Home | Centinela de la palabra | Comentario a las lecturas del Domingo de Ramos – 5 de abril de 2020 – Año A

Comentario a las lecturas del Domingo de Ramos – 5 de abril de 2020 – Año A

Documento sin título

1.- Introducción

Jesús se encuentra cenando con los Doce cuando se dirige a ellos diciendo: “¡Uno de ustedes me traicionará!” Entonces ellos, profundamente entristecidos, comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Soy yo, Señor?” También Judas, el traidor, tomando la palabra le dijo: “¿Soy yo, Maestro?” Jesús le responde: “Tú lo has dicho” (Mt 26,20-25). 

Cada uno debería saber si es traidor o no; ¿qué necesidad hay de preguntárselo a Cristo? Judas es hipócrita hasta el final pero, ¿por qué los otros hacen la pregunta: “¿acaso soy yo?” Si las cosas hubieran sucedido tal y como nos relata Mateo, a la respuesta de Jesús desenmascarando al traidor, hubiera seguido inmediatamente la reacción de los once y el arreglo de cuentas con el culpable. La cena, sin embargo, sigue tranquilamente. 

Una preocupación de tipo pastoral mueve a Mateo a poner el interrogante en boca de todos los presentes. Quiere que los cristianos nos hagamos la misma pregunta: ¿quizás soy yo un traidor?

Judas es el símbolo del anti-discípulo, es decir, de aquel que cultiva proyectos contrarios a los del Señor, de quien está dispuesto a traicionar la propia fe por amor al dinero y a ponerse a la cabeza de los que luchan contra las fuerzas del bien.

El verdadero discípulo no es tan iluso como para pensar que está inmune de este peligro. Conoce la propia fragilidad, sabe que puede tomar fácilmente el camino equivocado y, quizás de buena fe, transformarse en un traidor, posicionarse contra el Maestro, hacer el juego a los enemigos de la vida.

Solo el constante enfrentarse con la palabra de Cristo y con su supremo gesto de amor, puede evitar ingenuas, arrogantes seguridades y trágicas ilusiones.

2.- Reflexión

El Domingo de Ramos es la única ocasión, aparte del Viernes Santo, en que se lee el Evangelio de la Pasión de Cristo en el curso de todo el año litúrgico. Como no es posible comentar el largo relato por completo, detengámonos en dos de sus momentos: Getsemaní y el Calvario.

De Jesús en el huerto de los olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo»». ¡Un Jesús irreconocible! Él, que daba órdenes a los vientos y a los mares y le obedecían, que decía a todos que no tuvieran miedo, ahora es presa de la tristeza y la angustia. ¿Cuál es la causa? Se contiene toda en una palabra, el cáliz. «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!». El cáliz indica toda la mole de sufrimiento que está apunto de caer sobre Él. Pero no sólo. Indica sobre todo la medida de la justicia divina que los hombres han colmado con sus pecados y transgresiones. Es «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa sobre su corazón como una piedra.

El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo». Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha con la tristeza, el pavor, la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en nuestro propio vecindario, en la puerta de enfrente, sin que nadie se percate de nada. ¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades! No dejemos solos a los que están dentro.

Trasladémonos ahora al Calvario. «Clamó Jesús con fuerte voz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Dando un fuerte grito, expiró». Estoy a punto de decir ahora casi una blasfemia, pero me explicaré enseguida. Jesús en la cruz pasó a ser ateo, el «sin Dios». Hay dos formas de ateísmo. El ateísmo activo, o voluntario, de quien rechaza a Dios, y el ateísmo pasivo, o padecido, de quien es rechazado (o se siente rechazado) por Dios. En uno y en otro existen los «sin Dios». El primero es un ateísmo de culpa, el segundo un ateísmo de pena y de expiación. A esta última categoría pertenece el «ateísmo» de la Madre Teresa de Calcuta, de quien tanto se ha hablado con ocasión de la publicación de sus escritos personales.

En la cruz Jesús expió anticipadamente todo el ateísmo que existe en el mundo. No sólo el de los ateos declarados, sino también el de los ateos prácticos, aquellos que viven «como si Dios no existiera», relegándole al último lugar en la propia vida. «Nuestro» ateísmo, porque, en este sentido, todos somos -quien más, quien menos– ateos, «indiferentes» de Dios. Dios es también hoy un «marginado», marginado de la vida de la mayoría de los hombres.

Igualmente aquí hay que decir: «Jesús está en la cruz hasta el fin del mundo». Lo está en todos los inocentes que sufren. Está clavado a la cruz en los enfermos graves. Los clavos que le tienen aún cosido a la cruz son las injusticias que se cometen con los pobres. En un campo de concentración nazi se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, preguntó iracundo a un creyente que tenía al lado: «¿Dónde está ahora tu Dios?». «¿No lo ves? -le respondió–. Está ahí, en la horca».

En todas las «deposiciones de la cruz» sobresale la figura de José de Ariamatea. Representan a cuantos también hoy desafían el régimen o la opinión pública para acercarse a los condenados, a los excluidos, a los enfermos de Sida, y se empeñan en ayudar a alguno de ellos a descender de la cruz. Para alguno de estos «crucificados» de hoy, el «José de Arimatea» designado y esperado bien podría ser yo, o podrías ser tú.

Meditación del Arzobispo Pizzaballa: Domingo de Ramos, Ciclo B