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Comentario a las lecturas del Sexto domingo del Tiempo Ordinario – 16 de febrero de 2020 – Año A

Observan los mandamientos, pero no entran en el reino de los cielos

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1.- Introducción

Los hebreos llaman la Ley a los primeros cinco libros de la Biblia. Una manera sorprendente de nombrar una colección que contiene sí, normas, preceptos y mandatos, pero que no es un código de derecho como lo entendemos hoy. La Biblia es un relato apasionado, una historia de amor entre Israel y su Dios. Comienza con la creación del mundo y continúa con la llamada a Abrahán, la historia de los patriarcas, la esclavitud en Egipto y el Éxodo. Una Ley bastante original. 

A decir verdad, el término ley no traduce exactamente el término Torah que se deriva de la raíz iarah e indica el acto de lanzar una flecha, de mostrar la dirección. También nosotros nos guiamos en las carreteras por “las flechas” de las señales de tráfico. 

La Torah indica el camino que conduce a la vida, no dictando una normativa fría, rígida, impersonal, sino contando lo que le ha sucedido a un pueblo, Israel, la esposa a veces fiel, la mayoría de las veces infiel, a su Señor. En sus alegrías y desventuras, en sus éxitos y fracasos, en sus fiestas y sus lutos, toda persona ve reflejada en el relato bíblico la propia historia: los peligros a evitar y las decisiones sabias a tomar. 

La Torah revelada a Moisés en el Sinaí no era, sin embargo, la palabra definitiva de Dios. Sobre el monte de las bienaventuranzas Jesús ha reconocido su validez pero, considerándola solamente como una etapa transitoria, ha indicado una nueva meta, un horizonte más lejano e ilimitado: la perfección del Padre que está en los cielos. 

Quien no practica la nueva justicia, inmensamente superior a la de los escribas y fariseos, se para a mitad de camino y no entra en el reino de Dios.

2.- Reflexión

Habéis oído que se dijo:… Pero yo os digo (vv. 22.27.33)

Seguimos leyendo el Sermón de la Montaña, centrado hoy en la Ley. Es fácil suponer que cuando S. Mateo escribe su evangelio, los primeros cristianos, procedentes en su mayoría del mundo judío aferrado a la Ley, se preguntaran si seguía vigente o si por el contrario Jesús la había abolido y cuál sería, por tanto, su comportamiento. Ante esta inquietud, S. Mateo pone en labios de Jesús: No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud (v.17). Jesús no solo no deroga la Ley antigua sino que es el único que con su autoridad divina enseña su verdadero sentido. Después de hablar de la Ley en general, aclara lo dicho mediante cinco antítesis –hoy leemos solamente tres de ellas–: Habéis oído que se dijo:… Pero yo os digo. De esta manera Jesús, centrándose en el quinto (vv.21-26),  sexto (vv.27-32) y octavo mandamiento (vv. 37-39) aclara cómo debe ser nuestro comportamiento, sin subterfugios y sin palabrerías.

Frecuentemente oímos: yo ni mato ni robo. Según el Señor no es solamente culpable quien asesina; el que se enoja con el hermano será juzgado y hallado culpable. Jesús prohíbe la ira que se cultiva, que no quiere olvidar, que busca venganza. La ira interminable es mala; el habla despectiva es peor, y el chisme descuidado y malicioso que destruye el buen nombre de una persona es aún peor. El que es esclavo de la ira, el que habla en un tono de desprecio, el que destruye el buen nombre de otro, puede que nunca haya cometido un asesinato de hecho, pero sí en el corazón. Nadie puede llamarse cristiano y mantener una actitud contraria al hermano por cualquier ofensa personal que haya sufrido.  Con ello nos enseña Jesús la importancia que tienen los pecados internos contra la caridad, que desembocan fácilmente en  la murmuración, el rencor, la calumnia, el odio, etc. y de los que frecuentemente no somos conscientes.

La misma dinámica tiene el pecado del adulterio. No es solamente culpable el hombre o mujer que comete adulterio, también peca quien permite un deseo impuro. La persona que se condena es quien usa deliberadamente sus ojos para despertar su concupiscencia, quien mira de tal manera que despierta la pasión y estimula deliberadamente el deseo. La enseñanza de Jesús está, tanto en un mandamiento como en otro, en no cometer y en no desear el asesinato y adulterio, porque antes que la acción pecaminosa externa llegue a término, el pecado ya lleva un largo recorrido, la acción ha anidado en el corazón humano comenzando por los pensamientos y siguiendo por los deseos para terminar en la acción. La enseñanza de Jesús va a la raíz del pecado. Los pensamientos son tan importantes como las obras, y no basta con no cometer pecado, sino en no querer cometerlo, en no darlos cabida en nuestro interior. Jesús por las obras y por los pensamientos voluntarios y deseos que nunca se materializaron en obras. De aquí surge que nosotros no vemos nada más que las acciones exteriores de una persona, pero Dios ve los secretos del corazón. Y puede haber personas que externamente sean modelos de rectitud, pero por sus pensamientos íntimos son igualmente reprobables delante de Dios.

No pretende Jesús que nos arranquemos un ojo o cortemos un abrazo para evitar el pecado, es un modo hiperbólico de hablar, indicándonos que si por salvar la vida, somos capaces también de que nos corten un brazo, una pierna o cualquiera otra parte le cuerpo, cuánto más debiéramos hacer por salvar nuestra alma. Debemos conservar cuidadosamente el amor y la paz cristiana con todos nuestros hermanos; y, si en algún momento, hay una pelea, debemos confesar nuestra falta, humillarnos ante nuestro hermano, haciendo u ofreciendo satisfacción por el mal hecho de palabra u obra, y debemos hacer esto rápidamente porque hasta que lo hagamos, no seremos aptos para nuestra comunión con Dios.

Celebrar la Eucaristía debiera ser una ocasión ideal para reflexionar y examinarnos con seriedad sobre la actitud que mantenemos con nuestros hermanos: si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (v. 23).

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