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Comentario a las lecturas del III Domingo de Pascua Ciclo C

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Mucho esfuerzo para nada

En la comunidad cristiana elaboramos programas pastorales ambiciosos, en la familia ponemos en práctica las últimas técnicas psicológicas para educar mejor a los niños, hacemos todo lo posible, hacemos planes, y, sin embargo, sabemos que, incluso los esfuerzos más loables, no siempre tienen éxito. El niño: inscrito, con muchos sacrificios, en la más famosa de las escuelas católicas, el curso de Inglés, natación, música, entrenado en los cánones religiosos tradicionales; un día se defraudan todas las expectativas, él dice que no tiene ideales y piensa en disfrutar de la vida. ¿Por qué?

Algo similar sucede con nosotros como lo que sucedió con los siete discípulos. Después de Pascua, fueron a pescar: eran gente entrenada, experimentada, personas dispuestas. Habían trabajado toda una noche, pero no habían conseguido nada. Muchos esfuerzos se vieron frustrados. La lógica es simple: actuaron en la oscuridad sin la luz de la palabra del Resucitado.

El domingo pasado leímos dos manifestaciones del Señor: una que se produjo el domingo de Pascua, cuando Tomás estaba ausente, y la otra, ocho días más tarde, cuando Tomás estaba presente. Esta insistencia en el ritmo “semanal”, dijimos, fue cómo Juan quería que los cristianos cayeran en cuenta que cada vez que se reunían en el día del Señor, para celebrar la Eucaristía, el Señor resucitado estaba en medio de ellos.

A diferencia del evangelio de la semana pasada, aquí Jesús se les apareció en un día laborable, no en un domingo, cuando los discípulos están en su trabajo. Regresaron a su vida cotidiana. ¿Qué hacen los discípulos de Cristo durante la semana? ¿Qué misión se les confía y cómo la llevan a su cumplimiento?

Al igual que los siete discípulos junto al mar de Galilea, se le pide también a toda la comunidad cristiana presentar la pesca, los frutos del trabajo apostólico. El pan en cambio siempre es ofrecido de forma gratuita por Jesús; no lo lleva la gente. ¡Es la Eucaristía! Es el pan que da el Resucitado y quiere que todos los hermanos y hermanas lo compartan hasta el día en que el signo sacramental se complete íntegramente por la unión final y definitiva con él y con el Padre.

Después de comer, Jesús se dirige a Pedro. Aunque Pedro llega sistemáticamente “tarde” y, a menudo gana los reproches de Jesús, él sigue siendo el punto de referencia de la vida de la iglesia. Se le pide que pastoree el rebaño del Señor.

La imagen del pastor despierta resonancias no sólo positivas; por ejemplo que la comunidad sea comparada con los corderos, tal vez incapaces de pensar y decidir de manera responsable y que Pedro decida por ellos. Pero este no es el significado de las palabras de Jesús. Él no ha conferido a Pedro el poder de mando, para dar órdenes como un pastor a sus ovejas y, menos aún, de ser una casta privilegiada y separada de la comunidad de hermanos y hermanas. Pedro –lo recordamos bien– no era inmune a esta tentación. Llegó hasta el punto de rechazar el gesto del Maestro que quería lavarle los pies, porque esperaba que un día sería él capaz de ser el señor del rebaño.

Pidiéndole que cuidara de las ovejas, Jesús exige de él una conversión completa, un cambio radical en su forma de pensar y de actuar. Jesús quiere que se manifieste en Pedro una capacidad de amar incondicionalmente, superior a la de todos los demás; cuidar de los demás significa alimentar a los hermanos y hermanas con el alimento de la Palabra de vida.

No va a ser fácil para Pedro entender y aceptar esta propuesta. Durante mucho tiempo se mantendrá aferrado a sus creencias, sus sueños. Sólo con el paso de los años, después de muchas dudas, llegará a la conversión completa. En el evangelio de hoy se prevé el final de su camino en el seguimiento del Maestro. Durante la pasión Pedro no tuvo el valor para estar con Jesús. Pero un día, se le dijo, será colocado en la posición de dar su vida; va a experimentar la coacción, el encarcelamiento (“otro te ceñirá cinturón, y te llevará a donde no quieras ir”) y, finalmente, va a morir en una cruz (“extenderás tus manos”).

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