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Comentario a las lecturas del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – 9 de febrero de 2020 – Año A

Ser La Sal Y La Luz, Pero ¿Cómo?

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1.- Introducción

“Hoy ya no hay fe, dicen algunos. Antes ¡había tanta!” ¿Cómo se mide la fe? ¿De acuerdo, quizás, con las estadísticas de todos aquellos que participan en la misa dominical, que se acercan a los sacramentos, que se casan por la Iglesia, que envían sus hijos al catecismo? ¿Se tiene en cuenta, acaso, las muchedumbres imponentes que se reúnen en los grandes encuentros eclesiásticos? ¿Cómo llegamos a saber si la fe aumenta o disminuye y cuándo sucede esto? ¿Es, quizás en las solemnes celebraciones, cuidadas hasta el mínimo detalle e impecablemente ejecutas, donde los cristianos se muestran como la sal de la tierra y luz del mundo?  

Una espléndida parábola de Jesús (cf. Mt 25,31-46) revela cuán diversamente de nosotros la valora Dios. Más que en la práctica religiosa, la fidelidad a las tradiciones, la observancia escrupulosa de los ritos, Dios se muestra interesado en nuestra adhesión concreta a su proyecto de amor en favor del hombre. Brillan en el mundo como destellos encantadores de la luz de Dios aquellos que comparten el pan con el hambriento, el agua con el sediento, que visten al desnudo y hospedan al que no tiene casa, cuidan al enfermo y defienden a las víctimas de la injusticia. 

El criterio es clarísimo y, sin embargo, muchos continúan limitando sus relaciones con Dios al cumplimiento escrupuloso de las prácticas religiosas. Esta actitud podría revelarse un día como trágica ilusión. Solo la vida de los justos, de aquellos quienes creen en las bienaventuranzas propuestas por Jesús, es como la luz que “brilla como la aurora, y se va esclareciendo hasta pleno día” (Prov 4,18).

2.- Reflexión 

Hay cristianos que viven instalados en el miedo a todo o a casi todo. Tienen miedo al mundo porque les puede apartar de Dios, olvidándose que Dios está en el mundo y que se hizo uno de nosotros para permanecer con nosotros.Tienen miedo a predicar porque les pueden llevar la contraria y quedarse sin argumentos… Miedo a no desviarse de la doctrina establecida por temor a la condenación eterna… Se olvidan estos hermanos y hermanas que el único miedo que tiene que tener el seguidor de Jesús es el no reconocer la libertad que Cristo nos ha dado. Ya sé que alguno dirá que libertad sí, pero no libertinaje…

Tanta libertad nos ha dado Dios que podemos mirarle cara a cara y ser capaces de rectificar nuestros pecados y errores.

La Palabra de hoy nos recuerda que tenemos que ser sal y luz para este mundo. La sal es algo físico, material, visible. La sal del cristiano son sus obras. La sal de Cristo es el amor incondicional a los seres humanos. Cada creyente debe de hacer obras dignas de la fe en Cristo. Las obras del cristiano son como una prolongación amorosa del amor que Dios nos tiene.

La primera tarea del cristiano está en percibirse y quererse tal y como el Señor nos quiere. Quererse para luego darnos no es nada malo. He visto muchos cristianos que toda su vida fue un entregarse olvidándose incluso de cuidar su vida de relación con Dios y con los demás. Su final siempre fue triste. Desilusionados, solos y desconsolados algunos llegaron incluso a abandonar la fe. Tenemos que empezar a ser sal para nosotros mismos a la vez de para los demás.

Jesús nos da una gran responsabilidad. Somos la sal del mundo. Esto significa que el mundo existe pero en muchos casos no tiene sabor. La vida se ha vuelto para muchos invivible. Nuestra misión es mantener encendida la vela de la fe en un mundo tecnificado y ensimismados en sus aparentes adelantos. El mundo es la gente que sufre.

Somos también la luz de este mundo. La luz es algo inmaterial, invisible. La luz es lo que nos hace ver pero ella en sí misma es invisible. La luz es la fe. La fe no es algo que debamos de tener escondida para evitar su pérdida o deterioro. La luz cuanto más se reparte más grande se hace.

Vemos a nuestro alrededor personas que dicen que no saben qué hacer en la vida, que no saben cómo dirigir su vida. La fe es siempre una invitación a mirar hacia adelante, a progresar en el camino de la vida y de la unión con Cristo. Tenemos luz en la medida que aceptemos la Luz.

Los cristianos siempre estaremos entre estos dos equilibrios de la fe y de las obras. Sólo Cristo es quien salva, pero esa salvación necesita ser anunciada y vivida. El Evangelio nos dice que esa luz de la fe cuando brilla delante de la gente se convierte en alabanza al Padre. Tenemos que hacer obras de fe.

El mundo de hoy está cansado de las grandes palabras y de las teorías que se le ofrecen. Parece como si las personas no tuviesen oídos para lo trascendente. Es como si toda la vida se redujese al resultado de lo que queremos. Hemos perdido el aliento de la ilusión y la esperanza. Ser sal y luz es recordarle a las personas una y otra vez el proyecto que Dios tiene para la humanidad. Dios no quiere más sufrimientos porque Jesús tomó sobre sí todos nuestros dolores. No quiere más violencia porque Él asumió nuestros castigos. No desea nuestra desorientación porque con su vida nos enseñó el camino hacia el Padre. Sal y luz es darnos cuenta de todo ello y vivirlo con alegría.

Jesús nos señala el cielo como el lugar de Dios, y es verdad. El cielo es Dios. Cada persona puede tener el cielo más cerca, en su corazón, en su latir espiritual, en su entrega diaria. Hay un espacio que sólo nosotros podemos abrir a Dios y a los demás. Es el terreno de nuestro corazón y de nuestra vida. Si me cierro a Cristo, si bloqueo mis entrañas, no entenderé nunca ese amor que me ama aunque yo le ignore. Ser sal y luz es tomar conciencia de ese amor.

La sal cuando se disuelve se vuelve invisible pero su sabor perdura. La luz se va haciendo más grande cuando se va compartiendo. La mecha encendida de una vela sería el amor de Dios, el origen de la luz. La luz que emana de esa mecha y que ilumina el mundo es el fruto de ese amor. La tarea de los cristianos es seguir pasando esa luz a los seres humanos de nuestro tiempo y de todos los tiempos. ¿Serás capaz de ser sal y luz para los otros?

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