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Comentario a las lecturas del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario – 23 de febrero de 2020 – Año A

A pasos cortos hacia una meta inalcanzable

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1.- Introducción

“Señor no soy digno”, repetimos antes de acercarnos a recibir la comunión, conscientes de que la unión con Cristo en la eucaristía lleva consigo compartir su estilo de vida. “No soy digno”, es decir, no soy capaz de convertirme como tú en pan compartido y sangre derramada, sin reserva, en favor de los hermanos. Sé que no tendré la fuerza de dejarme “consumir” por ellos, por eso vengo solo a implorar tu Espíritu. 

La observancia de los preceptos del Antiguo Testamento era difícil, pero no imposible; la meta indicada por la Torá estaba al alcance del hombre. Con justificado orgullo el salmista podía declarar: “El Señor me pagó mi rectitud, retribuyó la pureza de mis manos, porque seguí los caminos del Señor…tuve presente sus mandatos y jamás rechacé sus preceptos, mi conducta ante él ha sido irreprochable” (Sal 18,22-23); Zacarías e Isabel “eran rectos a los ojos de Dios y vivían irreprochablemente de acuerdo con los mandatos y preceptos del Señor” (Lc 1,6); Ananías era “hombre piadoso y observante de la ley” (Hch 22,12).

A diferencia de la moral judía, la cristiana propone, por el contrario, una meta inalcanzable: la perfección del Padre que está en el Cielo (cf. Mt 5,48). En el camino hacia la vida, las directrices que ofrecía la Torá, con sus normas precisas, detalladas y mandamientos bien definidos, ha ya quedado atrás; delante, se abre el horizonte sin límites de la perfección del Padre, y el camino se hace al andar. Son los impulsos del Espíritu los que sugieren al hombre, en todo momento, cómo responder a las necesidades del hermano. 

Jesús avanza a pasos ligeros (cf. Lc 9,51), mientras que los pasos de los discípulos son pequeños en inciertos. “Seguimos todavía en el exilio, lejos del Señor” (2 Cor 5,6.9), pero predestinados a transformarnos conforme a su imagen (cf. Rom 8,29), a convertirnos en expresión de su amor que no conoce confines de raza o religión y que se ofrece indistintamente a amigos y enemigos.

2.- Reflexión 

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

Hoy, la palabra de Dios nos habla del principal mandamiento de nuestra religión cristiana, el precepto del amor, formulado en su expresión más radical: el amor a los enemigos.

La motivación de este comportamiento tan extraño a la sensibilidad humana es religiosa, pues debemos asemejarnos a Dios, el cual amó de tal manera a los hombres que les dio a su propio Hijo, como propiciación por los pecados: Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). También el Hijo nos ha amado hasta la entrega de su vida por nuestra salvación: Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo; permaneced en mi amor… Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que Yo os mando (Jn 15,9.13-14). Mientras lo crucificaban, oró al Padre por sus enemigos suplicándole: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

En el capítulo 5º del evangelio de san Mateo (v. 17-48), Jesús contrasta su enseñanza con la ley de Moisés valiéndose de seis antítesis, introducidas con las memorables palabras: Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero Yo os digo. Los versículos que hoy se han leído recogen la 5ª y 6ª antítesis, cada una de las cuales ofrece una enseñanza sobre el amor cristiano: el amor excede al derecho que nos asiste para reclamar que se nos haga justicia; y el amor es universal por naturaleza.

La 5ª antítesis es una enmienda a la ley del talión, que preconizaba: “Ojo por ojo y diente por diente” (reglamentación estatal de la primitiva venganza de sangre). Frente a ella, Jesús propone: «No hagáis frente al que os agravia», pidiendo “un amor que renuncia a la exigencia de sus derechos” (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 159). Y ofrece cuatro ejemplos que chocan con la sensibilidad humana: poner la otra mejilla, ceder también el manto (prenda aún más necesaria que la túnica), caminar dos millas en vez de una, dar limosna a quien la pide. Lo que Jesús declara es que la buena voluntad del discípulo perjudicado, renunciando a reclamar sus derechos, ha de ser el verdadero espíritu del cristiano (Schmid, 162). Con ello, no está aboliendo la ley antigua, sino llevándola a su plenitud (Mt 5,17).

En la 6ª antítesis, frente al amor al prójimo, es decir, un amor restringido al compatriota –de lo que se desprende, por deducción, el odio al enemigo (pues en ningún lugar del Antiguo Testamento se encuentra la sentencia «Odiarás a tu enemigo»)–, Jesús propone a sus discípulos que han de amar a todos los hombres, tanto amigos como enemigos, o sea, que han de practicar un amor universal, con lo que eleva el amor a categoría de “precepto de carácter absoluto” (Schmid, 164). Este amor es distintivo de Dios, que es Amor.

Dios ama a todas sus criaturas, pues, si a alguna no amara, no la habría creado (Sab 11,24). A una de ellas, la criatura inteligente, la ha dotado de autonomía, por la que puede discrepar y aun oponerse a Dios. Esta criatura puede enemistarse con Dios; pero ni siquiera declarándose enemiga suya deja Dios de amarla, ya que Dios es Amor (1Jn 4,8) y no “puede” no amar. ¿Cómo ama Dios a su enemiga? Manteniéndola en el ser, solicitándola para que se convierta a Él, y finalmente, respetando su decisión.

Este amor universal lo ha de ejercitar el discípulo a imitación de Dios, bondadoso y misericordioso, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. En el Evangelio, el precepto del amor es el primero de los mandamientos (Mt 22,38) y es compendio de la ley entera: “El amor es mentalidad y actitud a lo divino” (Schmid, 166), no un sentimiento; es desinteresado y libre de egoísmo. El amor que Jesús exige es “algo extraordinario, más que humano” (Schmid, 167).

Jesús termina la exposición de sus enseñanzas reformulando la advertencia expresada en forma negativa: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20), vertiéndola en términos positivos enérgicos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), que recoge la exhortación del Levítico (19,2): «Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios soy santo», y que el evangelista Lucas expresa con otro matiz: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (6,36).

Dios nos llama a ser santos porque Él es santo. Mejor dicho, Él es el Santo. Cuando decimos que una persona es santa, reconocemos que es una persona virtuosa en grado admirable; de gran pureza de afectos y de voluntad; de generosidad heroica; muy unida y asemejada a Cristo en su entrega a los demás. Tanto más santa cuanto más identificada se encuentra con Él. Pero por muy admirable que nos parezca, no deja de ser un pálido reflejo del Dios Santo.

Decir que Dios es el Santo equivale a proclamarlo como el enteramente Otro, distinto de todo cuanto existe, a la distancia insalvable que se interpone entre el Creador y la criatura. Que Dios es Santo significa que es el Ser en su plenitud, sin ninguna deficiencia, sin ninguna vía posible de progreso (pues ya lo es todo). Es la suma simplicidad, sin partes diferenciadas, la Unidad consumada. El Santo es el infinitamente inmutable, en el que no cabe aumento o disminución; el infinitamente Verdadero, en quien todo es transparencia, armonía, afirmación; el infinitamente Bondadoso, pues sólo el Bien tiene cabida en el Ser; el infinitamente Bello; el infinitamente Justo y Compasivo, sin que, en Él, se diferencie la Justicia de la Misericordia. En definitiva, Dios es el Amor.

Y a nosotros nos pide Dios que seamos santos. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos capaces de amar, y, en el amor, encontramos las mayores satisfacciones de la vida: «Amar y ser amados» (San Agustín, Confesiones II 2,2). Pero nuestro amor natural no puede superar la barrera de lo particular. Ahora bien, el amor de Dios es universal; el amor verdadero es universal, un objetivo fuera del alcance del ser humano. Pero Jesús no nos lo propone para hacernos sentir nuestra incapacidad, sino para que aprendamos de dónde nos puede venir el auxilio: sólo con la ayuda del Espíritu de Dios podemos amar a lo divino, a todos, incluso a los enemigos.

Jesús llama a sus discípulos a imitar la perfección divina. “El actuar moral… se hace libre entrega del corazón, con amor y confianza, al Señor y Padre, frente a quien no hay derecho alguno a cambio de servicios prestados”. “El hombre piadoso sabe también que Dios le reclama de una manera total para sí y que sus rendimientos quedan siempre por debajo de la absoluta exigencia de Dios. Y esto le hace humilde ante Él” (Schmid, 172). Más que de una voluntad humana esforzada es cuestión de dejarse llevar por el Espíritu de Dios.

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