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Comentario a las lecturas del Miércoles de Cenizas

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1.- Introducción

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para adentrarse en nosotros mismos, para hacer crecer lo divino que llevamos dentro de nosotros. Es el tiempo para escuchar la palabra de Dios. No es una escucha superficial, distraída, temerosa de que el mensaje penetre demasiado profundamente en la mente y en el corazón, provoque turbación y exija cambios radicales de dirección en nuestra vida.

2.- Primera Lectura: Joel 2,12-18

Una de las calamidades más temidas por los antiguos era la plaga de langostas. Empujadas por el viento abrasador del desierto, llegaban en bandadas y dondequiera que se posaban no dejaban vestigio alguno de vegetación. Así se sienten los labradores, se quejan los viñadores…porque no hay cosecha en los campos” (Jl 1,7-11).  Es en este contexto donde viene colocado el pasaje que nos introduce en el tiempo cuaresmal.

¿Por qué, –se preguntan los israelitas– nos vemos afligidos por semejante desventura? ¿Es un castigo? ¿Una represalia de Dios, resentido porque nos hemos olvidado de él?

Las desgracias, y una de ellas es la plaga de langostas, son acontecimientos dolorosos que ocurren, pero nunca son enviados por Dios. Provocan desconcierto y angustia; no obstante, si estos momentos tristes son vividos a la luz de la palabra de Dios, pueden convertirse en momentos de gracia. El profeta ayuda al pueblo a leer la desgracia que les ha golpeado como una invitación a la conversión.

Joel invita a los israelitas a reconocer que los bienes materiales les han hecho perder la cabeza. La desgracia de las langostas les ha demostrado cuán efímera era la riqueza en la que confiaban y cómo puede desaparecer de un momento a otro.

¿Qué hacer? La apasionada y afligida invitación del Señor que, por boca de su profeta, ha dirigido a los israelitas es válida también para nosotros: “¡Vuelvan a mí con todo el corazón!” (v. 12). La Cuaresma es el tiempo del regreso a la casa del Padre. Se regresa a casa solamente cuando estamos seguros de ser acogidos por alguien que nos ama. El acercamiento a Dios se verá acompañado –explica de hecho Joel– por “el ayuno, el llanto, el luto” (v. 12). No estamos solos, sin embargo, en el camino hacia la conversión. A nuestro lado encontraremos tantos hermanos y hermanas que recorren la misma senda, que nos animan con sus palabras y con sus ejemplos, se unen a nosotros en la “asamblea solemne” (vv. 15-16) y, con los ministros del Señor, piden con nosotros a Dios: “Perdona Señor a tu pueblo” (v. 17).

3.- Segunda Lectura: 2 Corintios 5,20-21; 6,1-2

En la segunda lectura, Pablo habla de la reconciliación. También su exhortación es apasionada: “¡Déjense reconciliar con Dios!” Él ve el pecado como un desacuerdo, un estado de enemistad, una deformación de relaciones entre Dios y el hombre. Esta hostilidad debe ser superada, es necesario restablecer la armonía.

La experiencia dolorosa con los cristianos de Corinto a los que está escribiendo, le ha sugerido a Pablo la imagen de la reconciliación. Algunos meses antes, los corintios le habían ofendido gravemente, llegando hasta expulsarlo de la comunidad.

He aquí una indicación preciosa para nuestro itinerario cuaresmal. La reconciliación con Dios no se realiza mediante ritos purificatorios y prácticas ascéticas, sino a través de la adhesión al mensaje que nos transmiten los embajadores de Dios, los anunciadores de su palabra (cf. Rom 10,14.17).

 La Cuaresma es una oportunidad que se nos ofrece para rectificar hoy, sin dilación, nuestra relación con el Señor.

4.- Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

Las primeras palabras que Jesús nos dirige al comienzo de la Cuaresma son para ponernos en guardia contra el peligro de actuar por vanagloria (v. 1). Si no debemos buscar la admiración de los hombres, ¿cuál debe ser, entonces, el objetivo de nuestras acciones?

La recompensa. En el pasaje de hoy Jesús hace referencia hasta siete veces a la recompensa reservada a quien se comporte de acuerdo con sus enseñanzas. ¿En qué sentido habla Jesús de recompensa?

La recompensa a la que se refiere Jesús no es un puesto mejor y más elevado en el paraíso, sino la grande capacidad de amar, la unión más íntima, la semejanza más nítida con el rostro del Padre. El “premio” es la alegría de amar de un modo gratuito, como lo hace Dios, es la pertenencia, ya desde ahora, a su “Reino”.

Para progresar en esta madurez, el evangelio nos propone al inicio de la Cuaresma tres prácticas ascéticas: la limosna, la oración y el ayuno.

La primera: la limosna

  Jesús ha presenciado con frecuencia, y ciertamente con profundo desagrado, estos espectáculos y, de hecho, ha calificado de “hipócritas” (actores) a aquellos que se prestaban a actuar en esta comedia. No ha sentido indignación sino mucha pena porque, por un momento de vanagloria, estas personas –muy buenas, por otra parte– desaprovechaban una oportunidad preciosa de practicar el bien sin hacerse notar, como se comporta Dios, quien se esconde de tal manera que hace dudar hasta de su misma existencia. Nuestra limosna es solidaridad, es compartir, es atención a las necesidades de los otros.

La segunda práctica cuaresmal: la oración 

Hoy la oración está en crisis, no por mala voluntad de los fieles sino porque no es fácil comprender su valor y el modo de hacerla. La oración es, sobre todo, escucha, apertura del corazón para acoger los proyectos de Dios y para no frustrar lo que él espera de nosotros. Requiere tiempos largos y necesita de ambientes que favorezcan la concentración, la meditación y el recogimiento.

La tercera práctica: el ayuno

El ayuno existe como expresión de luto y de dolor y va acompañado frecuentemente de gestos como la renuncia al cuidado del propio cuerpo, dormir en tierra, rociarse de polvos y cenizas, vestirse de cilicio o saco. El cristiano ayuna “perfumándose la cabeza y lavándose el cuerpo”. No hace ostentación de ningún esfuerzo, no desea que se note su sacrificio. Está contento al saber que con su renuncia puede ver la alegría del pobre al que ayuda. Este ayuno se destaca y diferencia del de los fariseos y se coloca en la línea de los profetas que habían condenado severamente el falso ayuno.

El ayuno verdadero produce siempre gestos de amor hacia el prójimo. La comida que sobra no se debe conservar para el día siguiente, debe ser distribuida inmediatamente a quien tiene hambre.

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