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Comentario a las lecturas del Quinto Domingo de Cuaresma – 29 de marzo de 2020 – Año A

El sepulcro: un vientre, no más una tumba

Homilía 5º Domingo Cuaresma, ciclo A, (6-4-2014), José-Román Flecha

1.- Introducción

“Cuando los dioses formaron la humanidad, dieron a ésta la muerte y ellos se quedaron con la vida”. Son las palabras que en la célebre epopeya mesopotámica la tabernera Siduri dirige a Gilgames quien está desesperadamente buscando el árbol de la vida. Desconsolado, el héroe comprende que debe resignarse: morir es partir hacia el “País sin retorno”.  Para los hebreos también las tinieblas, el silencio y el olvido envuelven la morada de los muertos. Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento referencias a la inmortalidad del alma y a la resurrección de los muertos y los pocos textos que existen han sido escritos a partir del segundo siglo a.C.

Job afirmaba: “Un árbol tiene esperanza: aunque lo corten, vuelve a brotar y no deja de echar retoños. Pero el varón muere y queda inmóvil. Falta el agua de los lagos, los ríos se secan y aridecen, así el hombre se acuesta y no se levanta; pasará el cielo y él no despertará ni se levantará de su sueño” (Job 14,7-12). Esta angustia se reflejaba en la elegía (lamentación) del salmista: “Me concediste unos palmos de vida, mis días son como nada ante ti: El hombre no dura más que un soplo; es como una sombra que pasa. ¡Aparta de mí tu mirada, y me alegraré antes de que me vaya y ya no exista!” (Sal 39,6-7.14). Así expresaban su desconcierto, angustia y desorientación frente a la caducidad de la vida, las personas más iluminadas de la antigüedad. La Biblia ha conservado el recuerdo de su desorientación y de sus inquietudes para que sepamos cuán densas eran las tinieblas de la tumba antes que en el mundo resplandeciera la luz de la Pascua.

2.- Reflexión

En las situaciones inesperadas y desconcertantes también Dios se hace presente. El momento que estamos viviendo, como consecuencia de la pandemia mundial, nos hace vivir la fe y la comunión de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, de una forma nueva. El no tener acceso a los sacramentos ni a la iglesia no es impedimento para que podamos escuchar la voz de Dios o para sentir a través de la televisión y de la radio la cercanía y oración de los hermanos que están al otro lado.

En este quinto y último domingo de Cuaresma, el salmo 129 con el que damos respuesta a la Palabra de Dios, nos viene como anillo al dedo. Es uno de los salmos que entonaban los israelitas en su peregrinación a Jerusalén y al Templo. El salmo es una oración transida de arrepentimiento y humildad, cargado de una esperanza ciega en la misericordia de Dios. El salmista se dirige a Dios desde lo profundo de su aflicción para que le auxilie, para que lo rehabilite en su amistad con Él. Comienza el salmo con un grito: Desde lo hondo, a ti grito, Señor (v.1), seguro de alcanzar la misericordia y la compasión de Dios. Es un grito dolorido que se inserta en la fe del pueblo, que se siente perdonado de sus pecados y rescatado de la esclavitud egipcia. Hay otro grito profético (Sal 22,1) y será Cristo quien lo cumpla clavado en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

También nosotros, ante la pandemia que estamos viviendo, desde lo más profundo de nuestro ser, gritamos y con atrevimiento filial, le decimos a Dios: Dios mío, ¿por qué nos has abandonado? Reconocemos nuestros pecados personales y reconocemos los pecados de la sociedad. Nos hemos olvidado de Dios como el pueblo hebreo, hemos levantado nuestros becerros con distintos nombres. Hemos llegado a creer que Dios sobra en nuestra vida, que nos estorba, pero nuestros becerros tienen los pies de barro, la realidad nos hace abrir los ojos, un simple virus ha puesto en jaque a todo el mundo. Con el salmista volvemos los ojos a Dios, confiados en su bondad y misericordia, y desde lo más profundo le pedimos a Dios que nos auxilie, que nos mantenga en la esperanza, confiando como el centinela, en que escuchará nuestra oración.

Estamos viviendo una situación que pone a prueba nuestra fe. Estamos palpando nuestra fragilidad y sentimos la necesidad de acercarnos más a Dios. Pero podemos creer que Dios no nos escucha. Leemos en el evangelio que Marta y María, también vivieron una situación algo semejante a la nuestra. Ante la gravedad de su hermano Lázaro, les quedaba la esperanza de que su amigo Jesús vendría y le curaría, y con esa esperanza le mandan un recado. Les bastarían pocas palabras para que Jesús supiera lo que tenía que hacer: Señor, el que tú amas está enfermo (v.4), pero Jesús parece que se hace el desentendido, prolonga su estancia y cuando llega, Lázaro ha muerto. Pese a la confianza que tenían las hermanas en Jesús, su fe se tambalea: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (v.21). Pero ¿era correcto lo que ellas esperaban de Jesús?

Con frecuencia nuestra fe es débil y en estos momentos está sometida a prueba, nos cuesta ver la compasión de Dios. Necesitamos los ojos de Dios para mirar a la cruz y descubrir que quien de ella cuelga es el mismo Hijo de Dios. ¿Mayor locura o mayor absurdo a los ojos humanos? La cruz de Jesús, aparente fracaso, es el paso al mayor triunfo imaginable: su resurrección. Dios no se ha comprometido a salvarnos de todo tipo de enfermedades o a librarnos indefinidamente de la muerte, se ha comprometido a darnos su misma vida y a que la tengamos en abundancia. Hoy nos pide que pongamos nuestros ojos en Él. Jesús es capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o creemos necesitar. Nadie más que él podía decir: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (v.25). Esta es la mayor revelación de Jesús, tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, y aquí radica el meollo del texto evangélico. ¿Crees esto? (v.27). Y momentos después Jesús se echa a llorar por la muerte de Lázaro. ¿Creemos, aunque no lo comprendamos, que Jesús está a nuestro lado también en estos momentos? También a ti y a mí, Jesús nos pregunta: ¿Creemos que también llora con nosotros por tantos muertos, por tantos enfermos, por tanto dolor…? ¿Creemos que Jesús en estos momentos nos visita y llora con nosotros por la catástrofe que estamos viviendo? Son días para pedirle que nos abra los ojos como se los abrió a Marta y María al misterio de la vida nueva, que nos abra los ojos para ver que el poder de Dios va más allá de nuestras expectativas, para creer que él llora con nosotros porque nos ama asumiendo nuestra condición humana en su totalidad. Cristo manifiesta que tiene poder sobre nosotros tanto en la vida como en la muerte, que nuestra muerte física es el preludio de nuestra resurrección. Cristo nos dice como a Lázaro: Sal afuera (v.43) del sepulcro de la tristeza, del miedo… Sal afuera. Yo he venido para que tengáis vida en abundancia hoy, mañana y siempre. Yo soy la resurrección y la vida.

Catholic.net - V Semana de Cuaresma, Ciclo A