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Comentario a las lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

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Como el Señor, también el cristianismo es “amante de la vida” (cf. Sab 11,26), desea la vida, se compromete con la vida. “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”, dice Jesús refiriéndose a su misión entre los hombres (Jn 10,10).

¿Cómo lleva a cumplimiento esta misión suya? ¿Qué tarea ha asignado a sus discípulos? A estas preguntas, Lucas no responde con razonamientos sino con un relato: la llamada de los tres primeros apóstoles.

El episodio se desarrolla en el lago de Genesaret. Jesús se encuentra entre apretujones en medio de la muchedumbre y, viendo dos barcas de pescadores, sube a la de Pedro, le pide de separarse un poco del embarcadero, se sienta y comienza a enseñar a las gentes (vv. 1-3). La escena es poco realista (baste pensar a la incomodidad de hablar desde una barca a una gran muchedumbre). La escena es idealizada apropósito para transmitir un mensaje teológico. 

Notemos ante todo el contexto en el que la escena viene ambientada: en la orilla del lago en un día laboral, mientras los hombres están inmersos en sus trabajos, mientras están sudando para ganarse la vida. 

No es solamente durante la liturgia del sábado y en los ambientes y lugares de culto donde Jesús anuncia la palabra de Dios. Él la proclama en todos los contextos, en los sagrados y en los profanos, porque la palabra inspira y guía toda actividad humana.

Se sienta –es decir, asume la posición de maestro– estando en la barca de Pedro.

El simbolismo es evidente: la barca representa la comunidad cristiana, Es éste el lugar privilegiado desde el que se debe esperar la voz del Maestro; es a ésta barca a la que somos invitados a dirigir nuestra mirada en busca de luz, de la consolación y de esperanza. 

Junto a Jesús, no hay en la barca personas excepcionales, santas, perfectas. Solo Dios es santo. Hay gente buena, sí, pero también pecadora. Pedro lo reconocerá en nombre de los otros: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!” (v. 8). Sin embargo, a pesar de estar ocupada por pecadores, es desde esta barca desde donde viene predicada la palabra de Dios.

Al anuncio de la palabra, sigue la acción (vv. 1-3). A una orden del Maestro, la barca se adentra en el lago, se aventura sobre las aguas del mar. Mar adentro es donde los discípulos son invitados a echar las redes y pescar (vv. 4-7). Es la comunidad cristiana que, animada por el mensaje evangélico que ha escuchado y asimilado, se dispersa por los caminos del mundo para llevar a cabo su misión. 

Pedro objeta, le parece insensata la orden dada por Jesús; es medio día, aquella no es hora de pescar. Pero se fía. Es la primera persona que, durante la vida pública, pone su fe en la palabra del Maestro.

Es un riesgo que Pedro está dispuesto a correr. Sabe que, en caso de fracaso, se expone al ridículo y a las bromas de sus colegas. La lógica humana le sugiere renunciar, pero prefiere obedecer. Después de un primer momento de incertidumbre, se decide y pone manos a la obra. Cree que la palabra de Jesús puede realizar lo imposible. Ha experimentado ya la fuerza de esta palabra cuando su suegra fue instantáneamente curada de la fiebre por Jesús (cf. Lc 4,38-39).

El resultado es sorprendente, la cantidad de peces capturada es enorme y el evangelista lo subraya con algunos detalles: la red está a punto de romperse, se debe recurrir a la ayuda de otros, la barca está sobrecargada y hay peligro de que se hunda.

A este punto, Lucas introduce la reacción de Pedro y de los que han asistido al prodigio. Simón se echa a los pies de Jesús y declara la propia indignidad: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!” (vv. 8-10a).

Es la manera como viene narrado en la Biblia todo encuentro del hombre con el Señor: Moisés se tapa el rostro porque tiene miedo (cf. Éx 3,6); Elías se cubre la cabeza con el manto (cf. 1 Re 19:13). Como Isaías –lo hemos visto en la primera lectura– también Pedro se siente pecador. No porque haya llevado una vida inmoral hasta aquel momento, sino porque se ha dado cuenta de la distancia que lo separa de lo divino y confiesa la propia indignidad.   

Llegamos así al tema central del pasaje (vv. 10b-11).

El motivo principal por el que Lucas narra el episodio es el de hacer comprender a los discípulos de sus comunidades cuál es la misión a que han sido llamados: ser pescadores de hombres.

Sabemos bien que los peces están muy a gusto en el agua y no son para nada felices si son sacados fuera. En el agua, sin embargo, los hombres no se encuentran en su elemento, especialmente cuando se trata del mar inmenso, profundo, oscuro, agitado. Los peces fuera del agua mueren, los hombres, por el contrario, viven. Jesús se sirve de este simbolismo para explicar a sus discípulos cuál es su misión. No les invita a “pescar a los hombres con  anzuelo”, sino a sacarlos vivos con la red de las olas impetuosas en las que corren el peligro de verse zarandeados, sumergidos, arrastrados a las profundidades.

El verbo usado por el evangelista para describir esta misión, no es propiamente “pescar”, sino capturar vivos “agarrar para mantener en vida” (cf. Nm 31,18; Dt 20,16: Jos 2,13; 6,24…), es decir, llevar a la vida.

En la Biblia las aguas del mar son el símbolo del poder del mal, de las fuerzas que llevan a la muerte. Las personas que deber ser “pescadas”, es decir ayudadas a vivir, son aquellas que si se sienten atrapadas por los vicios, a la merced de sus ídolos, de sus pasiones desenfrenadas, que solo saben de hacer el mal a los otros y a ellas mismos. “Pez” que debe ser sacado fuera de su condición desesperada, es la humanidad entera que corre el riesgo de ser engullida por la violencia, por los odios, las guerras, la corrupción moral… 

San Ambrosio decía: “Los instrumentos de la pesca apostólica son las redes; de hecho, no hacen morir a quienes atrapa, sino que los devuelven a la vida, los sacan de los abismos a la luz, de lo profundo conducen a la superficie a quienes estaban sumergidos”.

Esta misión no ha sido confiada solamente a los sacerdotes, sino a toda la comunidad cristiana. 

Un último elemento que viene subrayado en este simbolismo del relato, es el ministerio confiado a Pedro. Es él quien guía la barca hacia el lugar indicado (v. 4), es él quien proclama su fe en el poder de la palabra del Señor (v. 5), es él quien lo reconoce como Señor (v. 8); es a él a quien le viene dirigida la invitación a ser pescadores de hombres (v. 10).

Todos estos elementos indican que Pedro tiene una misión particular que desarrollar en la Iglesia: la de escuchar con atención la palabra del Señor y dirigirse después, junto a los otros discípulos, no donde la experiencia y la habilidad profesional le sugieren ir, sino allí donde el Maestro les indica. 

El pasaje no tiene como objetivo invitar a aquellos que en la comunidad cristiana ejercen el ministerio de la presidencia, a reivindicar para sí el derecho a mandar, a imponerse, o incluso a actuar como dueños del pueblo de Dios (cf. 1 Pe 5:3). Se trata, más bien, de una invitación a que evalúen la manera como ejercen el carisma de la autoridad. ¿Tienen plena confianza en la palabra del Maestro? ¿Saben reconocer su voz? ¿Están en grado de distinguirla de la “sabiduría de este mundo” del “sentir común”, de cálculos humanos, de sus instituciones, de sus convicciones personales?

A este examen de conciencia es llamado todo cristiano quien debería preocuparse si constatara que no ha sorprendido a nadie, que nadie lo ha tachado de iluso, de soñador, de uno que está siempre dispuesto hasta… “pescar al medio día” si el Maestro se lo pide.

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