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Comentario a las lecturas del V Domingo de Pascua

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El que está en Cristo es una nueva criatura

1.- Introducción

Los días de la Iglesia están contados –dicen algunos– porque es anticuada, no sabe cómo renovarse a sí misma, repite viejas fórmulas en lugar de responder a las nuevas preguntas, tercamente reitera rituales obsoletos y dogmas ininteligibles mientras que las personas de hoy están buscando un nuevo equilibrio, un nuevo sentido de la vida, un Dios menos lejano. Existe un creciente deseo de espiritualidad. Expresión de esta búsqueda de lo nuevo es el New Age (Nueva Era) que propone la visión utópica de una era de paz, armonía y progreso.

Confundir la fidelidad a la Tradición (con mayúscula) con el replegarse sobre lo que está viejo y gastado o con el cerrarse al Espíritu que “renueva la faz de la tierra”, es uno de los equívocos más perniciosos en el que la Iglesia puede caer. La acusación, no obstante, de falta de modernización (quizás injusta e injustificada) nos debe hacer pensar. 

La Iglesia es la depositaria del anuncio de “cielos nuevos y tierra nueva”, de la propuesta de “hombre nuevo”, del “mandamiento nuevo”, de un “cántico “nuevo”. Es a la Iglesia a la que instintivamente debería sentirse atraído quien sueña con un mundo nuevo.

2.- Glorificación

La propuesta de Jesús ante la situación mencionada es la GLORIFICACIÓN. Para nosotros, herederos del pensamiento griego, la glorificación es lograr la aprobación y el elogio de la gente, equivale a la fama de quien alcanza una posición de prestigio. Todos la desean, anhelan y luchan para alcanzarla y por esto se alejan de Dios. Para el cristiano, la glorificación es Jesús. En él, la gloria de Dios se hace visible desde su primera aparición en el mundo: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria” (Jn 1,14).

Dios es glorificado cuando despliega su fuerza y ​​realiza obras de salvación, cuando muestra su amor al hombre. En el Antiguo Testamento su gloria se manifiesta cuando libera a su pueblo de la esclavitud. “Mi gente verá la gloria del Señor, ahí está su Dios, viene en persona a salvarlos” (Is 35,2.4).

En los primeros versículos del Evangelio de este domingo (vv. 31-32), el verbo “glorificar”aparece cinco veces: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por élSi Dios ha sido glorificado por él, también Dios lo glorificará por sí, y lo hará pronto”. El evangelista quiere dejar claro el mensaje desplegando una redundancia y prolijidad de expresión, una solemnidad que parece casi excesiva, pero lo pide el contexto: estamos en el Cenáculo y faltan solo unas horas para la captura y sentencia de muerte de Jesús.

Jesús es glorificado porque Judas ha salido para llegar a un acuerdo con los sumos sacerdotes sobre cómo detener al Maestro (v. 31). Es algo insólito, escandaloso e incomprensible para los hombres: la “gloria” de Dios se manifiesta en Jesús que camina hacia la pasión y la muerte, que se entrega en manos de los verdugos y que viene clavado en la cruz.

La gloria que le espera es el momento en que, dando su vida, revelará al mundo cuán grande es el amor de Dios hacia el hombre. Es ésta también la única gloria que él promete a sus discípulos.

Después nos deja el testamento de su glorificación. Éste es su testamento: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo los he amado” (v. 34). Para subrayar la importancia lo repetirá otras dos veces más antes de encaminarse hacia Getsemaní: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). “Este es mi mandamiento: ámense unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,17). Habla como quien quiere dejar algo en herencia: Les doy, dice (v. 34). Si hubiéramos sido nosotros a elegir un don entre los muchos que poseía, todos seguramente hubiéramos elegido el don de hacer milagros. Él, en cambio, nos ofreció un nuevo mandamiento.

Se trata de un mandamiento nuevo. ¿En qué sentido? ¿No está ya escrito en el Antiguo Testamento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18)? Veamos dónde está la novedad.  

Respecto a lo que recomienda el Antiguo Testamento, la segunda parte es ciertamente nueva: “ámense como yo los he amado” (v. 34). La medida del amor que nos propone Jesús no es la que usamos con nosotros mismos, sino la que él ha usado con nosotros.

El amor hacia nosotros mismos no puede ser medida de amor a los demás porque, en realidad, nos amamos muy poco a nosotros mismos: no soportamos nuestras limitaciones, fallos y miserias; si hacemos el ridículo o perdemos cara por un error cometido, nos llenamos de vergüenza; y si cometemos algo de que avergonzarnos, llegamos incluso hasta el autocastigo. 

Además, el mandamiento es nuevo porque no es “natural” amar a quien no se lo merece o no puede corresponder. No es normal hacer el bien a los propios enemigos.

Jesús revela un nuevo amor: ha amado a quienes necesitaban su amor para ser feliz. Ha amado a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los malvados, a los corruptos, a sus mismos verdugos porque solamente amándolos podía librarlos de su mezquindad, miseria y pecado.

La gran novedad es el hecho de que nunca nadie antes de Jesús ha intentado construir una sociedad basada en un amor como el suyo.

Es este amor el que debe “glorificar” a los discípulos de Cristo.

Los cristianos no son personas diferentes a los demás; no llevan distintivos, no viven fuera del mundo. Lo que los caracteriza es la lógica del amor gratuito, la de Jesús, la del Padre. Un amor que es capaz de “glorificar” las realidades que parecen obsoletas y convertirlas en realidades nuevas. Cuando la Iglesia pierda esa capacidad que Jesús ha puesto en sus manos, entonces será una institución vieja. Pero como Jesús prometió estar con ella siempre (Mt 28,20), siempre tendrá en su ser la manera de“glorificar” o de “hacer” todas las cosas…

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