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Comentario a las lecturas del IV Domingo de Pascua

Domingo del Buen Pastor

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1.- Introducción

Desde el tercer siglo d.C., aparece a menudo en las catacumbas la imagen de Cristo como el pastor con un cordero en sus hombros y rodeado por el rebaño. Es una escena que tiene la intención de retratar confianza y serenidad cuando un creyente atraviesa el valle de sombra de muerte, apoyado o guiado por su Señor.

El discípulo acepta ser acompañado por el Buen Pastor en cada momento de su vida. Dejarse llevar por Cristo es una opción menos cómoda de lo que parece. Se requiere el valor de confiar la propia vida a Cristo, sin quedar atrapados en la consternación cuando no está claro a dónde va y dónde quiere dirigirse.

2.- Reflexión.

La tierra de Israel es en gran parte montañosa y se utiliza para el pastoreo de ovejas. Guardianes de rebaños eran Abel, Abrahán, Jacob, Moisés, David. Dios es llamado “pastor de Israel”: que conduce a su pueblo como ovejas, los trata con amor y cuidado, los guía hacia abundantes pastos y manantiales de agua fresca (Sal 23,1; 80,2).

Jesús se referirá a estas imágenes cuando un día, descendiendo desde el barco, ve una gran multitud corriendo a pie para escuchar su palabra de esperanza. Marcos dice: “tuvo compasión de ellos porque eran como ovejas sin pastor” (Mc 6,33-34).

En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como el pastor esperado (Jn 10,11.14), como el que va a conducir a la gente a lo largo del camino de la rectitud y fidelidad al Señor.

 El cuarto domingo de Pascua se llama el domingo del Buen Pastor, ya que cada año, la liturgia nos presenta un pasaje del capítulo 10 de Juan, donde Jesús mismo es el verdadero pastor. Los cuatro versos que leemos en el Evangelio de hoy se han extraído de la parte final del discurso de Jesús y quieren ayudarnos a profundizar el significado de esta imagen bíblica.

Jesús es el buen pastor porque él no tiene miedo de luchar hasta dar su vida por las ovejas que él ama (Jn 10,11).

Comencemos con una aclaración: cuando hablamos de Jesús, el Buen Pastor, la primera imagen que viene a la mente es la del Maestro que sostiene un cordero en sus brazos o en los hombros. Es cierto: Jesús es el buen pastor que sale a buscar la oveja perdida, pero esta es la reproducción de la parábola que se encuentra en el Evangelio de Lucas (15,4-8). El buen pastor del que habla Juan no tiene nada que ver con esta imagen dulce y tierna. Jesús no se presenta a sí mismo como alguien que cariñosamente acaricia al cordero herido, sino como el hombre duro, fuerte, decidido a luchar contra los bandidos y los animales feroces. Jesús es el buen pastor porque él no tiene miedo de luchar hasta dar su vida por las ovejas que él ama (Jn 10,11).

La salvación de las “ovejas” no está garantizada por su docilidad, su lealtad, sino por la iniciativa, el valor, el amor gratuito e incondicional del “pastor”. ¡Este es el gran anuncio! Esta es la hermosa noticia que la Pascua anuncia y lo que un creyente cristiano debe comunicar a cada persona. Incluso tiene que garantizarles a quienes todo les va mal en la vida: sus miserias, sus defectos, sus opciones de muerte no serán capaces de derrotar al amor de Cristo.

Hay que aclarar la segunda imagen, la de las ovejas, ya que puede provocar cierta incomodidad. ¿Quiénes son la manada que va tras el “Buen Pastor”? Algunos quizás respondan espontáneamente: los laicos que dócilmente aceptan y practican todas las normas establecidas por el clero. Los pastores son, por tanto, la jerarquía de la iglesia, mientras que las ovejas serían los simples fieles. No es así: el único pastor es Cristo, porque, como hemos señalado en la segunda lectura, Cristo es el Cordero que ha sacrificado su propia vida. Sus ovejas son aquellos que tienen el coraje de seguirlo en este regalo de la vida. El evangelio de hoy dice que no somos nosotros los que tomamos la iniciativa de seguirlo. Él es el que llama: “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco y ellas me siguen” (v. 27).

 En medio de muchas voces que tiene el mundo, ¿cómo se puede reconocer la voz del verdadero Pastor? Es necesario acostumbrar al oído. El que oye a una persona sólo durante cinco minutos, y después de un año no le oye nada más, le resultará difícil distinguir la voz del otro en la multitud. El que escucha el evangelio sólo una vez al año, no aprende a reconocer la voz del Señor que habla.

No es fácil confiar en Jesús porque él no promete éxito, triunfos, victorias, como hacen los demás pastores. Se pide la entrega de sí mismo, exige la renuncia de buscar el propio provecho, exige el sacrificio de la vida. Y, sin embargo, asegura, este es el único camino que conduce a la vida eterna (vv. 28-29). No hay atajos; indicar otros caminos es hacer trampa y conduce a la muerte.

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