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Comentario a las Lecturas del Segundo Domingo de Pascua – 19 de abril de 2020 – Año A

Se alegraron de ver al Señor

1.- Introducción

El vestido mejor, el que uno se pone para ir a la Iglesia, se llama en lengua portuguesa: “Vestido para ver a Dios”. Esta expresión nace de la convicción de que el domingo es el día en que la Comunidad, de fiesta, se reúne para “ver al Señor”. 

Es un día de gozo porque, como en la Pascua y en los “ochos días siguientes” (Jn 20,19.26), el Resucitado se hace presente, de nuevo, en medio de los discípulos reunidos, inflama sus corazones abriéndolos a la compresión de las Escrituras y en el momento de la “fracción del pan”, abriéndoles los ojos ellos finalmente lo reconocen (cf. Lc 24,31-32). 

Los evangelistas muestran escaso interés por la precisión cronológica de sus relatos; pero en una fecha concreta, todos están perfectamente de acuerdo: fue “en el primer día después del sábado” cuando los discípulos vieron al Señor. Es por esto que las comunidades cristianas eligieron este día para dedicarlo a la escucha de la Palabra (cf. Hch 20,7-12), a la celebración de la Santa Cena (cf. 1 Cor 11,20.26), a la oración y a compartir los bienes. Durante la semana, cada uno ponía a parte lo que había podido ahorrar (cf. 1 Cor16,2) y el Domingo presentaba su ofrenda a la comunidad para ayudar a los mas necesitados, o enviar a otras comunidades con el mismo fin.

Uno de los testimonios más antiguos nos viene de un escritor pagano, Plinio el Joven, quien hacia el 112 escribe al emperador Trajano: los cristianos “suelen reunirse en un día establecido, antes del amanecer y cantan himnos a Cristo, como a un Dios”. 

Era el día del Señor, el Domingo (cf. Ap 1,10), en que cada Comunidad celebraba en el rito litúrgico, su fe y su vida.

2.- Reflexión

Si usted examina un objeto de plata verá que tiene unas marcas grabadas por el fabricante.

Estas marcas nos revelan dos cosas. La primera es que ese objeto es lo que parece ser, es decir, está hecho de plata y no está mezclado con otros materiales menos nobles.

La segunda cosa que nos revela es el lugar donde fue fabricado.

Dicen que esta práctica se remonta al año 1300, en Inglaterra y desde entonces continúa hasta hoy de una manera u otra.

El evangelio de hoy nos presenta a Tomás, el incrédulo. Tomás se había perdido la primera visita de Jesús después de su resurrección. Y cuando sus amigos le contaron la aparición de Jesús, Tomás no les creyó. Tomás quería pruebas, quería ver las marcas de la verdad y la calidad.

«Si no meto mi mano…»

Tomás se negaba a creer hasta ver las marcas de Jesús.

Verdad que ustedes y yo, como Tomás, vivimos en el planeta de show me, enséñame, muéstrame la prueba. Es muy bonito decir, dichosos los que creen sin haber visto, pero todos queremos ver las marcas y leer las etiquetas primero.

Tomás, el incrédulo, una semana más tarde tuvo la oportunidad de su vida. Jesús se hizo presente y después de saludarles con su saludo habitual: Shalom, la paz sea con vosotros, Jesús se dirigió a Tomás y le dijo: «Pon tu dedo aquí. Mira mis manos. Pon tu mano en mi costado. No seas incrédulo sino creyente».

Tomás vio, creyó y exclamó:»Señor mío y Dios mío».

Cuenta una hermosa leyenda que Tomás fue a predicar el evangelio a la India. Y un rey le dio dinero para que le edificara un palacio. Pero Tomás distribuía el dinero entre los pobres y les anunciaba la muerte y resurrección de Jesús. Y muchos se hicieron cristianos.

«¿Cómo va mi palacio?», le preguntaba el rey. «Va muy bien» y el rey le daba más dinero. Al cabo de un tiempo, la ciudad toda era ya cristiana.

Un día el rey le dijo a Tomás: «¿Cuándo podré ver mi palacio?» «Majestad, pronto lo verá terminado», le contestó.

«¿Por qué no puedo verlo hoy? Llévame a verlo ahora mismo», le dijo el rey.

Tomás paseó al rey Vecius por la ciudad y le señalaba a la gente y le explicaba cómo sus vidas habían cambiado para bien.

¿Dónde está mi palacio?, preguntaba el rey.

«Está a su alrededor y es un hermoso palacio. Qué pena que no pueda verlo. Espero pueda verlo un día», le decía Tomás.

«¿Qué has hecho con mi dinero, ladrón?»

«Tu palacio está hecho de personas, tu palacio es tu gente. Ya no son pobres y ahora creen en Jesús. Tus gentes son las torres de tu palacio. Dios vive en ellos. Tu palacio es un magnífico palacio.»

Tomás fue encarcelado. Pero el rey vio poco a poco el cambio de la gente y cómo por el poder de la resurrección de Jesús , éste vivía en el corazón de las gentes. El último en convertirse fue el rey y éste liberó a Tomás. Y su palacio no fue una obra de piedras sino de corazones vivos y creyentes.

Hermanos, nosotros que también dudamos y queremos ver las marcas de autenticidad de la resurrección y los miles de personas que viven en el planeta de show me, ¿qué podemos hacer para probar lo que ocurrió hace dos mil años?

Nos es mucho consuelo decirnos y decirles: «Dichosos los que no han visto y han creído».

En el evangelio de hoy una cosa está clara, Jesús, en su aparición, les enseña a los discípulos las marcas de su amor. Marcas auténticas, marcas puras, no mezcladas con los metales baratos del egoísmo, el interés, el protagonismo, marcas de sangre de un gran amor. Marcas registradas no desde el año 1300 como la plata, sino del año 0, desde la nueva creación.

Hoy, las marcas de su amor no las vemos en el cuerpo físico de Jesús, pero sí tenemos que verlas en el cuerpo de Cristo que somos nosotros, su iglesia.

Hoy, las marcas del amor de Jesús tenemos que verlas en las vidas cristianas de los que le imitan, los que se dejan criticar por dar testimonio del resucitado, los que viven desapegados de la vacuidad y se abrazan a la cruz.

Hay muchas marcas falsas. Lo mismo ocurre en este cuerpo de Cristo que somos nosotros. Pero nosotros venimos aquí para ver las marcas auténticas del amor y para dejarnos transformar por el poder de la resurrección y para dejar de ser mezcla de metales baratos y convertirnos en plata pura de amor y servicio a los hermanos.

Nuestra Pascua es distinta de la de Tomás.

No hemos visto pero creemos en el milagro de la resurrección. Nuestra Pascua no es ver sino creer en el amor de Dios. Nuestra Pascua no es tocar sino experimentar la paz de Cristo Resucitado. Nuestra Pascua es aceptar el testimonio de los que vieron un día, porque estamos llamados a ver también un día.

Nuestra Pascua es toda nuestra vida.

Todos los días llamados a proclamar con Tomás: «Señor mío y Dios mío».

Abramos las puertas del corazón al Cristo Resucitado, al que lleva grabadas para siempre las cinco marcas del verdadero amor. Amén

Fiesta de la Divina Misericordia: Segundo Domingo de Pascua