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Comentario a las lecturas del Segundo Domingo Del Tiempo Ordinario – 19 de enero de 2020 – Año A

Dios: aquel que llama a ser corderos

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1.- Introducción

No hay pagina de la Escritura en la que no aparezca de un modo u otro el tema de la vocación. “En el principio” Dios llama las criaturas a la existencia (cf. Sab 11,25), llama al hombre a la vida y cuando Adán se aleja de él le pregunta: “Dónde estás?” (Gen 3,9). Llama a un pueblo y lo escoge entre todos los pueblos de la tierra (Dt 10,14-15); llama a Abrahán, Moisés, los profetas y les confía una misión a cumplir, un plan de salvación que llevar a cabo. Llama por nombre también a las estrellas del firmamento y estas responden: “¡Aquí estamos!” y gozan y brillan de alegría para aquel que les ha creado (Bar 3,34-35). Comprender estas vocaciones equivale a descubrir el proyecto que Dios tiene acerca de sus criaturas y acerca de todo hombre. Ninguno y nada es inútil: cada persona, cada ser tiene una función, una tarea que cumplir.

“De Egipto he llamado a mi hijo”, declara el Señor por boca de Oseas (Os 11,1) y Mateo (Mt 2,15) aplica esta profecía a Jesús. Sí, también él tiene una vocación: regresar de la tierra de esclavitud, recorrer las etapas del éxodo, superar las tentaciones, y alcanzar con todo el pueblo la libertad.

¿Y nuestra vocación?

“Dios nos ha llamado para una vocación santa” (2 Tim 1,9), nos ha llamado “mediante el evangelio que predicamos a compartir la gloria de Cristo Jesús, nuestro Señor” (2 Tes 2,14).

Los caminos que conducen a esta meta son diferentes para cada uno de nosotros: existe el camino para quien está casado o soltero, está el camino de los sanos y el de los enfermos, de los viudos, de los separados, de los novios. Lo que importa es escuchar y descubrir dónde Dios quiere conducir a cada uno y caminar de manera que “se muestren dignos de la vocación que han recibido” (Ef 4,1). “Ángel del Señor” es quien se acerca al hermano y lo ayuda a discernir y a seguir el camino trazado para el por Dios. 

2.- Reflexión

Los tres evangelios sinópticos inician el relato de la vida pública de Jesús recordando su bautizo. Juan ignora este episodio y sin embargo dedica un amplio espacio al Bautista. Lo encuadra desde los primeros versículos en una perspectiva original: más que como precursor, lo presenta como “el hombre enviado por Dios a dar testimonio de la luz” (Jn 1,6-8). Su vida y su predicación suscitan interrogantes, expectativas y esperanzas en el pueblo, incluso circula la voz de que él sea el Mesías. Una delegación de sacerdotes y levitas van más allá del Jordán para interrogarlo con el fin de aclarar su identidad y su quehacer. El respondió que no era el Mesías… “yo bautizo con agua, pero entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mi y no soy digno de soltarle la correa de sus sandalias” (Jn 1,19-28).

Es en este contexto donde se inserta nuestro episodio. Entra en escena el protagonista –Jesús– evocado hace poco por el Bautista en el debate que ha tenido con los enviados de los judíos. Al verlo venir hacia el exclama: “Ahí está el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v.29).Resultado de imagen para segundo domingo del tiempo ordinario 2020

Es una afirmación que es –como veremos– densa de significados y evocaciones bíblicas.

El Bautista muestra haber intuido la identidad, desconocida por muchos todavía, de Jesús. ¿Cómo ha llegado a descubrirla y por qué la define con una imagen tan singular? Nunca en el Antiguo Testamento una persona ha sido llamada “cordero de Dios”. La expresión señala el punto de llegada de su largo y ciertamente fatigoso camino espiritual; ha comenzado de hecho desde la ignorancia mas completa: “yo no lo conozco”, repite por dos veces (vv. 31.33).

Quien quiera alcanzar “la plenitud del conocimiento de Cristo” (Fil 3,8) debe comenzar a tener conciencia de la propia ignorancia. Es extraña –decíamos– la imagen del cordero de Dios. El Bautista tenía a disposición otros términos: pastor, rey, juez severo. Esta última expresión la ha usado también: “viene uno más fuerte que yo…. ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha y reunir el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Lc 3,16-17). Pero –en su mentalidad– ninguna resumía su descubrimiento de la identidad de Jesús mejor que aquella de cordero de Dios. 

Educado probablemente entre los monjes esenios de Qumrán, había asimilado la espiritualidad de su pueblo, conocía la historia y estaba familiarizado con las Escrituras. Israelita piadoso, sabía que sus oyentes, al oír citar al cordero, habrían intuido inmediatamente la alusión al cordero pascual cuya sangre puesta sobre los dinteles de las casas en Egipto había librado a sus padres de la masacre del ángel exterminador. El Bautista ha intuido el destino de Jesús: un día sería inmolado como cordero, y su sangre habría quitado a las fuerzas del mal la capacidad de hacer daño; su sacrificio habría liberado al hombre del pecado y de la muerte. Notando que Jesús había sido condenado al mediodía de la vigilia de Pascua (Jn 19,14) el evangelista Juan ha querido señalar ciertamente este mismo simbolismo. Era en realidad la hora en la que en el Templo los sacerdotes comenzaban a inmolar los corderos.

Hay una segunda alusión en las palabras del Bautista. Quien tiene presente las profecías contenidas en el libro de Isaías –y todo israelita las conocía muy bien– no puede menos de percibir la alusión al fin ignominioso del siervo del Señor del que hemos oído hablar también en la primera lectura de hoy. He aquí como el profeta describe su camino hacia la muerte: “fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan…ha sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí el pecado de muchos e intercedía por los pecadores” (Is 53,7.12).

En este texto la imagen del cordero es asociada a la destrucción del pecado.

Jesús –quería decir el Bautista– tomará sobre sí todas las debilidades, todas las miserias, toda la iniquidad de los hombres y con su mansedumbre y con el don de su vida, las aniquilará. No eliminará el mal concediendo una especie de amnistía, una sanación, un perdón; lo vencerá introduciendo en el mundo un dinamismo nuevo, una fuerza irresistible –su espíritu– que llevará los hombres al bien y a la vida.

El Bautista tiene en mente una tercera resonancia bíblica: el cordero se asocia también al sacrificio de Abrahán. Isaac mientras caminaba junto a su padre hacia el monte Moria, pregunta: “he aquí el fuego y la leña, pero ¿dónde esta el cordero para el holocausto? Abrahán responde: “Dios mismo proveerá el cordero” (Gen 22,7-8).

“¡He aquí el cordero de Dios!” –responde ahora el Bautista– es Jesús, dado por Dios al mundo para que sea sacrificado en sustitución del hombre pecador merecedor de castigo.

También los detalles del relato del Génesis (cf. Gen 22,1-18) son bien conocidos y el Bautista los aplica a Jesús. Como Isaac, él es ahora hijo único, el bien Amado, aquel que lleva la leña dirigiéndose al lugar del sacrificio. A él se adaptan también los detalles añadidos por los rabinos. Isaac –decían estos– se había ofrecido espontáneamente, en vez de huir se había entregado al Padre para ser amarrado sobre el altar. También Jesús ha dado libremente su vida por amor. 

En este punto surge la pregunta si de verdad el Bautista habría tenido presente todas estas alusiones bíblicas cuando por dos veces, dirigiéndose a Jesús, había declarado: “He aquí el cordero de Dios” (Jn 1,29.36).

Él, quizás no, pero ciertamente los tenía presente el evangelista Juan que quería ofrecer una catequesis a los cristianos de sus comunidades y a nosotros.

En la segunda parte del pasaje bíblico (vv.32-34) viene presentado el testimonio del Bautista: él reconoce como “hijo de Dios” a aquel sobre el que ha visto descender y posarse el Espíritu. Se refiere a la escena del bautismo narrada por los sinópticos (cf. Mc 1,9-11). Juan introduce sin embargo un detalle significativo: el Espíritu es visto no solo descender sobre Jesús, sino permanecer en él.

En el Antiguo Testamento se habla a menudo del Espíritu de Dios que toma posesión de los hombres dándoles fuerza, determinación, coraje, hasta hacerlos irresistibles. Se habla que ha bajado sobre los profetas que son habilitados para hablar en nombre de Dios; pero la característica de este Espíritu es ser provisorio: permanece en estas personas privilegiadas hasta que han llevado a término su misión, después las deja y ellas regresan a la normalidad, desaparece su habilidad, inteligencia, sabiduría, fuerza superior. En Jesús por el contrario el Espíritu permanece de modo duradero, estable. La estabilidad en la Biblia es atribuida solo a Dios: solo Él es “el viviente que permanece para siempre” (Dn 6,27); solo su palabra “permanece para siempre” (1 P 1,25).

A través de Jesús el Espíritu ha entrado en el mundo. Ninguna fuerza adversaria lo podrá jamás expulsar o vencer y desde él será difundido sobre cada persona. Es el bautismo, “en el Espíritu Santo”, anunciado por el Bautista (v. 33). Unidos íntimamente a Cristo como los sarmientos a una vid vigorosa y llena de savia, los creyentes producirán frutos abundantes (cf. Jn 15,5), morarán en Dios y Dios en ellos (cf. 1 Jn 4,16), recibirán la estabilidad del bien que es propia de Dios, porque mientras “el mundo pasa con su codicia quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2,17).

Es este el mensaje de esperanza y alegría que, a través del Bautista, Juan desde la primera página de su Evangelio quiere anunciar a sus discípulos. No obstante, el evidente poder sobrecogedor del mal en el mundo, lo que le espera a la humanidad es la comunión de vida, “con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Estas cosas –dice Juan– las escribo para que “la alegría de ustedes sea perfecta” (1 Jn 1,3-4).

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