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Comentario a las lecturas del tercer domingo del Tiempo Cuaresma Ciclo C

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Introducción

“No se puede seguir así, todos se aprovechan, todos engañan, los abusos son sistemáticos, insoportables y, para colmo, no se ve ninguna perspectiva nueva”. Estamos a acostumbrados a oír lamentos como ésta. Quejarse es fácil, más difícil es proponer soluciones.

Frente a la injusticia muchos se dejan llevar del frenesí de la venganza y el desinterés. Pero ¿cómo intervenir? Existe un modo correcto de hacerlo: lo sugiere hoy la palabra de Dios.

  Primera Lectura: Éxodo 3,1-8a.13-15

Moisés es de temperamento impulsivo, no soporta la opresión, los abusos, las artimañas y vejaciones contra los más débiles. Lo ha demostrado en el mismo desierto a donde había huido. Lo ha demostrado con el maltrato recibido por Israel en Egipto y por las jóvenes pastores que no le daban turnos para el agua de las ovejas (cf. Ex 2,16-22).

Aunque Moisés continua una vida tranquila como pastor de ovejas, Dios no había olvidado a su pueblo en Egipto y decide intervenir. Lo hace por medio de una zarza ardiente. El fuego es una de las imágenes más comunes en la Biblia para indicar la presencia de Dios (Ex 13,21; 19,18; Dt 4,33).

Las sandalias completan el simbolismo de la escena. Al estar confeccionadas con piel de un animal muerto, son impuras y no pueden ser introducidas en un lugar santo donde tiene acceso solamente lo que hace referencia a la vida. Diciendo que Moisés ha sido invitado a quitarse las sandalias, el autor sagrado quiere afirmar que ha entrado en contacto con Dios. La inspiración que ha tenido no era fruto de su fantasía, una veleidad suya, sino que provenía del Señor.

Este encuentro con Dios le da la autoridad y experiencia espiritual para poder guiar al pueblo hacia la libertad. Dios no cambia nombre. Sus sentimientos por aquellos que sufren injusticias, por quienes son víctimas de cualquier tipo de opresión y abuso, son siempre los mismos. Ni siquiera cambia el método como lleva a cabo sus liberaciones: se sirve de sus ángeles –es así como es llamado Moisés (cf. Éx 23,20-23)– realiza sus obras por medio de aquellos que se dejan modelar por su palabra, que cultivan en el corazón sus mismos sentimientos y que no tienen miedo de correr riesgos.

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Segunda Lectura: 1 Corintios 10,1-6.10-12

La comunidad de Corinto es una buena comunidad, sin embargo, como sucede en todas partes, tiene también sus puntos negativos: divisiones, inmoralidad, envidias. Algunos cristianos están convencidos que baste el bautismo para estar seguros de la salvación. Pablo se da cuenta que los corintios son víctimas de una peligrosa ilusión.

Para corregir esta falsa seguridad, les pone el ejemplo del pueblo de Israel. Dice: todos los israelitas han creído en Moisés y le han seguido, han cruzado el mar Rojo, han estado bajo la nube, han comido el maná y bebido el agua que surgió de la roca; sin embargo, a causa de su infidelidad ninguno de ellos ha entrado en la Tierra Prometida.

Lo mismo puede suceder a los cristianos. Éstos deben tener presente que los favores de Dios no producen resultados de modo automático o mágico. No basta haber creído en Cristo (nuevo Moisés), haber sido bautizados (paso del mar Rojo), haber sido alimentados por la Eucaristía (el pan y el vino corresponden al maná y al agua del desierto). Es necesaria una vida coherente, de lo contrario, también ellos pueden perderse, como ha ocurrido a los israelitas en el desierto.

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Evangelio: Lucas 13,1-9

Ante las informaciones comunicadas a Jesús, él sorprende a sus agitados e iracundos interlocutores: no pierde la calma, no sale de su boca ninguna palabra descontrolada. En primer lugar, dice taxativamente que no hay relación alguna entre la muerte de estas personas y los pecados que hayan podido cometer; después, invita a sacar una lección de este acontecimiento. Hay que interpretarlo como una llamada a la conversión.

Para esclarecer más su pensamiento, recurre a otro acontecimiento de crónica: la muerte de diez y ocho personas, provocada por el desplome de una torre, y también este acontecimiento debe ser interpretado como una llamada a la conversión.

La llamada de Jesús a la conversión es una invitación a cambiar de manera de pensar. Invita a intervenir sobre la raíz del mal. Es inútil hacerse la ilusión de que la situación pueda cambiar simplemente sustituyendo a aquellos que detentan el poder. Si los nuevos gobernantes no tienen un corazón nuevo, si no siguen una lógica diversa, todo seguirá como antes. Sería como cambiar los actores de un espectáculo sin cambiar el texto que deben recitar.

He aquí la razón por la que Jesús no se adhiere a la explosión colectiva de indignación contra Pilato. Jesús invita a la conversión, propone un cambio de mentalidad. Solo quienes se convierten en personas diferentes, solo personas con un corazón nuevo pueden construir un mundo nuevo. Esta es la solución definitiva.  

Por eso el mensaje de la parábola de la Higüera. El mensaje es claro: de quien ha escuchado el mensaje del Evangelio Dios espera frutos deliciosos a abundantes. No quiere prácticas religiosas externas, no se contenta con las apariencias (en primavera la higuera da los frutos incluso antes que hojas), sino que busca obras de amor.

La Palabra de Dios es una invitación a considerar la Cuaresma como tiempo de gracia, como un “nuevo año precioso” que le viene concedido a la higuera (cada uno de nosotros) para dar fruto.

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