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Comentario a las lecturas del V Domingo del Tiempo de Cuaresma

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1.- Introducción. ¡Ardua tarea la de armonizar la justicia de Dios con su misericordia! Los rabinos del tiempo de Jesús argumentaban que la misericordia sólo interviene cuando, a la hora de la verdad, las buenas y las malas acciones están equilibradas. Este enigma solo puede resolverse a la luz de la Palabra de Dios que hoy nos pide, ante todo, alejarnos de las creencias antiguas, aunque estén profundamente enraizadas en nosotros. En la primera lectura, el profeta recomienda: “No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo.  En el comportamiento de Jesús que nos presenta el Evangelio, aparece la nueva, la sorprendente, la “escandalosa” justicia de Dios. Él no condena a nadie, salva a todos.

2.- El Deutero Isaías es un profeta consolador que anuncia mensajes de liberación. Su mensaje es agua viva para la sed que los desterrados tienen. Un profeta atento a los signos de los tiempos: “¿No lo notáis?”. Y los signos anuncian esperanza y liberación. Pero la liberación de los desterrados no vendrá de Ciro el persa, sino de Dios del éxodo y de los manantiales, el Dios capaz de sacar agua de la roca y hacer ríos en el desierto. La novedad que anuncia el profeta es la liberación y salvación del pueblo. Si en el primer éxodo abrió Yahvé caminos en el mar, en este segundo hará brotar ríos por el desierto y transformará una situación de muerte en otra situación de vida. El autor introduce un rasgo poético para expresar el cambio que se anuncia en la historia de Israel: hasta las fieras del desierto se alegrarán por el agua del desierto, también ellas recibirán de Dios la comida y la bebida abundante. Las liberaciones históricas del pasado son garantía de la intervención presente. La liberación presente continúa y profundiza las del pasado. Ahora esta liberación se nos regala a nosotros. Sólo en la medida en que estemos dispuestos a recibir esta gracia será posible olvidarse de lo que queda atrás y lanzarse a lo que está por delante, como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses.

3. – Hipocresía. ¡Qué fácil es condenar al otro y disculpar nuestro propio comportamiento! “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Hoy día seguimos condenando, somos jueces implacables de los demás. Los males, decimos, son muchos, pero los culpables son los otros, o las estructuras… No queremos reconocer que todos somos corresponsables, por acción o por omisión, del mal y de la injusticia que sufre nuestro mundo. Esto se llama hipocresía. Hay quien dice que Jesús cuando escribía con el dedo en el suelo (por dos veces) estaba señalando los nombres de los acusadores, que se convertirían de este modo en acusados. Quizá lo único que pretendía era dar tiempo para suscitar la reflexión y hacerles caer en su incongruencia. Tal vez escribía el nombre de los muchos pecados que habían cometido. Jesús les invita al examen personal de conciencia para que reconozcan también la hipocresía social que condena a la mujer. Desenmascarados, van saliendo de uno en uno.

“La misericordia de Dios siempre crea algo nuevo”

4- Triunfa misericordia. La palabra y la mirada tierna y misericordiosa de Jesús es la que salva y levanta a la mujer pecadora de su postración. Sólo el Señor es capaz de reconstruir a la persona por dentro para convertirla en nueva criatura. Sólo Jesús puede cambiar la orientación de nuestra vida para que podamos cantar que “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. La gracia del perdón está por encima de la justicia. La palabra de Jesús y su actitud contra estos hipócritas produjo el efecto deseado. Jesús se sentó de nuevo, mientras sus enemigos se marchaban avergonzados. Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia.

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