Home | Centinela de la palabra | Comentario a las lecturas del Miércoles de Ceniza – 26 de febrero de 2020

Comentario a las lecturas del Miércoles de Ceniza – 26 de febrero de 2020

Cuaresma: Tiempo de ayuno para alimentarnos de la palabra

Resultado de imagen para miércoles de ceniza 2020

1.- Introducción

“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). Con estas palabras tomadas del Deuteronomio, Jesús rechaza la propuesta del maligno que le sugiere de empeñar todas sus energías y capacidades en producir pan. 

El hombre tiene necesidad de alimento, pero, justamente cuando se ha saciado, toma conciencia de que hay en él inquietudes más profundas. 

Pensar que sea posible aplacar la necesidad de infinito y de lo eterno replegándose sobre la realidad de este mundo, es una dramática ilusión: la belleza se marchita, “niñez y juventud son efímeras” (Ecl 11,10); los bienes de este mundo prometen el paraíso en la tierra, pero después llega el momento en que son requisados o confiscados. Sabemos que todo va a terminar así, sin embargo, nos parece natural continuar a confiar en las realidades efímeras para la realización de nuestra vida. 

Cuando tomamos conciencia de la caducidad de este mundo y nos interrogamos sobre el sentido de nuestra existencia, cuando entramos en diálogo con el Señor, es entonces cuando realizamos el salto cualitativo que nos convierte realmente en personas. Para los musulmanes, justamente o no, quien no alza su mirada al cielo, quien no establece una relación íntima con Dios, no es persona. 

La búsqueda de alimento y de refugio, la pulsión instintiva de prolongar nuestra especie, la sed de placer, son “apetitos” que tenemos en común con los animales. Solo cuando experimentamos la necesidad íntima de otro alimento, es cuando se manifiesta en nosotros lo específico del ser humano. Consciente de ello, el profeta Amós anunciaba: “Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que enviaré hambre al país: no hambre de pan y sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11). 

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para adentrarse en nosotros mismos, para hacer crecer lo divino que llevamos dentro de nosotros. Es el tiempo para escuchar la palabra de Dios. No es una escucha superficial, distraída, temerosa de que el mensaje penetre demasiado profundamente en la mente y en el corazón, provoque turbación y exija cambios radicales de dirección en nuestra vida.

2.- Reflexión

a. Inicio del camino cuaresmal

Nos reunimos para iniciar la cuaresma. El Miércoles de Ceniza no tiene el formato litúrgico de una solemnidad, pero es el gran principio de un largo periodo litúrgico y oracional que nos llevará a la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y, también, a la Resurrección Gloriosa del Salvador. Ja Cuaresma es preparación para mejor entender esos acontecimientos y es en definitiva conversión. Convertirnos con el alma y el cuerpo al camino de Jesús. En ese camino de conversión es lógico que términos como pecado, penitencia y ayuno aparezcan ante nosotros sin –tal vez—saber bien su significado profundo.

b. “Volvéis a mí de todo corazón” (Joel 2,12).

En esta breve expresión contiene la síntesis y el significado profundo del período litúrgico que comienza: la Cuaresma. En general, el énfasis está puesto en el ayuno y la penitencia, prácticas que ciertamente lo caracterizan, pero que no son fines en sí mismos, sino medios para llegar a la conversión del corazón.

Dios nos dirige una mirada cautivadora, una mirada que busca hurgar en la oscuridad en la que luchamos para volver a cruzar la nuestra, una mirada tranquilizadora que habla de la calidez de una casa de la que estamos tan superficialmente distanciados y de la que guardamos una nostalgia secreta, una mirada que nos despierta de las pesadillas de un sueño perturbado, para decirnos: ¡regresen!

No, no es la llamada dirigida solo a los grandes pecadores. Es a mí a quien Dios me está hablando, a mí que quizás me quede un poco “por ir” o “que perdí un poco de mi ímpetu inicial”, que lentamente fui absorbido por la rutina o por el relativismo de una sociedad que me presenta todo como bueno.

Cuando tomamos conciencia de nuestra necesidad de Dios, encontramos el eje central de nuestra penitencia; y es aquí donde se establece la necesidad de un ayuno que frena los impulsos no regulados de mi ser, de modo que todas mis energías se canalizan hacia aquello que es el objetivo de mi existencia. Es aquí donde la mortificación se introduce como una pedagogía, para entregarme a mí mismo porque solo si me poseo puedo expandirme al ejercicio de la libertad, la presuposición de toda relación auténtica de amor, incluso de aquello que me une a mi Dios.

Los habitantes de Nínive hicieron un ayuno puro cuando Jonás les predicó la conversión […]. Está escrito de hecho: “Dios vio que se habían convertido de su mala conducta […]”  (Jonás 3,10). No se dice: «Vio una abstinencia de pan y agua, con el saco y las cenizas», sino: «Que se habían convertido de su conducta malvada». […] Esto fue un ayuno puro, y fue aceptado…y tu ayuno…¿será aceptado?

c. “¡Aquí está el momento favorable, aquí está el día de la salvación!” (2 Cor 6,2).

San Pablo les pide a los primeros cristianos de Corintios, en nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios. Ahora, les dice, que estáis salvados por Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios. La liturgia de este miércoles de ceniza refiere este tiempo de salvación al tiempo de la cuaresma, que comienza hoy mismo con la imposición de la ceniza. Para entender bien el mensaje de esta acción o gesto litúrgico, es bueno que nos fijemos en cada una de las dos expresiones que, según la tradición, dice el sacerdote o ministro sagrado al imponer la ceniza. Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver (Gen 3, 19). Es parte de lo que les dice Dios a nuestros primeros padres cuando les expulsa del paraíso. Es consecuencia y castigo del pecado y Dios quiere que sea también para ellos un recuerdo que les ayude a no volver a pecar. Es aquello de acuérdate de los novísimos y no pecarás. También hoy la ceniza debe recordarnos a nosotros que somos carne débil y que estamos continuamente amenazados de muerte. La ceniza que se nos impone sobre nuestras cabezas nos dice que también nosotros, que ahora somos árboles vivos, seremos, más pronto o más tarde, cuerpo y carne destruidos. Deberemos vivir de tal manera que, cuando nuestro cuerpo se destruya, nuestra alma vuela limpia y directamente hacia Dios.

d. «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt. 6,1-6.16-18).

En el evangelio de Mateo, Jesús nos ofrece tres herramientas para renovar nuestro seguimiento de Jesús: la oración, el ayuno y la limosna. ¿Cómo y cuándo será mi oración? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré en favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados? La mejor manera de orar es hacer que la Palabra de Dios esté presente en nuestra vida. Necesitamos buscar momentos de silencio, de desierto interior, para encontrarnos con Dios. ¿Cuál es el ayuno que Dios quiere? Podemos ayunar también de todas las cosas que nos hacen perder el tiempo y disminuyen nuestra libertad: ayuno de televisión, de Internet, de tabaco, de materialismo…. La austeridad y el despego de las cosas materiales son un síntoma de que estamos en el camino del Evangelio. La palabra limosna está un poco devaluada. No se trata de dar unas monedas para tranquilizar nuestra conciencia sin saber a quién se la damos ni si le hacemos bien al dárselas. Se trata de tener un espíritu solidario, de compartir lo que tenemos con los más necesitados. En tiempo de crisis y paro laboral Dios nos hace una llamada especial. Nuestra Cuaresma habrá merecido la pena si nos hace más compasivos y sensibles ante la miseria ajena.

Resultado de imagen para miércoles de ceniza 2020