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Comentario a las lecturas del Segundo domingo de Adviento – 8 de diciembre de 2019 – Año A

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María – un signo de victoria sobre la serpiente

1.- Introducción

Hay una manera de presentar la figura de María que desalienta en lugar de animar. Se le conoce como la mujer absolutamente excepcional, exenta del pecado original y sus consecuencias trágicas, y eso no se debe a su propio mérito, sino a un privilegio divino único, confirmado en gracia, preservada de cometer errores, bendecida en todas sus obras.

Nos preguntamos qué tiene en común esta maravillosa mujer con nosotros. Nosotros, los pobres descendientes de Adán, obligados a soportar, sin ninguna culpa, un castigo por el pecado que no hemos cometido. Sentimos envidia por ella, pero poco amor. Ella está demasiado lejos de nuestra condición; ella no es nuestra compañera de viaje en el camino de la fe que, con arduo trabajo, tenemos que andar. Ella no comparte con nosotros dudas, incertidumbres, y también momentos de desconcierto ante la voluntad de Dios.

Esta imagen de la madre de Jesús, derivada del afecto y no de la profunda meditación de los textos sagrados, divide a los hermanos de la fe en lugar de unirlos. Es una fuente de fricción en el diálogo ecuménico, especialmente con los protestantes y los ortodoxos.

La fiesta de hoy nos ofrece la oportunidad de acercarnos a la auténtica figura de María. Ella brilla claramente en los relatos del Evangelio, libre de continuar con una devoción no siempre sana que dio lugar a varios malentendidos.

El dogma de la Inmaculada Concepción, definido por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, se ha formulado con un lenguaje vinculado a las categorías filosóficas y teológicas del tiempo, un lenguaje difícil de entender para el hombre y la mujer del siglo XXI. Si el dogma quiere tener algo que decirnos hoy, debemos releerlo a la luz de la revelación bíblica.

La María del Evangelio está muy cerca de nosotros: una niña nacida en las montañas de la Baja Galilea, enamorada del joven José con quien diseñó una familia según la tradición de su pueblo. Fue madre, mujer de fe, que cada día tuvo que enfrentar dificultades y tentaciones similares a las nuestras. Ella no es una excepción, sino una persona en particular en la que Dios ha encontrado la plena disponibilidad para realizar su plan de salvación.

Dios no otorga sus dones para despertar en el favorecido el placer narcisista de sentirse privilegiado, sino para darle a ella una misión que cumplir. María estaba llena de gracia porque todos tenemos que crecer en gracia. En ella, el Señor ha manifestado su buena voluntad porque quería llenarnos con cada bendición.

María está perfectamente insertada en este diseño. Ella usó todos los dones que ha recibido libremente de Dios para que podamos alcanzar la salvación. Ella aceptó con gusto la palabra del Señor y cumplió su difícil vocación. Los evangelios nos recuerdan sus dudas, preguntas y su conmovedor viaje de fe. Al igual que nosotros, como su hijo, ella ha sido tentada, pero en todo momento siempre ha podido decir, como Jesús (2 Cor 1,19), “sí” a Dios.

2.- Reflexión

a.- Disponibilidad de María. María es la figura principal del Adviento. Preparó su morada para la llegada del Salvador. Y esto fue así gracias a su disponibilidad para hacer la voluntad de Dios. En este segundo domingo de Adviento celebramos a María porque ella nos ayuda a preparar también nuestro camino interior para recibir a Jesucristo en nuestro corazón. Cuando el Señor Dios llamó Adán, empezó la historia de la salvación. El relato del Génesis es dramático, pero nos abre a la esperanza. Si el Señor nos habla, es garantía de salvación. El pecado está en el hombre. El pecado no fue un simple “error gastronómico”, sino una ambición desmesurada, un deseo de igualarse a Dios y vivir con total autonomía. Y el pecado no fue solamente de un tal Adán y una tal Eva, que no eran nadie, sino del “hombre” y “la madre de los vivientes”, que son contemporáneos de todos los tiempos. Cuando Dios interviene, el hombre toma conciencia de sus heridas, pero también por primera vez se abre a la esperanza. En la lucha contra el mal una nueva mujer con su hijo saldrá victoriosa y repartirá entre todos los frutos de la victoria. María es la mujer que esperó siempre en Dios, que volcó en El su corazón, que dio testimonio de su fe y que entregó su vida a la causa de Dios. Ella lo llevó en su seno, también nosotros en cierto modo debemos acogerlo en nuestro interior. ¿Quién mejor que ella puede enseñarnos a esperar con confianza y alegría?

b.- El camino de la verdadera transformación comienza por la acogida del hermano. Las Escrituras han dado testimonio de la humildad de Jesús. Por eso Pablo nos habla en la Carta a los Romanos sobre el modo de mantener la esperanza: sin violencias, con entereza, pero con suavidad. Así, toda actitud de autodefensa o de apoyo exterior complementario queda sin sentido ante el ejemplo desconcertante de Jesús. El cristiano no puede tolerar las cosas injustas. Pero sabe que, en la actuación de Dios, que se hace débil con el débil, hay una paciencia desconcertante. La problemática de la comunidad de Roma era bien precisa: cristianos judíos y cristianos paganos disentían hasta el punto de hacer peligrar la unidad de la comunidad de fe. Pero Pablo no pide a sus lectores el renunciar a su diversidad de opinión, sino que pide que cada uno intente complacer a su prójimo, que cada uno busque crear para el otro un ambiente donde aquél pueda ser hombre en toda profundidad. La gloria de Dios es el fin de la obra de Cristo, como de la obra cristiana personal y comunitaria. Pero esta gloria de Dios puede traducirse a un lenguaje más casero: la capacidad de acogida. Por su parte, Cristo acoge a los que se hallaban en continuo pecado. Pablo viene a decir a los cristianos de Roma que se acojan mutuamente. En este punto de conversión al hermano, desde la acogida, el cristiano marcha por el camino de la verdadera conversión.

c.- Madre Inmaculada. María, aquella muchacha de Nazaret, confió en el Señor Por eso está “llena de gracia», que significa «llena del favor de Dios». La Inmaculada, la que nunca estuvo sujeta a la esclavitud del pecado, fue objeto de todas las complacencias divinas. Pero también fue la mujer más libre y responsable, sin condicionamientos de un mal pasado, capaz de asumir una función especialísima en la historia de nuestra salvación. Su maternidad fue efectivamente responsable, fue madre porque quiso serlo. María acogió al Mesías deseado por todo el pueblo y soñado por todas las mujeres de Israel. En ella llega a su culminación la esperanza de todos los hombres y mujeres del mundo. María no puede estar lejos de la mente y del corazón del cristiano, especialmente durante el tiempo de Adviento. La fiesta de la Inmaculada, al comienzo de este tiempo es un estímulo para nuestra «espera confiada». ¿Quién mejor que ella, que lo llevó en su seno, pudo esperar su venida? Ella, la Madre concebida sin pecado, nos invita a arrepentirnos, a desechar el mal y a hacer el bien para preparar el camino al Emmanuel. María tiene una misión importante en la Iglesia porque es Madre y modelo de la Iglesia. Nuestra devoción a María debe llevarnos a su Hijo Jesucristo: «Haced lo que Él os diga». Todo lo que tiene, todo lo que es María le viene de Cristo. María es la primera cristiana, toda cristiana, hecha enteramente para Cristo. Por eso es la mujer del futuro, la humanidad del futuro, la nueva humanidad que siempre hemos soñado y que Dios mismo soñó. Pero esto sólo será posible si vivimos cerca de Dios, confiados y seducidos por su Amor, como María. Entonces reinará en todo el mundo otra vez la armonía y la paz.

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