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Comentario a las lecturas del Primer Domingo de Cuaresma – 1 de marzo de 2020 – Año A

Cuaresma: Tiempo de ayuno para alimentarnos de la palabra

1.- Introducción

En lenguaje corriente, ser tentado significa sentirse atraído por lo prohibido, de ahí que nos parezca extraño que grandes personajes de la Biblia, como los patriarcas, Job hayan sido tentados. De la extrañeza pasamos a la inquietud y al desconcierto frente al relato de las tentaciones de Jesús, especialmente frente a la afirmación del autor de la carta a los Hebreos que, hablando de Cristo declara: “Como él mismo sufrió la prueba puede ayudar a los que son probados” (Heb 2,18). “El sumo sacerdote que tenemos no es insensible a nuestra debilidad ya que, como nosotros, ha sido probado en todo excepto en el pecado” (Heb 4,15). 

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La Biblia invita a considerar la tentación (prueba) desde una perspectiva original: como momento de verificar la solidez de nuestras decisiones, como ocasión de crecimiento. La tentación lleva también consigo el riesgo de cometer errores, pero este es un peligro inevitable si se quiere madurar, si queremos convertirnos en “expertos”, en “aprobados”, es decir, haber sido “sometidos a una prueba, a un “examen”, es decir “tentados”, “probados”. 

La elección es entre acoger o rechazar el proyecto del Padre. 

Dos hombres frente a frente: uno, Adán, decide seguir sus propias opciones engañosas; el otro, Cristo, tiene siempre como punto de referencia la Palabra de Dios. El primero dirige sus pasos hacia un futuro de muerte, el otro se convierte en el autor de la vida.

2.- Reflexión

Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado (Sal 50. 5). Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto (Mt 4, 10).

Las lecturas de este primer domingo de Cuaresma forman un denso bloque doctrinal. Recíprocamente se complementan y esclarecen dentro del incuestionable misterio de la culpa original, del pecado personal y del mal. Todos nos hemos planteado alguna vez preguntas, como éstas: ¿Por qué permite Dios el mal? ¿Cómo se compagina el mal con la bondad de Dios? ¿Por qué existen las tentaciones en mi vida? Todos querríamos respuestas que nos aclarasen totalmente el misterio. Digamos ya que en este tiempo de Cuaresma el creyente cristiano puede encontrar, al menos, luz suficiente que le permita aquietar sus inquietudes.

Sabemos que, al terminar la obra de la creación, Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno (Gén 1, 31); y, por tanto, el mal y el desorden no son obra de Dios. Uno y otro comienzan con el hombre mismo que, siendo bueno también, un día, abusando de uno de los dones más preciosos que le había el Creador –la libertad–, optó por usarla mal; era el pecado. Quedaba, pues, dañada esta libertad por el pecado, pecado de origen que, a su vez, estará al fondo de todo pecado personal, individual o colectivo.

La verdad es que el hombre siempre quiso hacer responsable a alguien de su pecado o de sus males y desgracias; ahí está Eva, en el relato bíblico, haciendo culpable de su pecado a la serpiente; y Adán, por su parte, echando la culpa a Eva. Y de allí en adelante, a lo largo de la historia, el hombre se inventó, incluso, “dioses del mal”, que serían los responsables de mal que él mismo cometía, así como también de las desgracias que le sucedían en su vida, para así abdicar del esfuerzo personal que supone el buen uso de su propia libertad.

Adán fue el primero en pecar. Su pecado es una realidad y un símbolo del pecado del mundo. El pecado personal es una adhesión y ratificación histórica de una situación de desgracia por la que, libre y personalmente, el hombre se hace solidario con Adán en el mal. Ahora bien, si por Adán entró el pecado y, con el pecado, los muchos males, la muerte y la condena, por Cristo conseguimos la gracia, la vida, la salvación. Es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos (Rom 5, 18).

En el evangelio de hoy, efectivamente, encontramos en Cristo el paradigma perfecto para salir exitosos en todos los momentos en que nos sintamos tentados, como Él, ayudándonos a no aceptar lo que nuestra conciencia ni nuestra fe cristiana rechazan como no bueno. Las tres tentaciones que Satanás presenta a Jesús simbolizan otras tantas tentaciones que ha sentido el hombre en todos los tiempos y que infelizmente se ha dejado arrastrar por ellas. Éstos podrían ser sus nombres: “piedras-pan”, “exhibicionismo”, “doblar la rodilla”.

Digamos ya que la tentación de transformar las piedras en pan equivale a un dejarse llevar por un materialismo hedonista, nota característica de nuestro tiempo, que tiene su expresión en estos binomios: dinero, sí; austeridad, no; materia, sí; espíritu, no. Esto es: dejarse llevar por el tener y gastar, con olvido de la primacía del reino de Dios y sus valores; es disociar la fe de la vida. La Cuaresma representa un momento privilegiado para quien desee dar a las cosas su verdadero valor. Se trata de un ejercicio, tanto más conveniente, cuanto el hombre se ha insensibilizado a las cosas del espíritu, víctima de un materialismo invasor. No sólo de pan vive el hombre (Mt 4, 4), dice el Señor.

En la segunda tentación –correr un riesgo imprudente– descubrimos un exhibicionismo hueco que busca, ante todo, el aplauso de los demás. El exhibicionista pretende poner a Dios al servicio de su vanidad y capricho, lo que deja de manifestar una mentalidad infantil. Es también querer manipular y domesticar a Dios, deseando asegurarse, a toda costa, su favor a base de mecanismos pseudoreligiosos. Jesús nos avisa: No tentarás al Señor, tu Dios (Mt 4, 7). Así proceden quienes se olvidan de que la fe es riesgo y respuesta sin límites al amor de Dios que en Cristo nos amó primero y sin medida.

Doblar la rodilla, adorarlo; nada menos que eso es lo que Satanás le pide a Jesús; después le dará todos los reinos del mundo y su gloria. El ateísmo y el agnosticismo son dos “profesiones” de las que hacen gala multitud de gentes en nuestro tiempo; pero lo curioso es que estas personas que han renunciado a creer y a adorar al Dios verdadero, doblan su rodilla vergonzosamente ante mil otros dioses falsos que ellos mismos han entronizado en su vida; no hace falta que lo digan, se ve por lo que hacen. Otras veces nos encontramos con apóstatas que se enorgullecen de no saber ya “hacer la señal de la cruz”, confesión esta que lleva la marca de conquistar adeptos para su causa.

Comentando el pasaje evangélico de las tentaciones que tuvo el Señor en el desierto, dice san Agustín: “¡Nada menos que Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo de ti tenía la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti  los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria” (In ps. 60, 3). Jesús no es sólo el modelo en la lucha contra las tentaciones, sino también el que siempre nos acompaña y nos ayuda con su gracia a conseguir la victoria.

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