimula al bien, lleva a tomar decisiones conformes con Evangelio. “El Espíritu los guiará hasta la verdad plena”, afirma Jesús en la última cena (Jn 16,13), y en su primera carta Juan clarifica: “Ustedes conserven la unción que recibieron de Jesucristo y no tendrán necesidad de que nadie les enseñen; porque su unción, que es verdadera e infalible, los instruirá acerca de todo” (1 Jn 2,27-28).

La segunda función del Espíritu Santo es la de recordar. Existen muchas palabras de Jesús que, aunque se encuentran en los Evangelios, corren el peligro de ser soslayadas u olvidadas. Ocurre, sobre todo, con aquellas propuestas evangélicas que no son fáciles de asimilar porque van contra “el sentido común” del mundo. Un ejemplo: hasta no hace muchos años, muchos cristianos distinguían aún entre guerras justas e injustas y hablaban incluso de “guerras santas”, aprobaban el recurso a las armas para defender los propios derechos, sostenían la licitud de la pena de muerte para los criminales. Hoy, afortunadamente, quienes piensan así son los menos.

¿Cómo es posible que los discípulos de Cristo se hayan olvidado por tanto tiempo de las palabras clarísimas del Maestro que prohibía toda forma de violencia contra el hermano? Y sin embargo así ha sido. El Espíritu interviene para recordar, para llamar la atención de los discípulos sobre lo que Jesús ha dicho: “Amen a sus enemigos, traten bien a quienes los odian…Al que te golpee en una mejilla…” (Lc 6,27-29). Por muchos siglos los cristianos han hecho oídos sordos a la llamada del Espíritu, pero, hoy, quien intenta justificar el recurso a la violencia se encuentra cada vez más solo y más presionado por la voz del Espíritu que le…recuerda las palabras del Maestro. He insistido en la no violencia, pero los ejemplos de “olvidarse” de las palabras de Jesús podrían multiplicarse, y sería oportuno que, a la luz del Espíritu, cada uno intentemos hacer un ejercicio de memoria.

Jesús ha dejado en heredad a sus discípulos el mandamiento del amor, ahora les deja también su paz: “La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo” (v. 27). Jesús pronuncia estas palabras cuando el imperio romano está en paz, no hay guerras, todos los pueblos han sido sometidos a Roma. Y sin embargo, no es ésta la paz que él promete. Ésta es la paz del mundo, basada en la fuerza de las legiones, no en la justicia. Es la paz que aprueba la esclavitud, la marginación, la opresión a los vencidos, la prepotencia de los vencedores. La paz prometida por Jesús se actúa cuando se establecen entre los hombres relaciones nuevas, cuando la voluntad de competir, de dominar, de ser los primeros cede el puesto al servicio, al amor desinteresado por los últimos. Las comunidades cristianas son llamadas a ser el lugar donde todos puedan experimentar el comienzo de esta paz.

Imagen relacionada